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El CMI es una buena noticia para el mundo

07.12.2010. 05:11

El Envio 

 

 

María Aránzazu Aguado fue llamada a trabajar en el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) como consultora católica para la misión y la evangelización, esta llamada le llegó como "una de esas sorpresas que nos da Dios", dice. Y durante los últimos cinco años su encuentro cotidiano con personas de otras confesiones cristianas fue ocasión, afirma, para una "renovación espiritual" en su vida. Mientras tanto, su trabajo constituyó una de las varias maneras en que la Iglesia Católica Romana y el CMI afianzan permanentemente sus lazos de colaboración mutua. A pocas semanas de dejar su puesto, María Aránzazu Aguado está convencida de que "el CMI es una buena noticia para el mundo". 

Nacida en el País Vasco, en España, esta hija de una familia católica experimentó desde muy pequeña la vocación educadora y el compromiso con su iglesia como laica. Así por una parte se formó como maestra y pedagoga, y por la otra entró a formar parte y llegó a presidir la Institución Teresiana, una de las varias formas que el movimiento laical que vio la luz a comienzos del siglo pasado adopta en el catolicismo romano. Fue también su compromiso laical el que la llevó a participar por diez años en el Pontificio Consejo para los Laicos, como consultora y como miembro.

El llamado invitándola a trabajar como consultora católica en el CMI ocurrió en 2005, cuando se encontraba en Chicago, Estados Unidos, trabajando en la educación de adultos con una población inmigrante.

¿Cómo fue que llegó a este puesto?

Todo comenzó con una comunicación desde Roma. Me llamaron del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad entre los Cristianos (PCPUC). Me preguntaron si estaría dispuesta a considerar este servicio. Se trataba de promover la cooperación entre la Iglesia Católica y el CMI.

¿Y así se convirtió en una suerte de 'espía del Vaticano' en el Centro Ecuménico?

No, ni mucho menos (risas). Más bien un puente, una facilitadora de la cooperación entre el Consejo Pontificio y el CMI en el área de la misión y la evangelización. En realidad, no soy la única 'enviada' católica en el personal del CMI, también hay permanentemente un profesor católico en el Instituto Ecuménico en Bossey.

¿Y en qué consistió su trabajo concretamente?

En este puesto una es integrada como parte del personal permanente del Consejo Mundial. De manera que participé, como una colega más junto a colegas de otras denominaciones, en la marcha de una serie de estudios, encuentros y otros trabajos. Mi área específica sobre todo en los últimos años fue la de misión y espiritualidad. Me sentí muy feliz de poder contribuir en ese campo, teniendo en cuenta el énfasis católico en el ecumenismo espiritual, y de establecer contacto no sólo con mis colegas aquí sino con una red de expertos de iglesias en todo el mundo.

Entre otras cosas, llevamos a cabo una serie de foros de diálogo cuyo énfasis estuvo en una espiritualidad de la misión transformadora, es decir comprometida con el mundo y en favor de la paz y la justicia. Otros aspectos que hemos considerado son la sanación, las preocupaciones de las mujeres, las relaciones interreligiosas, la posmodernidad, y también el cuidado de la Creación.

Los resultados de nuestros trabajos se reflejan en parte en números monográficos de la International Review of Mission (Revista Internacional de Misión). Además yo personalmente colaboré con la Comisión de Misión Mundial y Evangelización del CMI y el proceso preparatorio de la conferencia Edimburgo 2010, que conmemoró el centenario de la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo de 1910.

Una línea conductora de todo este trabajo es la elaboración de una nueva declaración sobre misión y evangelización. Ésta ya ocupa de lleno a la Comisión de Misión Mundial y Evangelización y al equipo de Misión del CMI. Se trata de una posible contribución a la X Asamblea del CMI en Busan, Corea del Sur, en 2013. Esta declaración apuntará a poner al día la comprensión ecuménica de la misión cristiana.

¿Qué rescata de la experiencia hecha en estos cinco años?

Estoy contenta de haber contribuido a facilitar la cooperación entre la Iglesia Católica y el CMI. Además trabajar en el Consejo Mundial me ha cambiado, me ha tocado por dentro. He vivido estos años como una oportunidad privilegiada para vivir la fe y caminar con cristianos de otras tradiciones. He afirmado mi identidad católica al mismo tiempo que he descubierto otras tradiciones cristianas que he aprendido a amar. Para mí el sueño de Jesús de que todos sus discípulos sean uno se encarnó en un ecumenismo de la vida cotidiana, con rostros concretos, y transformó mi experiencia de la fe, que ya no podré vivir de otra manera.

Pero las relaciones entre distintas confesiones cristianas no son siempre tan fáciles…

Cuando me invitaron a ocupar este puesto me dijeron que se buscaba una persona que tuviera una experiencia de iglesia amplia. Lo mío no ha sido 'defender' una posición, por así decir, sino estar abierta a caminar con otros y comprender otras realidades. Yo no he participado en diálogos doctrinales, por ejemplo, sino en una conversación cuyo objetivo es intentar avanzar juntos en los caminos de la misión. ¡Tenemos tanto en común!

¿Ha experimentado alguna frustración?

No diría que he experimentado una frustración, más bien un ejercicio de espera y paciencia en algunos momentos. Durante estos cinco años el CMI ha experimentado frecuentes transiciones. Y así hemos tenido que avanzar adaptándonos al proceso de reestructuración. Esto sin duda me ha exigido capacidad de adaptación pero ha sido al mismo tiempo una excelente oportunidad de aprendizaje.

Usted está partiendo, ¿qué pasará después?

Mi sucesora ya está designada, es Annemarie Mayer, una profesora de ecumenismo en la Universidad de Tubinga, Alemania, también laica. Yo en primera instancia iré a Roma, donde colaboraré con la Institución Teresiana tanto en el área de la espiritualidad como en las preparaciones de nuestro centenario en 2011. Esperamos que sea una oportunidad de relanzar la misión de los laicos católicos en el mundo.

Con su sucesora, serán cinco las mujeres que han ocupado este puesto desde su creación en los años ochenta.

¿Por qué siempre mujeres, tienen algún aporte específico para hacer?


No creo que responda a un principio, pero ha sido una buena práctica. Mis tres antecesoras han sido religiosas con mucha experiencia en el campo de la misión. Yo fui la primera laica. Creo que lo determinante en la elección que hace el Consejo Pontificio es la experiencia misionera. Sin caer en estereotipos, quizás las mujeres aportamos una sensibilidad, una manera particular de mirar la realidad de la iglesia, cierta de capacidad de tender puentes, que obviamente también la tienen los varones. Varones y mujeres tenemos perspectivas complementarias.

¿Qué balance hace de su trabajo en el CMI estos cinco años?


Me siento muy afortunada y agradecida a Dios y a quienes lo han hecho posible. Fue una de esas sorpresas que nos da Dios y, como me lo vaticinó el Cardenal Walter Kasper, por entonces presidente del Consejo Pontificio, cuando fui nombrada, ha sido una oportunidad de renovación espiritual. Trabajar en el CMI ha dado una nueva dimensión comunitaria a mi fe, me ha ensanchado el corazón.

Ahora que lo conoce por dentro, ¿qué piensa del CMI?

Creo que el CMI lleva dentro una semilla de vida que está llamada a dar fruto en el mundo, un fruto de unidad. El CMI es una buena noticia para el mundo.

Entrevista recogida por:
Mónica Terrón

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