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Bautizados En El Espíritu Santo

14.11.2009. 17:06

La Efusión


Empezaremos estas meditaciones recordando unas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles  donde Jesús pedía a sus discípulos que se quedaran en Jerusalén porque iban a recibir la promesa de lo alto e iban a ser bautizados en el Espíritu Santo. Vemos cómo esos discípulos, el día de Pentecostés, penetrados por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a contar las maravillas del Señor, a conocerle, a invocarlo como Padre, a amarlo, a alabarlo, a bendecirlo... y, valiéndonos de eso, tratamos de ver la relación de todo hombre bautizado por el Espíritu con su Padre Dios.

Los judíos llevados por el entusiasmo, por el “ruido” de la alabanza, se acercaron a la casa donde se reunían los discípulos en el aposento alto, y unos los escuchaban hablar de las maravillas de Dios y otros decían: “están borrachos”, y se burlaban de ellos. Y Pedro tomando la palabra junto con los once que le acompañaban, dijo: “Varones de Jerusalén. Nosotros no estamos borrachos como alguno de vosotros decís, apenas son las nueve de la mañana (no era el tiempo de que en Jerusalén se abrieran los bares y las cafeterías, no, todavía no servían cubalibres ni licores, de manera que no estaban borrachos), lo que sucede, dijo Pedro: es que se está cumpliendo la profecía de Joel donde decía que: “en los últimos días se derramaría el Espíritu y los jóvenes y los ancianos, iban a quedar llenos de la fuerza del Espíritu Santo”. Y Pedro, después de recordarles la acción del Espíritu de Dios anunciada por el profeta Joel, habló de David y de cómo David en profecía había anunciado “que su cuerpo no iba a ver la corrupción”. Y Pedro decía: “Pero ese padre, ese patriarca nuestro, David, sí que conoció la corrupción; su cuerpo, su sepultura se conserva entre nosotros ¿Qué sucedió entonces?, que David no estaba hablando de él, sino de un Descendiente suyo”. Hch 2,14-36

Y Pedro empezó a hablar de Jesús. Y habló de Él como de un hombre bueno en obras y en palabras que “pasó toda su vida haciendo el bien”, pero contra el cual conspiraron las autoridades judías y lo llevaron a la muerte, pero Dios lo resucitó, dijo Pedro, y nosotros somos testigos y el Espíritu Santo es testigo con nosotros; y, resucitado, ascendió jubiloso a los cielos, está a la derecha del Padre, desde allí, desde la derecha del Padre, está derramando “Esto” que vosotros estáis viendo, “Esto” que estáis escuchando.” Porque la acción del Espíritu, es siempre invisible, las señales de su paso son perceptibles, y ¡era la oración!, y ¡era la alegría!, y ¡eran las profecías!, y ¡eran las bendiciones! lo que estaban percibiendo los judíos en ese momento en Jerusalén.

Y todos nosotros hoy, recordamos que en el libro de los Hechos, después de que Pedro hablara con esas palabras, dice Lucas: que “muchos judíos dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los discípulos de Jesús: ¿Qué hemos de hacer hermanos?” y Pedro les decía: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro” Hch 2,37-39

Y dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que “Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas”. Hch 2,41

Y la Iglesia nació así. Ciento veinte que había en la mañana, tres mil que había después de Pentecostés. Con una homilía Pedro había tocado el corazón de ellos, “ahora decía  muchas veces Serafín Gancedo, al que Dios tiene en su Gloria: ni con tres mil homilías se convierten ciento veinte, ni se convierte ninguno”, pero en ese momento con la Palabra de Dios, con la palabra del Espíritu eficaz en los labios de Pedro, tres mil hombres y mujeres llegaron a la fe cristiana.

De manera que Pedro comienza su trabajo apostólico (y en Pedro tenemos un ejemplo de lo que pasa en todos nosotros), iluminado por el Espíritu, movido por el Espíritu, dócil ante el poder del Espíritu, hablando de Jesús, Pedro da testimonio de Jesús. Y en eso, Pedro actúa como cualquier cristiano que recibe el Espíritu de Jesús.

De manera que Jesús lleva hacia el Espíritu y el Espíritu lleva hacia Jesús. No entran en competencia, no tienen celos el uno del otro, sino que ambos, cada cual a su manera, tratan: Jesús de que nos llenemos de su Espíritu y el Espíritu de que nos transformemos en Jesús, que seamos Jesús vivo, que Jesús viva en nuestros corazones por esa gracia del Espíritu, como nos dice Pablo en la carta a los Efesios:

“En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa.” Ef 1,13

Y eso lo podéis comprobar acercándoos a los textos del Evangelio. Como no los vamos a leer todos, yo os quiero recordar algunos de los pasajes más importantes, y os voy a dar dos familias de textos. En la una, donde se muestra que el Espíritu es el que mueve a Jesús, es el que lleva a Jesús, es el que transforma a Jesús, el que le da todo el poder a Jesús. Y en la otra, en que Jesús es el que lleva el Espíritu, el que regala el Espíritu. Y el uno y el otro nos lo dan a nosotros, Jesús dándonos el Espíritu, y el Espíritu llevándonos a Jesús.

Por eso, si queremos llenarnos del Espíritu Santo, tenemos que levantar los ojos y el corazón y las manos, y decir:
“¡Jesús, dame tu Espíritu Santo!, Jesús, lléname del Espíritu Santo, Jesús, bautízame con tu Espíritu Santo, Jesús. Obtenme del Padre la gracia del Espíritu Santo”.

Pero si queremos conocer a Jesús, tenemos que decir:
“¡Espíritu Santo, ilumíname!, Espíritu Santo, permíteme crecer en la fe y en el conocimiento y en la gracia de Jesús, Espíritu Santo, transfórmame en Jesús, Espíritu Santo, arranca de mí todo pecado porque quiero ser discípulo fiel de Jesucristo”.

De manera que oramos al Uno y oramos al Otro, para que el uno y el otro nos den precisamente la gracia de estar ambos en nuestro corazón y ambos llevarnos al único definitivo descanso a donde todos tendemos, que es el seno del Padre, de donde proviene el Espíritu, de donde se engendró el Hijo eterno.

Cuando hablamos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cuando hablamos de Ellos, generalmente los enunciamos en ese orden, “Padre, Hijo y Espíritu Santo”, y entonces pensamos inmediatamente: “el Padre engendró a su Hijo eternamente, el Hijo y el Padre soplaron, es decir, el aliento de Ellos, el aliento de los dos, la respiración de ellos, ¡El Amor del Padre y del Hijo es el Espíritu Santo! De manera que por eso al Espíritu Santo lo llamamos “el Espíritu del Padre” y también lo llamamos “el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu del Hijo”. El Espíritu Santo es del Padre y es del Hijo, es el vínculo de unión entre el Padre y El Hijo. Pero así como decimos: “Padre, Hijo y Espíritu Santo”, también podríamos decir: “Padre, Espíritu Santo E hijo”, ¿porqué? porque es el Padre eterno del que todo procede, que en un acto de amor (y ese es el Espíritu Santo) engendra a su Hijo. De manera que da lo mismo decir: “Padre, Hijo y Espíritu Santo”, que decir: “Padre, Espíritu Santo E hijo”, ellos no tienen celos, no emulan en nada sino en amor. Y el Espíritu Santo eternamente es el amor entre el Padre y el Hijo. Como San Bernardo decía: “El beso casto de amor del Padre y del Hijo es eternamente el Espíritu Santo. El Amor Eterno del Padre y el Hijo, es el Espíritu Santo”.

Y Santo Tomás, que es Doctor de la Iglesia, para que comprendiéramos cómo estaban de unidos el Hijo y el Espíritu, nos dijo en uno de sus libros que “así como nosotros para hablar, es decir, para pronunciar nuestras palabras, necesitamos sacar el aire que está en el pulmón y ese aire del pulmón al pasar por nuestra garganta y las cuerdas vocales se convierte en palabras, así también el Padre eterno con ese Espíritu, con ese Aire eterno, con ese Aliento eterno, pronunció la Palabra eterna, esa Palabra que se hizo Carne”. De manera que, desde siempre, el Padre amando a su Hijo en el Espíritu Santo, el Padre pronunciando la Palabra Eterna en el Espíritu Santo; desde siempre, el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, desde siempre, el Espíritu Santo unión del Padre y del Hijo, desde siempre el Espíritu Santo beso del Padre y del Hijo.

Por eso el Espíritu Santo no tiene nombre. El Padre tiene un nombre, se llama “Padre” y la segunda Persona tiene un nombre, se llama “Hijo”, pero la tercera Persona no tiene Nombre, es aliento del Padre y aliento del Hijo. Como para indicar la unión, para indicar que Él es como el cemento de unión y como “lo que Dios une no lo separa el hombre”, no desune el hombre esas Tres Personas unidas para siempre en un sólo y maravilloso Dios de amor y de bondad, al cual adoramos y bendecimos, y al cual está dedicada la vida de todos nosotros.

Pero ese Dios de amor y ese Padre eterno infinito, "rico en misericordia", al ver la situación de los hombres de pecado, tanto amó al mundo que no quería que el mundo se perdiera, sino que fuera salvado y entonces envió a su Hijo, como nos dice S. Juan:
"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna." Jn 3,16.

Y, ¿Cómo lo envió? Recordemos que San Lucas nos cuenta el momento de la Anunciación, y en esta Casa con el nombre y con la devoción se prolonga en el tiempo ese misterio, lo saben todos, que María estaba en oración y que recibió la Revelación de Dios y que Ella dijo: “Pero ¡cómo puede ser esto posible!” Y que el ángel le decía: “EI Espíritu va a venir sobre ti, el poder del Altísimo te va a cubrir con su sombra, por eso lo que va a nacer de ti será Santo, fuerte, inmaculado, el Hijo de Dios, el poderoso Hijo de Dios”. Y María dijo: “Que se haga en mí según tu Palabra”. De manera que desde el primer momento de la concepción del Hijo de Dios, desde el primer momento de su ser corporal, el Espíritu Santo como una nube, “EI Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”.

Estoy seguro de que habéis meditado ya más de vez en esa figura que usaba el Antiguo Testamento. Como no podía decir quién era Dios, como no tenía palabras para expresar quién era Dios, decía: “pues es como una nube”, es decir, es misterioso, no sabemos muy bien lo que hay. Ellos no tenían los conocimientos de física que tenemos nosotros ni sabían de vapor de agua, ellos veían las nubes como un manto que Dios ponía sobre la tierra, pero un manto misterioso que a veces les ocultaba el sol, que los protegía de sus rayos; que a veces los rodeaba de niebla..., algo misterioso, y ellos evocaban las nubes en el templo cuando quemaban el incienso y las volutas del incienso llenaban el tabernáculo y decían: “¡Es como el símbolo de la presencia de Dios!”, así como una nube que cubre con su sombra, así vendría el Espíritu Santo sobre la Virgen María, es decir, María era como el nuevo templo y el Espíritu Santo la llenaba con su presencia, y el Espíritu Santo fecundaba sus entrañas, y el Espíritu Santo las hacía florecer en una rosa espléndida: ¡el Cuerpo de Jesucristo el Señor! ¡El Espíritu Santo formando el Cuerpo de Jesucristo, el Señor!, permitiendo por su acción poderosa el nacimiento de Jesús, y eso lo leemos en el Evangelio de Lucas y en el Evangelio de Mateo, y lo proclamamos en el Credo: “Creemos en Jesucristo, nacido de la Virgen María, por obra, por el poder, por la gracia, por la bendición, por la acción maravillosa del Espíritu Santo”.

Nace Jesús y Estalla La Alabanza, porque cuando nace Jesús, recordamos que todos los personajes que estuvieron vinculados de una u otra manera al nacimiento del Señor, todos ellos se iban llenando del Espíritu Santo. Y cada cual a su manera, llenos del Espíritu Santo, comenzaban a profetizar, porque para San Lucas “llenarse del Espíritu Santo” es hablar de Dios, es profetizar. Por eso, cuando María llega donde Isabel, Isabel llena del Espíritu Santo, dice: “Pero de dónde aquí que la Madre de mi Señor ha venido a saludarme. Cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura daba saltos de gozo en mis entrañas”, Isabel “llena del Espíritu Santo” decía: “¡Bendita Tú que has creído, porque se cumplirá lo que se te dijo de parte del Señor!” Lc 1,43-45 y Maria, llena también del Espíritu Santo, desde siempre, se convertía para nosotros en profesora de alabanza y decía:

“Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen” Lc 1,46-50.

La Iglesia celebra el recuerdo de muchos testigos de Jesús, de muchos santos, pero celebra siempre su muerte, el día en que los santos mueren es el día que nacen para la vida eterna, el día en que nacen para el cielo, por eso siempre que se puede saber la fecha de la muerte de un hombre o mujer importante de la Iglesia al que se considera santo/a, su fiesta se celebra el día de su muerte. El nacimiento en la tierra no se celebra sino para tres Personas, que son: Jesucristo, celebramos el 25 de diciembre; la Virgen María, el 8 de septiembre, inmaculada, concebida sin mancha de pecado original, celebramos su nacimiento en la tierra; y Juan el Bautista, ya santificado por la presencia del Espíritu Santo desde que estaba en las entrañas de Isabel.

Entonces, también la Iglesia se regocija con el nacimiento de Juan; ni siquiera de San José, que no sabemos nada de él sino que fue un hombre justo y maravilloso. Pero Juan Bautista sí, y cuando Juan Bautista nace, su padre Zacarías “lleno del Espíritu Santo” recupera el habla y comienza a proclamar las bendiciones del Señor, se llena de Espíritu profético. Lleno del Espíritu, dice:

“Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David su siervo...” Lc 1,68-69

Todos los días cantamos este himno en Laudes, el canto del Benedictus. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo cuando llega enseña a alabar.

Así, como cuando nació la Iglesia los apóstoles todos empiezan a contar las maravillas del Señor, lo que Dios es, lo que Dios hace... Así también, cuando nace Jesús, preludio del nacimiento de la Iglesia, todos comienzan llenos del Espíritu Santo, a cantar las maravillas del Señor y a alabar.

Y poco después, cuarenta días, el Niño Jesús es llevado al Templo para ser presentado allá, con unas tórtolas  ofrenda de las pobreza, y sale Simeón, y él también se llena del Espíritu Santo, y dice:

•Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación”. Lc 2,29-30.

Y Ana, esa mujer viuda, también ella, llenándose del Espíritu Santo, les contaba a todos acerca de la salvación que Dios estaba procurando a su pueblo Israel. De manera que cuando Jesús nace, cuando el Cuerpo de Jesús se forma en las entrañas de María, es el Espíritu Santo el que está actuando allí con poder. Pero cuando Jesús nace, ¡Es el Espíritu Santo el que está guiando la alabanza de todos los creyentes!

Y pasan los años, y comienza Jesús su ministerio apostólico, llega hasta el Jordán y baja al Jordán, los cielos se abren y desciende el Espíritu Santo, y Juan el Bautista dice: “Es que yo lo vi”, Dios me había dicho que cuando viera que el Espíritu Santo descendía sobre un hombre y permanecía sobre él, Ése era el que había de bautizar en el Espíritu, Ése era el que había de quitar los pecados del mundo. ¡Y Juan da testimonio!

De manera que el cuarto Evangelio, después de ese Prólogo tan bello de la Palabra que se hace Carne, comienza con un testimonio, el testimonio de Juan que anuncia quién es Jesucristo, aquél sobre el que permanece el Espíritu Santo, sobre el que se queda la fuerza del Espíritu Santo.

Y nos dice San Lucas que Jesús, cuando salió del Jordán, se puso a orar. Los otros Evangelios no nos hablan de este detalle, los otros Evangelios nos dicen que Jesús entró en el agua y que los cielos se rasgaron y que vino el Espíritu, pero San Lucas que es muy sensible a todo lo que es la oración en el Espíritu, nos dice que cuando Jesús salió del agua se puso a orar, y fue en ese momento cuando se abrieron las nubes y por allí bajó el Espíritu; ya se destruyó la muralla, ya quedó abierto el paso, ya había comunicación entre el cielo y la tierra, ya había un diálogo profundo de Dios con el hombre, ya el “pontífice” estaba tendiendo el puente entre el cielo y la tierra y había comunicación, y por eso baja el Espíritu Santo, ante la oración de Jesús!

¡Quién sabe cómo sería esa oración de Jesús! Había un autor de Siria, por el siglo VIII ó IX, que cuando habla de ese pasaje hace hablar a Jesús y dice: “Señor, aquí estoy. Soy tu Siervo, he venido a hacer tu voluntad, manda sobre mí tu Espíritu, que venga ese Espíritu sobre Mí”. Es decir, Jesús también como nosotros cuando hacemos una invocación al Espíritu Santo, Jesús también invocando sobre Él la fuerza del Espíritu. “¡Manda desde los cielos ese Espíritu, ese Espíritu con el cual Yo estoy eternamente unido, ese Espíritu que formó mi Cuerpo en las entrañas de mi Madre, ese Espíritu que hizo alabar a los siervos cuando Yo nací!, ¡mándalo sobre Mí, porque lo necesito ahora para empezar mi ministerio profético, para comenzar a anunciar tu Nombre!” Entonces, los cielos se rasgan y viene, como desciende una paloma, descendió el Espíritu sobre Jesús y se quedó sobre Él.

Y nos dice que entonces “el Espíritu empujó a Jesús hacia el desierto”, lo llevó también a un Retiro espiritual largo, de cuarenta días, a un desierto donde Jesús se encontraba sólo, frente a frente con el Padre y con la tentación. Y cuarenta días de unión profunda, cuarenta días de Palabra de Dios, cuarenta días de oración, cuarenta días de entrega, porque cuarenta días era para los israelitas como un período privilegiado, era todo, era todo el tiempo. Así como el diluvio de cuarenta días, así como la peregrinación por el desierto de cuarenta años, así como la marcha de Elías por el desierto, después de haber comido el pan que le dio fuerza, de cuarenta días; así como la destrucción de Nínive en cuarenta días!... así toda la plenitud. Así Jesucristo totalmente entregado al diálogo y a la oración con el Padre.

Y cuando pasan esos cuarenta días, el Espíritu lo conduce a Galilea. Y cuando llega a Nazaret, va a la sinagoga y lee en un sábado esa parte del profeta Isaías que dice:

“El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres a Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia dl Señor.” Lc 4,18-19 (Is 61,1-2) ¡El Espíritu de Dios sobre mí!

Jesús debía sentir el peso del Espíritu como si estuviera posado sobre Él, como si fuera un águila que estuviera reposando sobre él y empujándolo permanentemente, y Jesús con esa sed del Espíritu, ansioso de ir a predicar el Evangelio y a hacer el bien por todas partes. Nos dice San Lucas que “Con la fuerza del Espíritu comenzó Jesús a enfrentar el mal y a expulsar Demonios” Y decían los que lo veían y no lo aceptaban: “Éste es con la fuerza de Belcebú con la que está expulsando demonios”. Y Jesús los encaraba diciendo: “Es por el dedo de Dios, es por el Espíritu Santo, porque un reino dividido queda destruido”.

Y Jesús seguía su ministerio, y nos dice San Lucas todavía en el capítulo diez, que un día cuando Jesús mandó a sus discípulos y ellos regresaban gozosos de cumplir su ministerio y anunciar al Señor, ¡cómo habían visto que el demonio caía como un rayo desde el cielo y se destruía su poder! Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y entonó su Magnificat. Decía:

“Yo te bendigo, Padre, Señor, del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino l Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” Lc 10,21B-22

De manera que ese canto de gozo de Jesús que le brotaba desde dentro, hasta ese momento la Revelación venía desde fuera, venía desde el cielo, el Padre decía desde el cielo: “Este es mi Hijo en el cual yo me complazco”, pero aquí comienza a brotar desde adentro, comienza a brotar desde el Corazón de Jesucristo, comienza a brotar desde el amor de Jesucristo, es Jesucristo que se conmueve en lo íntimo de su Ser, y con la gracia del Espíritu Santo dice: “Es que Yo, Padre, Yo te alabo; Yo me regocijo en Ti”. Es el gozo del Espíritu, ¡Jesús gozoso! porque Jesús se sentía Hijo amado del Padre, ¡Jesús gozoso! porque Jesús podía comunicarle esa alegría del Evangelio a los pobres y a los pequeños y a sus discípulos ¡Jesús gozoso! porque veía que sus pequeñitos del mundo, esos discípulos suyos, también iban a ser considerados sus hermanos, hijos del Padre ¡La Revelación de la Paternidad de Dios!

“¡Yo te glorifico, Señor, porque tú estás revelando estas cosas no a los grandes y poderosos, sino a los humildes y pequeños!”

Jesús llevado, Jesús impulsado, Jesús gozoso en la fuerza del Espíritu Santo. Y nos dice Pablo en la carta a los Hebreos:

“¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” Hb 9,14

Y nos dice Pablo en la carta a los Romanos:
“Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” Rm 1,4

De manera que es el Espíritu Santo el que lo lleva a la cruz, y es el Espíritu Santo el que lo resucita, y es el Espíritu Santo el que lo hace SEÑOR. Es como si el Espíritu Santo se hubiera apoderado de tal manera de Jesús, que Jesús era dócil a las inspiraciones del Espíritu, ¡Jesús era un hombre carismático totalmente! ¡Jesús, un hombre abierto totalmente a la fuerza del Espíritu Santo! De manera que Jesús suplicando, Jesús con los brazos abiertos, Jesús diciéndole: “Padre del cielo, dame tu Espíritu ¡Padre del cielo, envía tu Espíritu! no puedo yo vivir sin el Espíritu, ese vínculo de unión entre tú y yo, yo lo necesito ¡envíalo para mí!”. Esa debía de ser la oración de Jesucristo.

De manera que en esos pasajes de la Biblia que así como rápidamente he tratado de recordaros, aparece el Espíritu Santo llevando a Jesús, bautizando a Jesús, glorificando a Jesús, haciendo Señor a Jesús ¡el Espíritu Santo derramándose sobre Jesús. ¿Por qué? porque el Espíritu Santo no sabe sino ir hacia Jesús, volverse hacia Jesús, empujarnos hacia Jesús. ¡Esa es la especialidad del Espíritu Santo!

Por eso, si nosotros queremos conocer a Jesús, amar a Jesús, bendecir a Jesús y transformarnos en Jesús, el único camino, es el Espíritu Santo, os lo repito, el ÚNICO CAMINO es, EL Espíritu Santo. Yo os invito queridos hermanos a que oremos así: ¡Espíritu Santo, ven! ven, Espíritu Santo, y transfórmanos en Jesús, ven, Espíritu Santo, Tú qué hiciste el cuerpo de Jesús en las entrañas de la Virgen María, ven y forma a Jesús también en nuestro corazón. Por la fe queremos aceptarlo a él, por la fe queremos vivir de Él, queremos que Él viva en nosotros. ¡Espíritu de Jesús, ven a nosotros y haz de nosotros imágenes vivas del Señor Jesús!

La Biblia sigue enriqueciéndonos, los Evangelios muy ricos en la visión del Espíritu Santo, y si esto que os acabo de decir, prácticamente todos estos textos los podemos beber en el Evangelio de San Lucas, éstos que os voy a decir ahora los podemos tomar del Evangelio de San Juan, y en el Evangelio de San Juan el matiz es otro, ¡es Jesús el que me da el Espíritu!

Si en el Evangelio de San Lucas es el Espíritu el que lleva a Jesús, en el Evangelio de San Juan es Jesús el que conduce al Espíritu. Son dos visiones y ambas se complementan, ¿quién a quién? Jesús al Espíritu, el Espíritu a Jesús, ambos a la vez, ninguno tiene celos del otro. No me puedo quedar con Uno y dejar al Otro, ni con el segundo olvidando al primero sino integrando esa visión en mi propia oración y en mi propia vida.

Y dice San Juan en el capítulo tres, contándonos cómo  Jesús anuncia que “para ver el Reino hay que nacer del agua y del Espíritu Santo” y eso se lo dice a Nicodemo, y Nicodemo dice: “Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Acaso el hombre puede volver a ser niño y retornar a las entrañas de la madre?” Y Jesús le dice: “Pero ¿tú eres doctor en Israel y dice estas tonterías, Nicodemo? ¿En qué estás pensando?” Nosotros hablamos de lo que sabemos, Jesús estaba hablando de lo que sabía, Jesús no estaba haciendo teoría, Jesús estaba experimentando lo que era el “nuevo nacimiento”, y por eso decía: “Nosotros hablamos de lo que sabemos”.

Y, ¿De qué hablaba Jesús? y ¿Qué hacía Jesús? y ¿Qué anunciaba Jesús? En este capítulo San Juan nos dice:

“Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida.” Jn 3,34

¡Aquél a quien Dios ha enviado! Ese es Jesús, enviado por Dios, habla palabras de Dios. Y ¿por qué habla él las palabras de Dios? porque Él quiere dar, es especialista en ¡Dar el Espíritu sin medida! De manera que si nosotros queremos llenamos del Espíritu, tenerlo sin medida, tenemos que decirle: “Jesús, Tú que das el Espíritu sin medida, ¡Derrámalo con abundancia!, no lo escatimes, no nos lo midas, abre las esclusas del Espíritu y deja que venga sobre nosotros diluvio de Espíritu Santo ¡Da el Espíritu sin medida!”.

Y en el capítulo cuatro, tal vez no hable explícitamente del Espíritu Santo, sino de la Sabiduría, de la Gracia, pero nosotros ya después de haber vivido en los tiempos de la Iglesia, sabemos que la Sabiduría y la Gracia para nosotros son la presencia del Espíritu de Dios. Y allá en el capítulo cuatro, que después va a tener como un paralelo en otros momentos de San Juan, se nos habla del diálogo de Jesús con la mujer samaritana y en el diálogo Jesús le pide de beber, y la mujer le dice: “¡Cómo tú, siendo judío, te atreves a pedirme de beber a mí, que soy samaritana!” Y Jesús le replica: “¡Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, serías tú quien le pedirías a Él, y Él te daría un agua de esa que brota hasta la vida eterna!, tú ya no tendrías necesidad de venir a este pozo a sacar el agua, porque esa es Agua que brota definitivamente hasta la vida eterna”.
¡Señor, dame de esa agua!. Y comienza ese diálogo de Jesús con la mujer samaritana.

Y aunque allí, os repito, se tratara sobre todo de la gracia y de la sabiduría de Dios, está intuido ya, está insinuado el Don grande, ¡si conocieras el don de Dios!, el regalo definitivo del Espíritu Santo para todos los creyentes.

Y ese regalo lo vemos ampliado, en el capítulo siete, donde en el último día de la Fiesta, Jesús en el atrio del templo grita:

“El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó:
“Si alguno tiene sed venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la escritura:
De su seno correrán ríos de agua viva.
Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún o había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado.”
Jn 7,37-39

Pero cuando fue glorificado, es decir, cuando subió al Trono de la Gloria que es la Cruz, cuando Jesús, Rey, subió a su Trono para reinar y atraer desde allí las miradas de todos, Él desde lo alto, nos atrajo, Jesús glorificado en su hora de muerte y de gloria al mismo tiempo, allí fue el momento, según la visión de San Juan.

Sabemos que Pentecostés, para San Juan, fue allí en el calvario. Para San Lucas, Pentecostés es cincuenta días después de Pascua. Pero San Juan, de una vez él quiere bloquearlo todo y dice: “Allí estuvo todo, allí en la muerte, fue gloria, fue resurrección, fue Pentecostés, fue nacimiento de Iglesia, fue perdón de los pecados..., allí fue todo” A él no le interesaba seguir contando por detalles, sino que dice: “De ahí, de ese misterio pascual, arranca todo”.

San Lucas, mucho más llevado de la historia, dice: “... el viernes murió y después resucitó y después se apareció a los discípulos y después subió a los cielos, y después Pentecostés...” Pero San Juan nos lo dice todo de una vez, en el momento en que subió a la cruz, ahí Jesucristo triunfó. De manera que, en vez de decir: “murió y a los tres días resucitó”, dice gozoso: “¡Ahí, la hora de su gloria!”

Recordáis un dato curioso, quizás no sea tan claro, pero sí es como una intuición que la Iglesia ha visto en el capítulo 19, cuando San Juan dice:

“Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido.” E inclinando la cabeza entregó el espíritu” Jn 19,30.

Los otros evangelistas, los sinópticos, dicen: “expiró”, pero San Juan dice: “Entregó el Espíritu”, y por supuesto que entregar el Espíritu, puede significar: “murió, exhaló el último aliento”, pero “Entregó el Espíritu”, es decir, Murió y le entregó a la Iglesia el Espíritu Santo, ¡Murió y fue Pentecostés!, ¡Murió y ya tenemos Espíritu Santo!

San Agustín dice que fue como ese frasco de perfume que la mujer llevó para lavar con él los pies del Señor. Cuando la mujer llegó para lavar los pies de Jesús, quebró ese frasco de alabastro y el olor del perfume se difundió por toda la casa, “así también, dice San Agustín, cuando allá en la cruz se quebró ese frasco maravilloso, el Cuerpo de Jesucristo, ese recipiente bello que estaba lleno del Espíritu Santo, la acción del Espíritu, el aroma del Espíritu, el perfume del Espíritu, se difundió por todo el mundo: Jesucristo llenó con ese perfume toda la casa de la Iglesia, toda la casa del universo. Jesucristo quebrándose en la cruz y el Espíritu Santo llenando el mundo”.

“Es necesario que Yo me vaya para que Él venga”, decía Jesús. “Es necesario que Yo muera para que Él viva, es necesario que Yo desaparezca para que él llegue”, así lo ve San Juan, “Muere Jesús  llega el Espíritu”.

Y cuatro versículos después, ahí en ese mismo texto del Evangelio, ya en el 19-34, nos dice el evangelista que un soldado llega y con una lanza perfora el costado del Señor y que brotan agua y sangre, brotan bautismo y Eucaristía, que son los dos grandes Sacramentos de la Iglesia, brota la Iglesia del costado de ese segundo Adán, dormido junto al árbol de la Cruz. Así como del primer Adán había salido el cuerpo de la primera Eva, Adán dormido en el Paraíso y Dios formando el cuerpo de Eva de su costilla, así también del segundo Adán, dormido en el árbol de la cruz, Dios sacando el cuerpo de su esposa Espléndida, la Iglesia, significada en esos sacramentos del agua y de la sangre. El agua es igual a: Espíritu Santo. La sangre es igual a: Amor de Jesucristo.

Todo el Evangelio de San Juan está lleno de simbolismos. El nacimiento de la Iglesia, o el Espíritu y Jesús, o el Bautismo y la Eucaristía..., lleno de simbolismos, porque el Evangelio de San Juan es evocador, está lleno de poesía y cuando uno está lleno de ella va viendo y encontrando sentidos distintos, y la Iglesia los va leyendo a través de los siglos. Y ahí ve cómo la Iglesia nace del amor de Jesús, cómo la Iglesia nace del Costado de Jesús.

Y la Iglesia después, recordando ese texto del profeta Ezequiel, donde ve que una fuente de agua sale del lado derecho del Templo y que va creciendo y se va acrecentando, y que después es imposible vadear y que llega al mar de las aguas muertas, y los peces empiezan a tener vida, y las orillas de los ríos a reverdecer y a llenarse de frutos. Así también del lado derecho de Cristo, que es el nuevo Templo, comienza a brotar el agua nueva.

Por eso ese gran Himno en la Liturgia de Pascua: "Yo vi un agua que salía del lado derecho del Templo, el agua del Espíritu, el agua de la gracia, y Jesucristo muerto en la cruz, y Pentecostés comenzando, y Jesucristo entregando su Vida, y el Espíritu Santo vivificando la Iglesia". "Por la Sangre de un Hombre tenemos el agua del Espíritu", decía un Padre de la Iglesia. De manera que Jesucristo había transformado al comenzar, en Caná, agua en vino y ahora transformaba Sangre en Agua, y es el regalo grande del Espíritu Santo para todos nosotros.

De manera que el Señor Jesús, vivo o muerto, no sabe sino dar Espíritu Santo para su Iglesia, Él no tiene nada más que dar.

La túnica integra que tenía se la robaron, se quedaron con ella. De manera que ni María ni sus discípulos tuvieron ninguna herencia, la herencia que él nos deja es su mandato de amor y la presencia del Espíritu. Por eso, si nosotros queremos extender las manos hacia Él y heredar lo que Él regala, lo único que podemos tomar y llenamos las manos de ello es presencia del Espíritu de Amor, es presencia del poder del Espíritu Santo, es tomar el Espíritu de Jesús para nosotros.

Y poco después, en ese mismo Evangelio, en el capítulo 20, ya Jesucristo resucitado se aparece a sus discípulos, y ¿qué hace? sopla sobre ellos aliento de Dios sobre los hombres. De nuevo Pentecostés, huracán de Espíritu Santo, sopla sobre ellos y les dice: "Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les serán retenidos".

El Espíritu Santo para el perdón de los pecados, Pentecostés para perdón de pecados. Regalo de Jesús, Espíritu Santo, ¡Aliento de Jesús! Nosotros tenemos que estar como ansiando ese regalo de Jesús, deseosos de que Jesús lo sople sobre nosotros.

En dos o tres oportunidades se habla en la Biblia de ese soplo de Dios que llegaba sobre el hombre. La primera vez fue en la creación de Adán, el cuerpo de Adán formado de barro, esperando el soplo de Dios, Y cuando Dios sopla sobre él y le infunde Espíritu de vida, el primer hombre vive.

Y también en Ezequiel, los huesos secos, el profeta oyendo la voz de Dios, invocando viento, huracán, "Ven sobre estos huesos", comienzan los huesos a moverse y a revestirse de tendones y de piel. Y después, vuelve a invocar el Espíritu, el viento sobre esos huesos, y se va levantando un pueblo grande, numeroso en extremo.

El Espíritu de Jesús ahora viniendo sobre nosotros, Jesús siempre soplando sobre su Iglesia. Necesitamos que el Señor esté soplando sobre cada uno de nosotros, el Señor Jesús exhalando su aliento sobre nosotros, y nosotros deseosos de que el espíritu que tenemos se cambie por el Espíritu de Él y que sea el Espíritu de Jesús el que comience a entrar en lo íntimo del alma, que sea el Espíritu de Jesús el que comience a dar vida a nuestro propio organismo. Eso se llama Vida Nueva, eso se llama hombre nuevo, eso se llama Jesucristo viviendo en cada uno de nosotros, eso se llama poder decir como Pablo: "Mi vivir es Cristo", o decir (Gálatas) "No vivo yo, es Cristo el que vive en mí", o poder decir: "Sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos, somos de Él". ¡Él es nuestro Dios!

Entonces, el Espíritu Santo nos lleva a Jesús, pero Jesús nos regala el Espíritu, y es el uno al otro, y el otro al uno, y por eso no hay competencia entre los dos, por eso es un don mutuo de Amor.

Y en San Juan hay cinco promesas. Dos en el Capítulo 14; una en el capítulo 15; y dos en el capítulo 16 cinco promesas donde Jesús les decía a sus discípulos: "Yo voy a rogarle al Padre y el Padre enviará el Espíritu". Después, decía: "El Padre os vamos a enviar el Espíritu". Después: "El Espíritu que va a venir sobre vosotros... El Espíritu que vendrá sobre todos, jóvenes y ancianos, siervos y amos... ese Espíritu que va a dar testimonio de mí, ese Espíritu que va a ser como el abogado, que va a convencer al mundo de pecado y de justicia, ese Espíritu que os recordará todas las cosas..., ese Espíritu os conducirá a la verdad completa..."

Ese Espíritu Santo es el que nosotros necesitamos para que sea él el que dé testimonio de Jesús ante nosotros mismos y sea nuestro abogado ante el mundo. Ese Espíritu del señor es el que necesitamos para que sea él el que nos recuerde todas las cosas. Él está siempre recordándole a la Iglesia la verdad acerca de Jesús, por eso la Iglesia no se olvida de Jesús. Los hombres a medida que vamos envejeciendo nos vamos olvidando de las cosas. Un día me encontré con un hermano y amigo y me preguntaba por otro amigo de ambos de la infancia, y no nos venía el apellido, ni él se acordaba ni yo tampoco; entonces él lo recordó, se ve que él es más joven que yo, porque los hombres nos vamos olvidando de las cosas, Pero la Iglesia, a pesar de veinte siglos de existencia, nunca se olvida de Jesús, no tiene amnesia de Jesús.

¿Por qué? porque el Espíritu Santo está siempre recordándonos a Jesús y por eso todos los días hablamos de Jesús, pensamos en Jesús, invocamos a Jesús, recordamos la vida de Jesús..., cada día aparecen nuevos libros de la vida de Jesús, nuevos testimonios de Jesús, siempre el mismo, siempre nuevo, cada día algún aspecto distinto y cada día un catequista, un teólogo, un Pontífice iluminándonos, dándonos a conocer su experiencia y cada día conociendo cosas nuevas, porque Él, el Espíritu de Jesús, nos va llevando hasta la verdad completa.

Y esto es lo que le tenemos que pedir a Él. ¡Espíritu de Jesús, ven! Sabemos que si uno no tiene el Espíritu de Jesús no es de Jesús, no es de Cristo, no le pertenece. Nos dice San Pablo: "Sabemos que para decir Jesús es el Señor lo hacemos por la gracia del Espíritu". En la 1 a Corintios, cap. 12: "Sabemos que para confesar al Verbo venido en carne, ésa es una acción del Espíritu".

Necesitamos el Espíritu para ir conociendo a Jesús, necesitamos el Espíritu para ser Siervos de Cristo Vivo, para poder servir a Jesús. No se puede servir a Jesús, no se puede amar a Jesús, no se puede uno identificar con Jesús, si no es por una gracia, por un don, por una presencia especial iluminadora del Espíritu Santo.

Yo creo que el proyecto de toda vida cristiana es, como dice Pedro, "crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús". Crecer, y esto es lo que nos debe reunir permanentemente, y ese el sentido de la vida cristiana: ir creciendo o mejor: ir dejando que Jesús crezca en ustedes hasta que, como dice Efesios, Él llegue a la estatura del varón perfecto. Cuando Él tenga la estatura perfecta, cuando ya no esté limitado con los límites de nuestro pecado, de nuestra mediocridad, sino que nosotros quebremos el frasco para que sea Jesús y el Espíritu los que se explayen totalmente en nosotros, en ese momento estaremos dejando que Él tenga en nosotros la estatura del varón perfecto.

Pero mientras tanto, todos los días crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús, y ese el regalo que el Espíritu Santo nos puede dar a todos nosotros, y como Él no sabe sino hablar de Jesús, y como Él no sabe sino llevar a Jesús, y como Él no sabe sino conducir a Jesús, para que Jesús nos lleve al Padre, por parte nuestra la invitación es a que alcemos manos y corazón, mirada y sentimientos, y le digamos: "Señor Jesús, envía tu Espíritu, porque necesitamos de ese Espíritu tuyo para ir hasta el Padre. Necesitamos de ese Espíritu tuyo para conocerte a ti, necesitamos de ese Espíritu tuyo para amarte a ti" .Todos los días lo podemos hacer, todos los días lo podemos vivir por la gracia del Espíritu Santo.

Nunca, nunca vamos a decir: "Yo ya llegué", Así como les decía que nunca nos vamos a graduar en Jesús, nunca nos vamos a graduar en Espíritu Santo, sino que siempre somos discípulos, y Él, Jesús el Maestro exterior, y el Espíritu Santo el Maestro en el corazón de cada uno de nosotros. Siempre el Maestro enseñándonos la misma doctrina, el mismo libro, la misma Vida, la vida de Jesús, el Amor de Jesús para nosotros. Y por eso es por lo que un día nos sensibilizamos más ante Jesús que es nuestro Salvador y otro día pensamos en el Señorío de Jesús, y otro día pensamos que Jesús es el Maestro que nos enseña y en su doctrina, y otro día lo vemos a Él como el Sacerdote que intercede por nosotros ante el Padre, o como el Puente que sirve de unión entre Dios y los hombres, y otro día decimos que ha de venir a juzgar con poder y majestad a los hombres, y otro día decimos "¡Si es el Hijo eterno de Dios!", y otro día "¡Es el Hijo de María!", "¡el Hijo de David", "el Hijo de Abraham", "el Hijo de José!"... Otro día: "Es el Hijo de Dios, el Hijo del hombre", otro día "Es el Buen Pastor", otro día "Es el Cordero que quita el pecado del mundo", otro día "Es la Estrella de la mañana!", o "Es el Lucero resplandeciente", o "Es el Alfa y la Omega", o "Es el Principio y el Fin", o "Es el Maestro", o "Es el profeta"... en fin, hay tantos nombres! Otro día: "Es la rosa y el lirio", otro día "Es el crucificado", otro "es el Resucitado"... Y cada día tiene un nombre distinto y cada día tiene una experiencia distinta, y cada día lo podemos conocer desde ángulos distintos, pero todo eso lo hacemos si dejamos que el Maestro Interior, el Espíritu Santo, abra su cátedra en nosotros, pueda dictar su clase, atendemos a su doctrina y le pedimos a Él que nos transforme y nos deje transformarnos en Cristo Jesús, ¡El Único Señor!

Mónica Terrón

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