Inicio » Enseñanzas Biblicas » "El Maestro Atenágoras"

"El Maestro Atenágoras"

02.08.2009. 12:05

El Maestro de Vida

"El Maestro Atenágoras"

Con el recuerdo de mis primeros años de estudios Bíblicos y Teológicos, esta semana orando, recordé a este personaje que en aquellos años me enamoró profundamente y que hoy quiero compartir con todos vosotros, pues si para mí el descubrimiento de este personaje fue una hermosa enseñanza, creo que también lo será para vosotros.

Atenágoras es el autor de una de las más bellas y antiguas apologías de la religión cristiana. Fue filósofo cristiano de Atenas, según el título de su “Apología”. De su vida tenemos pocos datos, dos ilustres personajes como son Eusebio de Cesarea y San Jerónimo no lo citan siquiera en sus reseñas sobre personajes ilustres.
Tan solo encontramos una sola mención  en la antigüedad cristiana citada por Metodio de Olimpo, en un fragmento atribuido a la historia perdida de Felipe de Side, en el año 430, aquí aparece Atenágoras, pero este parte del fragmento está lleno de errores. En él se afirma que Atenágoras había destinado su “Apología” a los emperadores Adriano y Antonino; añadiéndose que “su discípulo fue Clemente, autor de los Stromata, y Panteno, el discípulo de Clemente”.  Zahn lo hermana con el Atenágoras al que, según Focio, el alejandrino Boetos dedicó su obra “Sobre las expresiones difíciles de Platón”.

Todas estas afirmaciones podemos decir que no son nada seguras por tanto podemos concluir afirmando que nada seguras son estas reseñas encontradas sobre Atenágoras. Como en lo que respecta a saber cómo llegó a abrazar el cristianismo nada se tiene. De su estilo podemos deducir que pudo asistir a la escuela catequética de Alejandría, donde tiempo despues fueron maestros Panteno y Clemente de Alejandría. Desconocemos, asimismo, el lugar y la fecha de su muerte.

En los años 177-178  Atenágoras escribió  su obra a favor de los cristianos: “Súplica en favor de los cristianos”, escrito que fue enviado a los emperadores Marco Aurelio Antonino y su hijo Lucio Aurelio Cómodo, “arménicos, sarméticos y, lo que es máximo título, filósofos”. En dicha obra Atenágoras “Súplica” ampara a los cristianos de las tres principales imputaciones que contra ellos se arrojaban de parte de los paganos: ateísmo, barbarie e incesto. Ya desde las primeras palabras de su obra, la “Apología” se hace observar por la mesura y  la corrección de sus palabras. Indudable mente nos encontramos ante una obra maestra por su valioso desarrollo literario, y por la fidelidad de su síntesis y por la amplia erudición que en su obra nos revela Atenágoras.

La estructura es clara y ordenada, la verbosidad rotunda y muy rica en ideas, la reflexión firme y potente, el estilo sobrio, hasta parecernos en muchas de sus líneas una cierta  aridez, pero siempre se nos muestra muy preciso en el conjunto total de su trabajo. En el descubrimos a un autentico  filósofo. En ella, se nos revela que el autor maneja con habilidad la dialéctica, superiormente que la expresada por San Justino en sus escritos, a ello añadimos una manera más piadosa y comprensiva, con respecto a la filosofía, que la de Taciano, contemporáneo suyo.

Atenágoras la terminó de escribir en vísperas de los exterminios de Lyon, la “Apología” encierra disertaciones verdaderamente enternecedoras como ésta:
“¿Tal vez aquellos que toman como máxima de su vida el comamos y bebamos, que mañana moriremos,... deberán ser considerados como personas pías? ¿y a nosotros se nos mirará como gentes impías, nosotros que estamos convencidos de que la vida presente dura poco y tiene poco valor, nosotros que estamos animados por el solo deseo de conocer al Dios verdadero y a su Verbo, de saber cuál es la unión del Hijo con el Padre; qué es el Espíritu; cuál es la unión y la distinción de estos tres términos unidos entre sí: el Espíritu, el Hijo, el Padre; nosotros, que sabemos que la vida que esperamos será la más grande de cuantas puedan pensarse, con tal de que dejemos el mundo limpio de toda culpa y amemos a los hombres hasta tal punto de no amar solamente a los amigos? Todavía una vez más, nosotros que somos tales y que llevamos una vida digna para evitar el juicio ¿tendremos que pasar por ser tenidos como impíos?”

Limpiar al mundo de toda culpa, hermosa misión que hoy hemos de asumir los cristianos, como también la de amar a todos los hombres, no solo a los amigos sino también a nuestros enemigos.

Entendimiento es lo que demuestra Atenágoras, aunque siempre expresado de una manera sensata, su final:
“Todo el Imperio goza de una paz profunda; solamente los cristianos son perseguidos, ¿por qué? Si se nos puede convencer de crimen, aceptamos el castigo; pero si somos perseguidos sólo por el hecho de llevar un nombre, entonces apelamos a vuestra justicia”.

Nuestro mundo occidental en el que vivimos muchos de nosotros, aparentemente está en paz, porque es eso, una apariencia, ya que los cristianos del siglo XXI seguimos siendo perseguidos por manifestar públicamente nuestra fe.

Su otra obra que conservamos de Atenágoras es el tratado “Sobre la resurrección de los muertos”, que la anunciaba al final de su “Apología” (en los capítulos. 36 y 37). El principio en ella protegido era uno de los que los gentiles accedían con mayor dificultad, como ya ocurriera con el discurso de San Pablo en Atenas:
“Mientras Pablo les esperaba en Atenas, estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos. Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios; y diariamente en el ágora con los que por allí se encontraban. Trababan también conversación con él algunos filósofos epicúreos y estoicos. Unos decían: “¿Qué querrá decir este charlatán?” Y otros: “Parece ser un predicador de divinidades extranjeras.” Porque anunciaba a Jesús y la resurrección.

