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Experiencia de Conversión

14.06.2009. 11:01

La Palabra de Vida

En los comienzos de la década de los años 30 en el siglo I, después de haber  perseguido a la iglesia durante un tiempo, se produjo el momento decisivo en la vida de San Pablo.

Cómo sería de extraordinario este acontecimiento que San Lucas lo  cuenta tres veces en  Los Hechos de los Apóstoles:
“Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Él respondió: “¿Quién eres Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes  hacer” Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco.” Hch 9,3-8

…“Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Yo respondí: ¿Quién eres Señor? Y él a mí: Yo soy Jesús Nazareo, a quien tú persigues. Los que estaban conmigo vieron la luz, pero o oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor?  El Señor me respondió: Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas.” Hch 22,6-10

…”En este empeño iba hacia Damasco con plenos poderes y comisión de los sumos sacerdotes; y al medio día, yendo de camino vi, oh rey, una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón. Yo respondí: ¿Quién eres Señor? Y me dijo el Señor: Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte en pie; pues m he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré.” Hch 26,12-16 y San Pablo mismo hace mención varias veces al mismo en sus Epístolas.

¿Qué había sucedido? Que Dios, por medio de Jesucristo había invadido de  una forma triunfal en la vida de Pablo, marchando éste hacia Damasco.
Y aquello cambió completamente su vida. La ley, el templo, los sacrificios, el ayuno, el sábado, en suma, todas las instituciones judías, que para Pablo habían sido importantísimas, desde este momento pierden relieve. Sólo Dios es Absoluto. Solo Dios Padre manifestado en Cristo Jesús es una realidad a adorar. Después de todo se había manifestado, a través  de  Cristo Jesús, para comunicarnos a los hombres que nos quería entrañablemente.

Tal vez nosotros sintamos la tentación de detenernos demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo ,la caída a tierra,la voz que llama,la nueva condición de ceguera,la curación por la caída de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al centro del acontecimiento:

Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma.
El esplendor del resucitado lo deja ciego, su ceguera respecto a la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su  “sí” definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.

En la iglesia de los primeros tiempos, al bautismo se le llamaba también “Iluminación”, porque este sacramento da luz, hace ver realmente.
En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior ve.
Entonces San Pablo no fue transformado por un pensamiento ni por un acontecimiento, sino  por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese hecho, de ese encuentro, fue muy fuerte, cambió por completo y de forma radical la vida de San Pablo.

En este sentido se puede hablar de una conversión.
A lo primero que el Señor llevó a Saulo fue a un desprendimiento radical de lo que antes valoraba como muy importante:
“Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios apoyada en la fe.”  Flp 3,7-8

Esto le condujo a una inteligencia nueva de las cosas y de la realidad, a una iluminación. Ya todo le parece distinto. Todo carece de significado cuando se ha encontrado la perla preciosa, el tesoro escondido.

La conversión de pablo se sitúa a un nivel interior muy profundo.

Pablo toma su fuente en el descubrimiento que hace del amor inaudito, gratuito y compasivo que Dios le da. Esta forma de conciencia va a aportar dos cambios radicales en él.

1º. Toda su seguridad y toda su confianza la pondrá en la fe del Hijo de Dios:
“Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” Ga 2,20

No contará ya con sus propias fuerzas, ni con sus obras. Solo se confiará a Jesús:             
“Todo lo puedo en Aquel que me conforta” Flp 4,13

Confiará completamente en su Señor para que le guíe y para que le de la fuerza que necesita:
 “Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” Rom 8,38-39
          

2º. Su motivación para actuar no será ya la misma. Lo que lo empujará en adelante no será ya la preocupación de una estricta observancia de la ley, ni el voluntarismo, ni el sentimiento del deber realizado, ni la ambición de conseguir vida , ni el perfeccionismo, ni el sentimiento de culpabilidad, ni nada de este tipo…
¡Será el amor de su Señor! ¡La necesidad de responder al amor de Dios por el amor!:
“Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara i cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha” 1ª Cor 13,3

San Pablo nos habla también de su conversión en algunas de sus Epístolas. Pablo nunca habló detalladamente de este acontecimiento en sus Cartas, porque supondría que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabía que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo.
Sin dar detalles en variadas ocasiones hace referencia a este hecho importantísimo.

¿A que hecho? Al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús y las apariciones a los demás testigos:
“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día; que se apareció a Cefas  es decir a Pedro y luego a los doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció a mí como a un abortivo.
Pues yo soy el último de los apóstoles; indigno del nombre de apóstol,  por haber perseguido a la iglesia de Dios. Más por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo sino la gracia de Dios que está conmigo.” 1ª Cor 15,3-10

En el versículo 8 del relato dice “Y en último término se me apareció a mí” 

Dándonos a entender que este es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida.

Existen otros textos  en los que expresa lo mismo:
“Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado” Rm 1,5 

Y también:
¿A caso no he visto yo a Jesús,  Señor nuestro?  1ª Cor 9,1b

Con estas palabras se refiere a algo que todos saben, Y, por último, el texto más amplio es el de la carta a los Gálatas: 
“Más cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mi a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén  donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco”  Ga 1,15-17

En ésta auto- apología afirma que tiene una misión recibida directamente del Resucitado y destaca que él es verdadero testigo  de Jesús resucitado.

Si os dais cuenta Los hechos de los Apóstoles y las Cartas de san Pablo tienen en común un punto fundamental: el Resucitado habló a San Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la resurrección, con un encargo bien específico el de anunciar el evangelio a los paganos. 

También San Pablo aprendió que a pesar de que su relación con Jesucristo, debía bautizarse para entrar en comunión con la iglesia y así vivir en sintonía con los demás Apóstoles.
Solo en esta comunión con todos podía ser verdadero apóstol, como escribe en la primera carta a los corintios: 

“Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído” 1ª Cor 15,11
                        

Solo existe un anuncio del Resucitado porque Cristo es uno solo.
 
No podemos imaginarnos la conversión de Pablo como un cambio moral, igual que aquellos hombres que dicen: "yo antes era alcohólico y mujeriego, pero encontré a Jesús, y ahora soy sobrio y no tengo ojos sino para mi esposa”. No fue así ni parecido en el caso de la conversión de la que estamos hablando. Pablo no se convirtió de sus vicios a una vida sana. El nos lo cuenta:
“Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy.” Hch 22,3  


No son las palabras de un vicioso, sino las de un hombre altamente piadoso que vivió con singular ardor su convicción religiosa.
Y no nos cabe duda de cuál era su convicción religiosa: “Yo soy judío” afirma.
Por convencimiento judío persiguió a los seguidores de Jesucristo. Pensaba él, en esa época, que los seguidores del “Camino”, pues aún no se les llamaba cristianos, quitaban valor a la ley,  y traicionaban a Dios. Estaba equivocado Pero, en medio de su ignorancia, obraba con plena convicción y con un deseo inaudito de coherencia.

Sobre esto nos dice él mismo en su primera carta a Timoteo:
“Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad.” 1ª Tim 1,12-13  

Se arrepiente de sus blasfemias, y de haber lastimado con odio el cuerpo de Cristo, pero reconoce con honestidad la causa de este comportamiento: “lo hice por ignorancia”.

Como vemos en estos pasajes  Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión.
¿Por qué? El motivo es muy claro. Esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración  o evolución intelectual y moral, sino que vino desde fuera; no fue fruto de su pensamiento,  sino del encuentro con Jesús.
En este sentido  no fue sólo una conversión, una maduración de su “yo”; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo Resucitado.

De perseguidor se convirtió en perseguido,  En efecto, comenta  Pablo en su carta a los Filipenses:
“Sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús” Flp 3,12 

Es posible que hubiera odio, soberbia o vanidad en la manera como Pablo perseguía a Jesús; de lo que si estamos seguros es de cuanto amor, cuanta paciencia y cuanta mansedumbre abundaron en el modo como Jesús persiguió y conquistó a Pablo.
 
Hermanos Jesús irrumpe con fuerza en nuestras vidas, pero nosotros como San Pablo estamos ciegos. ¿Cuáles son las escamas que tienen que caer de nuestros ojos para que como  Pablo podamos ver a Cristo? ¿Cuál es el caballo del que nos tiene que derribar para poder quedar ciegos  a nuestros egoísmos deseos y necesidades que hacen que Dios no sea Dios en nuestra vida?
 
Con respecto a nuestra propia conversión, en relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con san Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de las Sagradas Escrituras, en la oración, en la vida litúrgica de la iglesia. Podemos tocar el corazón de Jesús y sentir que el toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Él, sólo en este encuentro con el resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad.

Te pedimos Señor que nos ilumines, concedenos Señor en nuestro mundo el encuentro con tú presencia y para que así nos des una fe viva, un corazón abierto, una gran Amor capaz de renovar el mundo. ¡Amén!

Mónica Terrón

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Jorge Davila on 09.11.2010. 17:46

El motivo de la presente es para solicitarle poder utilizar la imagen que tienen del libro de la biblia para utilizarla en mi pagina de facebook(estudiosbiblicos.info), pido disculpas del caso pero me parece perfecta ya que la pagina de facebook es para toda persona que necesite palabra, conocimiento, estudio o encontrar una respuesta a aquellas personas que necesiten un alineto de esperanza. Agradesco su fina y amable atencion.

2

Emilio on 26.06.2009. 13:11

Amigos, va ya para cuatro años que el Señor me llamó, no como a Pablo, El vino a mi vida para rescatarme y liberarme dela terrible enfermedad de la droga. Hoy doy gracias a Dios junto con mi familia por aquel encuentro, por aquella llamada que cambió todo mi ser interior.
Esta tarde visitando este portal esta enseñanza me ha llegado al corazón y te doy las gracias amiga Mónica por ella.

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