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En el Nombre de Cristo

17.03.2010. 13:42

Pentecostés

Consejo Mundial de Iglesias
Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz
Afirmaciones preliminares a una
Declaración Ecuménica sobre la Paz Justa


Capítulo 2
En el Nombre de Cristo: Las Iglesias como comunidades y agentes de la construcción de la paz


“Oh Señor, recuerda no sólo a los hombres y las mujeres de buena voluntad, sino también a los de mala voluntad.
Pero no recuerdes todos los sufrimientos que nos han causado; recuerda los frutos que hemos dado gracias a este sufrimiento - nuestra camaradería, nuestra lealtad, nuestra humildad, nuestro coraje, nuestra generosidad, la grandeza de corazón que provino de todo esto, y cuando ellos lleguen al juicio, deja que todos los frutos que hemos dado sean su perdón.”


Esta oración de un prisionero desconocido del campo de concentración de Ravensbruck Alemania fue dejada al lado del cuerpo de un niño muerto.

Naturaleza y Misión de la Iglesia

“La Iglesia es la comunión de aquellos que, a través de su encuentro con la Palabra, están en una relación vital con Dios, quien les habla y los llama a responder confiadamente; es la comunión de los fieles“(10).1

46. La Iglesia es un don de Dios, que nos ha enviado al Hijo y al Espíritu. Como tal, es una realidad divina, una creación de la Palabra y del Espíritu (11, 13).

Formada por personas finitas que son pecadoras y redimidas, es también una realidad humana. El Nuevo Testamento no nos da una teología sistemática de la Iglesia, pero ofrece una cantidad de metáforas e imágenes que tratan de evocar la realidad de la Iglesia, al mismo tiempo terrenal y trascendente. Entre las imágenes más interesantes están las de la Iglesia como Pueblo de Dios, el “Pueblo en marcha” por la historia hasta la consumación de todas las cosas en Cristo; como el Cuerpo de Cristo, la presencia viva de la Palabra entre nosotros; como el Templo del Espíritu Santo, donde la santidad de Dios habita en la Tierra; y como comunión, que refleja la comunión de las Personas de la Santísima Trinidad (19-24).

47. Como creación de la Palabra y del Espíritu, la Iglesia participa en la misión de éstos de poner toda la creación en comunión con el Dios Trino. “La Iglesia existe…para obrar por la reconciliación de la humanidad” (33). “La iglesia está llamada a curar y reconciliar relaciones humanas rotas y ser el instrumento de Dios para reconciliar allí donde hay divisiones y odios” (40).

48. La Iglesia es “el signo y el instrumento del designio y plan de Dios para todo el mundo” (43).

Está destinada a ser el signo profético que apunta, trascendiéndose a sí misma a la missio Dei, a lo que Dios está haciendo en el mundo. Como instrumento de Dios, la Iglesia ejerce un ministerio de reconciliación que le ha sido encomendado por Dios en Cristo (cf. 2 Co 5:18). Al mismo tiempo, la Iglesia es también mysterion o sacramento, un sacramento del mundo sosteniendo la esperanza escatológica que manifiesta el designio reconciliador de Dios para el mundo, un sacramento de la presencia divina y la misión en el mundo como el Cuerpo de Cristo y el Templo del Espíritu Santo.

49. En el Capítulo 1 vimos que la Iglesia es también la casa u oikos de Dios, en la que las relaciones armoniosas entre las Personas de la Trinidad han de reflejarse en las relaciones que deberían predominar entre todos los miembros de la Iglesia. Los cristianos son perfectamente conscientes de lo lejos que están a menudo de realizar esta comunión de unos con otros y con la Trinidad. Pero esta conciencia aguda de todo lo que les falta debería llevarlos al arrepentimiento y a buscar de nuevo la gracia vigorizante de Dios para acercarse a ese destino al que están llamados.

La vocación y el ministerio de construcción de la paz en las Iglesias


50. La paz es un don de Dios. Que las iglesias respondan a este don revela su vocación de ser constructoras de la paz en la missio Dei. Como signo, instrumento y sacramento de la intención y el plan de Dios para el mundo, podemos ver diferentes dimensiones de la vocación de construcción de paz de las iglesias.

1 Comisión de Fe y Constitución, “Naturaleza y Misión de la Iglesia. Una etapa en el camino hacia una declaración común” (Documentos de Fe y Constitución 198; publicado en 2005). Los números de párrafos a que se hace referencia en esta parte son de este documento.

51. Al mismo tiempo, con frecuencia las iglesias no han participado bien en la missio Dei reconciliadora por causa de un programa eclesiocéntrico estrecho de proselitismo agresivo y por una destrucción arrogante de culturas. Aquí la arrogancia debe ser sustituida por el arrepentimiento y por la corrección del enfoque por uno que tenga en cuenta lo que Dios está haciendo en el mundo más que lo que puede parecer el beneficio inmediato para las iglesias.

La Iglesia como sacramento de paz


52. En su plano más fundamental, la Iglesia es un sacramento. Este carácter sacramental está centrado en ser un sacramento de la Trinidad: el Creador que envía la Palabra y el Espíritu al mundo.

Este hecho fundamental está representado y representado en la liturgia, especialmente en la celebración de la Eucaristía. La liturgia es un acto de memoria de lo que Dios ya ha hecho por nosotros en la encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Es también la ventana a la esperanza escatológica de la reunión de todas las cosas en Cristo que se nos ha prometido. Este acto ritual, en el que se confiesa y perdona el pecado, en el que la Palabra de Dios es escuchada una vez más, en el que la alabanza a Dios recuerda las grandes obras de Dios, en el que se encomiendan a Dios las necesidades y el sufrimiento del presente y en el que se hace y se comparte la gran Acción de Gracias en el banquete de la presencia de Cristo entre nosotros –este acto ritual nos lleva de nuevo a la vida trinitaria misma, esa Vida que es el principio y el fin de la verdadera paz. En la Divina Liturgia que celebran las iglesias ortodoxas se nombra la paz (“la paz de lo alto“, “paz para el mundo entero”) y se pasa unos a otros una y otra vez. El compartir y pasarse la paz es una característica ritual de muchas de las Iglesias. Y la despedida después de la Eucaristía que nos dice de irnos en la paz de Dios es un mandato de llevar la paz de Dios al mundo. Así, la bendición eucarística de la Iglesia Ortodoxa Siria dice: “Id en paz amados hermanos nuestros, pues os encomendamos a la gracia y la misericordia de la Santísima y gloriosa Trinidad, con las provisiones y las bendiciones que habéis recibido en el altar del Señor.” Esta transmisión de la paz de Dios al mundo es lo que los teólogos ortodoxos han llamado “la liturgia después de la liturgia” y los teólogos católicos “la liturgia del mundo”. Estas expresiones nos recuerdan que la liturgia y el mundo no son caminos separados.

Ambos están comprendidos en el designio de Dios para la creación.

53. La liturgia, pues, es la fuente de paz de la que vive la Iglesia y que ésta, a su vez, trata de ofrecer al mundo. En realidad, la única paz que puede ofrecer es la que Dios le ha dado en fideicomiso. El misterio de la paz  en los dos sentidos de la palabra: “misterio” como lo que supera nuestra comprensión (Flp 4:7) y un mysterion que nos lleva por un camino de transformación e iluminación  es lo que la Iglesia tiene orden de transmitir al mundo, pese a todos los defectos que le impiden hacer esto adecuadamente.

54. El carácter sacramental de esta paz (una manifestación de paz que no apunta a sí misma sino a la paz que emana de las relaciones de amor de las Personas de la Trinidad) es para ser expresado en las vidas de las personas, en las familias y en las comunidades. Su manifestación en todos estos lugares siempre está limitado por las perversidades del corazón humano pero, imperfecta y todo, se ofrece a los demás y al mundo como una invitación a entrar en la paz de Dios.

55. Que la Iglesia sea un sacramento de la paz de Dios es lo que le permite ser un signo profético e instrumento de la paz de Dios en el mundo.

Las Iglesias como signo profético en la construcción de la paz


56. Como signo profético, las iglesias están llamadas a manifestarse en contra de la injusticia y a defender la paz. En la denuncia de la injusticia, en la solidaridad con los oprimidos y en el acompañamiento de las víctimas, las iglesias participan en la missio Dei de corregir el mundo y llevarlo a la “nueva creación” de los reconciliados (cf. 2 Co 5:17). Predicando al Cristo crucificado y resucitado, muestran el camino que, pasando por la negación y el sufrimiento, llega a la transformación en una vida nueva. Cómo eligen las iglesias vivir en el mundo y dónde marcan el límite ante la violencia es parte de ese testimonio profético. En esto las iglesias históricas de la paz desempeñan un papel particularmente importante. Negándose a perdonar la violencia y siguiendo una vía no violenta indican cómo han de responder los cristianos a un mundo lleno de violencia. Jesús enfrentó su propia muerte violenta con no violencia y esta vía sigue siendo el modelo que han de seguir los cristianos para superar la violencia.

57. Ser un signo profético de paz en un mundo violento requiere compromiso, coraje y firmeza.

Estas son virtudes que no siempre han mostrado las iglesias ante la violencia. En esto deben confesar su pecado si quieren ser vasijas creíbles del mensaje profético de paz. En algunos momentos las iglesias se aliaron tan estrechamente con las políticas violentas que las legitimaron. Cuando las iglesias abrazaron la bandera del nacionalismo o la etnicidad y bendijeron la opresión y el exterminio de los “enemigos”, se apartaron de su verdadera finalidad. Cuando adoptaron creencias apocalípticas violentas que legitiman la violencia como una forma de limpieza del mundo o como un supuesto instrumento de la ira de Dios, traicionaron la vocación que Dios les ha dado. Cuando frívolamente se desentendieron del sufrimiento, sea para buscar o proteger su propia prosperidad sea para no “quedar implicadas”, son como esos que dejaron al hombre herido en el camino (Lc 10:31-32). Y la misma desunión acerca de elementos centrales de la identidad dentro de las propias iglesias –por ejemplo el testimonio de los sacramentos- ha debilitado la credibilidad de las iglesias hacia los demás como signos de paz verdaderos. Las iglesias deben estar siempre dispuestas a examinar sus acciones y su inacción en la vocación de construir la paz para ver si pueden servir como voces creíbles para la obra de Dios en el mundo. Deben arrepentirse y buscar el perdón, no sólo para hacerse dignas vasijas de la obra de Dios sino también como un signo profético de lo que deben llegar a hacer también los que hacen el mal si quieren entrar en el Reino de Dios. Con este fin, el servicio o diakonía de las iglesias debe mostrar la generosidad, la voluntad de abrazar la vulnerabilidad y el compromiso inquebrantable con los pobres y los marginados que caracterizó el ministerio de Cristo. Es en esta diakonía como llega a ser creíble el testimonio de las iglesias como signo profético de la paz de Dios.

Las iglesias como instrumentos de la construcción de la paz

58. Las iglesias también están llamadas a ser instrumentos de los propósitos de Dios en el mundo, lo que les exige realizar acciones muy concretas al servicio de la construcción de la paz. En la Iglesia medieval de Occidente se formuló la teoría de la guerra justa para tratar de frenar las depredaciones de la clase guerrera. Otra manera de contener la violencia fue la de proclamar la “Paz de Dios” (Treuga Dei) por la cual había días en los que no se podían librar combates y otra manera más fue la de considerar el edificio de la iglesia un lugar sagrado.

59. Una manera común de hablar sobre la construcción de la paz hoy es ver tareas concretas en situaciones de preconflicto, de conflicto y de posconflicto. Estas tareas pueden verse también a la luz de la vocación de construir la paz. El significado de conflicto aquí está referido principalmente a los conflictos armados y violentos. Hay conflictos sociales como los que se producen entre personas y en o entre comunidades que son núcleos de tensión que pueden formar alrededor valores profundamente arraigados. Un conflicto así no es algo que tenga que evitarse o reprimirse, sino más bien es una invitación a crecer en la propia humanidad y en las relaciones humanas. Estos tipos de conflictos deben producirse. Lo que sigue se centrará más bien en los conflictos armados y violentos.

60. En la situación de preconflicto, las tareas de construcción de la paz están especialmente dirigidas a impedir conflictos violentos y a hacer posible la educación en la paz. Las iglesias tienen importantes papeles que cumplir en los dos campos. El conflicto violento se puede impedir si de manera oportuna y consecuente se presta atención a las estructuras y prácticas opresivas e injustas que generan el resentimiento que conduce a la confrontación violenta. Los líderes religiosos también deben denunciar y hacer que disminuyan el etnocentrismo, la xenofobia y la demonización de los forasteros por ser maneras de atizar las pasiones contra quienes son diferentes de las personas a las que sirven. En este proceso, es fundamental controlar los rumores y atenuar la retórica incendiaria en los medios de comunicación y en las calles. La tergiversación ideológica de las enseñanzas cristianas (por ejemplo: los atacantes suicidas que afirman ser “mártires” o las pretensiones erróneas de haber discernido la “voluntad de Dios”) y el uso de la religión cristiana para legitimar la agresión contra los creyentes de otras religiones deben ser enfrentados decididamente.

61. La educación para la paz es más que la mera instrucción en las estrategias de trabajo para la paz. Es una formación profundamente espiritual del carácter que tiene lugar durante un período largo de tiempo. Por consiguiente, no puede ocurrir durante un conflicto; sólo puede lograrse antes o después de la violencia.

Aumentar la comprensión bíblica de la paz, aprender sobre las tentaciones que llevan a las personas a apartarse de la paz y practicar la violencia, examinar la forma en que describimos a quienes pueden ser nuestros enemigos potenciales, aprender a tener comportamientos de paz (especialmente para niños y adolescentes), aprender a cuidar la Tierra como una manera de cultivar la paz y dar a la oración por la paz un lugar principal en nuestro culto: todas estas cosas fomentan la paz. La educación para la paz no es simplemente adquirir conocimientos sobre ciertos temas; consiste en formar el carácter y crear reflejos en el comportamiento que responderán de manera no violenta ante la provocación.

62. La educación para la paz debe ser parte de la instrucción religiosa en las iglesias a todos los niveles. Tiene que empezar con los niños, pero debe extenderse también a los adolescentes y a los adultos. La formación para ser agentes de paz empieza mirando a los modelos de quienes ya están comprometidos en la construcción de la paz. Para los niños, los padres deben ser los primeros agentes de paz que encuentran, que sirven como signos de paz no sólo en lo que dicen sino también en lo que hacen. A medida que los niños crecen y maduran interiormente siendo agentes de paz, las iglesias deben dar espacio, estímulo y apoyo activo en esta formación. Esto implica la introspección de todos los miembros de la iglesia para determinar si sus elecciones, sus actos y sus estilos de vida los hacen o no servidores de la paz. Esto significa también dar apoyo especial a los que tienen dones especiales para promover determinados caminos de paz, pues son dones del Espíritu de Paz en las iglesias y para el mundo. Algunos tendrán capacidades específicas para acompañar a las víctimas de la violencia; otros, para solucionar disputas; y otros, para cuidar de la Tierra.

63. Cuando las personas se encuentran en medio de un conflicto violento, la construcción de la paz requiere dos tareas: proteger y mediar. La responsabilidad de proteger a los que corren peligro directo por el conflicto ha empezado a recibir más atención que en el pasado. Es algo que las mujeres han conocido desde hace mucho tiempo en situaciones de conflicto, ya que normalmente recae sobre ellas el proteger a los jóvenes, a los ancianos y a los enfermos. Las iglesias necesitan investigar cómo pueden las redes de congregaciones convertirse en refugios ante situaciones de violencia. Esto tiene que incluir no sólo la violencia armada o la violencia urbana sino también la violencia doméstica. Las iglesias que patrocinan organizaciones de socorro deben estar preparadas especialmente para realizar e trabajo de proteger más abiertamente a las personas expuestas a daños y abusos.

64. La mediación en conflictos armados es una tarea importante y a menudo delicada que puede recaer en las iglesias. Puede realizarse en varios planos. En el plano de las bases, los dirigentes locales, tanto laicos como ordenados, se necesitan para interpretar las ideas y percepciones de sus congregaciones a los que intervienen en el proceso de mediación. A los dirigentes regionales y nacionales de las iglesias se les puede pedir que desempeñen el papel de mediadores, especialmente en escenarios en los que los cristianos son la mayoría o hay consejos interreligiosos efectivos. En estos casos el respeto por la integridad espiritual y moral de las iglesias, centrada ahora en sus dirigentes, puede ser un factor importante en la terminación del conflicto. Esta posición a menudo es delicada, un equilibrio entre ganar y mantener la confianza de las partes por un lado y mantener la imparcialidad que hace posible la mediación por el otro. Especialmente en conflictos civiles en los que todas las demás instituciones sociales han sido desacreditadas o destruidas, se puede recurrir a las iglesias como única institución sobreviviente con suficiente credibilidad para poder hablar en nombre de la gente.

65. La situación posconflicto presenta una cantidad de tareas para las iglesias como constructoras de la paz: decir la verdad, búsqueda de diferentes tipos de justicia, ayudar a conseguir el perdón y la reconciliación a largo plazo, todas figuran en la agenda.

66. Llegar a la verdad sobre lo que pasó durante el conflicto y cuáles fueron las causas suele ser un paso importante en la construcción de la paz después del conflicto. En los últimos años, en muchas ocasiones se les pidió a las iglesias que desempeñaran papeles rectores en procesos de decir la verdad. Decir la verdad puede ser una parte importante del proceso de establecer un nuevo régimen de responsabilidad y transparencia donde han predominado las ideologías opresivas, la arbitrariedad y el secreto. Decir la verdad es un proceso multifacético y delicado que, en sociedades heridas profundamente, puede no ser siempre posible o incluso aconsejable. Pero sin la verdad (no solo en el sentido de veracidad sino también en el sentido bíblico de honestidad y seriedad) no puede construirse una nueva sociedad sobre bases sólidas.

67. Para que las iglesias acompañen los procesos de decir la verdad primero deben ser capaces de decir la verdad sobre ellas mismas. Dietrich Bonhoeffer impuso una disciplina de confesión diaria de los pecados a los estudiantes en el seminario de Confesar la Iglesia que tuvo lugar en Finkenwalde porque, como él mismo dijo, ¿cómo podemos esperar reconocer las mentiras que nos rodean si no podemos decir la verdad sobre nosotros mismos? Por eso, las iglesias necesitan ejercitar una disciplina espiritual sobre ellas y dentro de ellas si esperan ayudar a otros a hacerlo.

68. De las diferentes formas de justicia en las que las iglesias pueden participar en el proceso de construcción de la paz, se destacan la justicia reparadora y la defensa de la justicia estructural. En la justicia reparadora, lo más importante es la rehabilitación de las víctimas. (En la justicia punitiva o compensativa el centro de atención está en los victimarios; esta debería ser la prerrogativa del Estado legítimo.) Ocuparse principalmente de las víctimas es la expresión natural de la obra de Dios que se centra en los que han sido marginados. Como su nombre lo indica, la justicia reparadora busca lo que le ha sido arrebatado a la víctima por lo que se refiere a bienes materiales, pero también la reparación de su dignidad humana.

69. La justicia estructural, el cambio de las estructuras de la sociedad que han contribuido a la injusticia y el conflicto que surgió, suele ser necesaria para asegurarse de que el conflicto no volverá a producirse. Como una voz moral, se pide a las iglesias que preconicen esos cambios estructurales y que se incorporen en el sistema jurídico de la tierra. Redactar nuevas constituciones, formular las políticas de los partidos y gobiernos y velar por que se efectúen los cambios estructurales son parte del trabajo que conduciría a una paz duradera.

70. Promover el perdón, tanto en el plano personal como en el social, es una tarea muy apropiada para las iglesias. Las enseñanzas sobre el perdón que constituyen el centro de la propia predicación y el ministerio de Jesús forman la base para eso. El perdón, así como la paz, es un don de Dios. Sin perdón no hay manera de liberarse del pasado. El perdón cristiano no es perdón barato, sino un cambio de actitud y de percepción que abre la posibilidad a un tipo de futuro distinto. El perdón no borra el pasado pero recuerda el pasado de manera diferente. Además, el perdón puede ayudar a crear el espacio social en el cual los victimarios sean capaces de llegar al perdón. Fomentar el perdón, acompañar a las personas en el largo camino al perdón y proporcionar un marco ritual público en el que se pueda representar el perdón social son todas cosas que recaen especialmente en las iglesias.

En el grado en que las iglesias puedan vivir de acuerdo a la praxis de Jesús, en ese grado pueden ser instrumentos eficaces de perdón de Dios.

71. Por el camino del perdón, la sanación de los recuerdos tiene particular importancia. La sanación de los recuerdos tiene por objetivo ser capaces de recordar el pasado de una manera diferente para que el perdón sea posible. En esto, el acompañamiento de las víctimas por las iglesias, para que encuentren la forma de atravesar su sufrimiento mirando los sufrimientos de Cristo, es una de las maneras más importantes de cumplir la missio Dei en la reconciliación de toda la Creación.

72. La reconciliación es a la vez un proceso y un fin. El proceso probablemente suponga ejercicios de decir la verdad, la búsqueda de la justicia, la sanación de los recuerdos y el dar el perdón. El perdón individual se centra en devolver la humanidad a la víctima a imagen y semejanza de Dios. La reconciliación social puede centrarse en la sanación de los recuerdos o en la construcción de un futuro común juntos: puede suponer asegurarse de que los hechos del pasado no pueden volver a suceder, o construir otro futuro. Cuando se logra la reconciliación, la experiencia de ésta como un don de la gracia gratuita de Dios puede ser la manera más conmovedora y eficaz de hablar sobre el designio de Dios para el mundo, de cómo el mundo está volviendo a Dios, su Creador.

73. Como instrumentos de la paz de Dios, las iglesias son vasijas de barro. Cuando se logra la paz, queda claro que “la excelencia del poder es de Dios y no de nosotros” (2 Co 4:7). Pero, normalmente, también es claro que, en la mayoría de los casos de conflicto, las iglesias no viven de acuerdo con su gran y estimulante vocación.

Particularmente en conflictos que se producen dentro de los países más que entre ellos, las iglesias verán que han sido cómplices de muchas maneras diferentes. A veces los dirigentes de las iglesias no se habrán manifestado en contra de la injusticia o habrán incluso bendecido la violencia que se ejercía. Es probable que miembros de las iglesias se encuentren de ambos lados de la línea divisoria. En regímenes de opresión que duraron mucho tiempo, habrá en las filas de las iglesias dirigentes y miembros que actuaron como cómplices encubiertos del mantenimiento de la opresión espiando a otros o pasando regularmente información sobre sus actos. Algunos hicieron esto por miedo; otros pueden haber sido obligados o chantajeados.

A menos que las iglesias se hayan puesto totalmente de parte de la agresión y hayan sido cómplices, pueden tener aún algún papel en el proceso de construcción de la paz en el período posconflicto.

Como mínimo, pueden ser el modelo del arrepentimiento que se necesitará en la sociedad. Más frecuentemente, especialmente en el caso de conflictos prolongados en los que todos en un momento u otro han sido víctimas y victimarios, las iglesias reflejan las ambivalencias que crean el mal y la violencia. Podrían aceptar el castigo pero también recomendar indulgencia en una situación en la que nadie ha quedado con las manos totalmente limpias.

Las prácticas espirituales de la paz


74. La paz no es simplemente aceptar un conjunto de ideas sobre el designio de Dios para el mundo. Ser agentes de la paz de Dios exige ponerse en el espíritu que había en Cristo Jesús (cf. Flp 2:5): vaciarse de sí mismo, abrazar la vulnerabilidad, caminar con los heridos que caracterizaron la entrada de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en nuestro mundo. Exige ser guiado por el Espíritu Santo en la sanación y la santificación del mundo. La encarnación y el envío del Espíritu Santo son una extensión del abrazo de la perichoresis de la Trinidad para abarcar en él a los que han sido quebrantados por el pecado, la opresión y la injusticia. Para tener este espíritu de Cristo, la construcción de la paz exige ponerse regularmente y profundamente en comunión con el Dios Trino, por las vías que Cristo nos ha indicado. Es esta presencia en Dios lo que hace posible para nosotros llegar a discernir la obra de Dios en nuestro mundo. Nos permite ver esos destellos de gracia que pueden venir a proyectar el amor de Dios que sana y reconcilia.

75. Ponerse en el espíritu de Cristo, ser formados en Cristo, supone prácticas y disciplinas espirituales que materializan la paz en nuestros propios cuerpos:

Hacer oraciones de intercesión como parte de nuestra conciencia de ser formados en Cristo.

• Pedir y dar el perdón, para crear honestidad en nosotros y para forjar el espacio para otros que necesitan buscar el arrepentimiento.
• Lavarse los pies unos a otros para aprender los caminos del servicio.

• Hacer ayuno periódicamente, para examinar nuestros modelos de consumo y las relaciones de unos con otros y con la Tierra.

• Actos contundentes y sostenidos de atención a los demás, especialmente a los más necesitados de sanación, liberación y reconciliación.

• Actos contundentes y sostenidos de atención a la Tierra.

• Actos colectivos de culto y volver a nutrirse de la Palabra de Dios y de la Eucaristía.


76. La paz no es sólo una idea de la vida. Es también un modo de vida. En un mundo acosado por la violencia y amenazado por toda clase de fuerzas desestabilizadoras, significa cultivar una postura espiritual, una espiritualidad. Por espiritualidad no se entiende una selección de elementos preferidos para labrar un estilo de vida único o distintivo. Espiritualidad aquí significa profundizar una mentalidad y realizar las prácticas espirituales, especialmente las colectivas, que nos llevan a ahondar en el misterio de Cristo.

77. Una tarea importante de esta espiritualidad es sostener la esperanza. Construir la paz a menudo es una tarea ardua, signada por decepciones, fracasos y reveses.

¿Cómo encontramos las reservas de fortaleza para permanecer fieles y seguir trabajando en medio de la adversidad? Esperanza no es lo mismo que optimismo.

Optimismo es nuestro juicio de cómo podemos cambiar el presente y forjar el futuro con nuestros propios recursos y puntos fuertes. Esperanza, por el otro lado, es algo que viene de Dios, que es el autor de la paz y el Único que trae la reconciliación. Esperanza es algo que descubrimos, internándonos en el misterio de la paz. A veces se manifiesta en lugares inesperados y de maneras sorprendentes. Puede percibirse gracias a nuestra comunión con Dios destellos de gracia en medio de la adversidad, actos de amabilidad frente al despiadado egoísmo, momentos de suavidad en la dureza de la agresión incesante.

78. Una espiritualidad es algo que los agentes de la paz comparten, un conjunto de prácticas y actitudes que unen a una comunidad. En su propia manera finita, una espiritualidad refleja las relaciones de la vida trinitaria, que sostienen, transforman y santifican un mundo quebrantado.

Preguntas

¿De qué maneras realiza su iglesia la educación para la paz para todos sus miembros, especialmente los niños y los jóvenes?

¿Puede usted compartir proyectos y experiencias que dieron buenos resultados y podrían ser útiles para otras iglesias?

¿De qué maneras participó usted en ministerios de construcción de la paz? ¿Puede darnos ejemplos?

¿De qué maneras expresan ustedes la vocación de las iglesias de cuidar la Creación?

¿Tiene efectos en la formación teológica de sus ministros y en la gestión de sus edificaciones?
                                                   

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El publicar en nuestro Portal estas Afirmaciones preliminares, no es por otra causa sino el poder dar una mayor difusión a este maravilloso proyecto, el cual  publicaremos quincenalmente por capítulos para mayor facilidad en su lectura y meditación.

Todas las aportaciones las haremos llegar a la oficina central de la Convocatoria Ecuménica.

Este evento se celebrará en la Ciudad de Kingston, en Jamaica del 17 al 25 de mayo de 2011

¡Que Dios les bendiga!

Le rogamos que haga llegar historias relacionadas con el tema y recomendaciones concretas. Asegúrese de que en ellas se incluya la construcción de la paz como labrado del alma y como creación de instituciones justas y de un orden justo.

Revisado y corregido por:
Manuel Rico Jorge
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España

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