Le tomaron y le llevaron al Areópago; y le dijeron: “¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significa.” Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír las última novedad.


Pablo, de pie en medio del Areópago dijo:
“Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta  inscripción: “Al Dios desconocido.” Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar.

“El Dios, que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres; ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros.
Porque somos también de su linaje.

“Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano.

“Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.

Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “Sobre esto ya te oiremos otra vez.” Así salió Pablo de en medio de ellos. Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos.”
 
Hch 17,16-34, mientras que a los cristianos, consternados por el dolor y la persecución, resultaba uno de los más costosos.

Esta obra “La resurrección de los muertos”, es una disputa lúcida y sencilla, destinada a los filósofos, que se sustenta desde el principio hasta su final en los ámbitos de la más estricta oratoria.

Atenágoras con este escrito intenta, ante todo, demostrar  que Dios es uno e indivisible, frente al pluralismo politeísta de los paganos. Con este término se empeña en demostrar, por línea reflexiva, la unidad de Dios, testificada por los profetas. Los argumentos con los que trata de alcanzar con máxima precisión las técnicas de la filosofía  tal vez no lo alcance, pero indudablemente tiene una probada base de reflexión. En sus escritos se hallan ya algo definidas las elementales experiencias racionales de la existencia de Dios. En el capítulo 16 de su “Súplica” presenta sus puntos de vista sobre el orden cósmico, asignando la belleza del mundo al Creador al considerar la naturaleza corruptible de lo creado; argumento que refuerza en el capítulo 22 al rechazar las fábulas paganas y por la comparación que establece entre el mundo y un navío, que, por muy perfecto que sea, necesita de un piloto que lo conduzca. A partir de Atenágoras esta prueba de la existencia de Dios por la vía del orden y del fin, aparece reproducida en todos los apologistas cristianos, aunque con diversos matices.

Sobre la Trinidad Atenágoras escribe de una forma excelente como gran Teólogo que es. En sus escritos  encontramos también las primeras investigaciones  científica del la Trinidad, con mayor claridad que los demás apologistas del Siglo II, dogmatiza sobre la unidad y la igualdad de las tres divinas Personas. Esto lo afirma Atenágoras, mucho antes del Concilio de Nicea, diciendo: “Así. pues, suficientemente queda demostrado que no somos ateos, pues admitimos a un solo Dios... ¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el poder?” (Súplica, X).

También es muy importante la doctrina de Atenágoras sobre el matrimonio y sus fines. Para él la procreación es el primero y el último fin del matrimonio. “Al modo que el labrador echada la semilla en la tierra, espera a la siega y no sigue sembrando, así, para nosotros, la medida del deseo es la procreación de los hijos” (Súplica, XXXIII). En otros pasajes Atenágoras expone la lucha que los cristianos tuvieron que mantener para defender el derecho a la vida de las criaturas antes de nacer. Contra los gentiles, que acusaban a los cristianos de cometer crímenes en sus ministerios dentro del culto que celebraban, escribe: “Nosotros afirmamos que los que intentan el aborto cometen homicidio y tendrán que dar cuenta de él a Dios; entonces, ¿por qué razón habríamos de matar a nadie?... No, nosotros somos en todo y siempre iguales y acordes con nosotros mismos, pues servimos a la razón y no la violentamos» (Súplica, XXXV). Acérrimo defensor de la indisolubilidad del matrimonio, lleva su doctrina hasta el extremo de creer que ni siquiera la muerte puede disolver el vínculo matrimonial. En consecuencia, para él las segundas nupcias son «un adulterio decente”.

Posiblemente fue menos especial que San Justino y Taciano, pero hemos de resaltar por otra parte, que él señala indudablemente un momento importante en la historia de las relaciones entre el cristianismo y la filosofía.  De  mentalidad Platónica, Atenágoras hace resaltar las armonías que existen entre razón y fe. En sus disertaciones toma de la filosofía su método y sus formas, pero como buen filósofo cristiano procura mantener un sano equilibrio entre razón y fe. A pesar de su liberalismo filosófico y a pesar de la tentativa de una presentación racional de la fe, Atenágoras atribuye exclusivamente a la Revelación el conocimiento sólido y completo de la verdad: para llegar a Dios hay que “aprender de Dios a conocer a Dios” (Súplica, VII). Su teología resulta más clara y más lógica que la de otros apologistas de su época. Es indudable que con Atenágoras se dió un paso importante hacia la ciencia teológica, hacia las relaciones pacificas y fecundas entre el mundo de la fe y el de la razón.

Muchas son las enseñanzas que encontramos en personajes tan ilustres como Atenágoras, y que nos han de enriquecer para vivir la fe. Las iremos publicando, pues creo que hoy más que nunca el conocimiento nos es indispensable para nuestra vida. ¡Gloria al Señor!

Manuel Rico Jorge
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España

Este artículo no tiene comentarios.

Escribe un comentario







Código de Validación:

Introduzca el Código de Validación:



Buscador Interno

Estadisticas

  • Online: 11

Muy Interesante

Enlaces Recomendados


Zona de Videos
  ZONA DE VIDEOS



Articulos Mas Vistos

Recomienda el Portal a Un Amigo

Tu Nombre:

Correo de Amigo:

Código de Validación:

Introduzca el Código de Validación: