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La Comunidad Cristiana

21.11.2011. 05:57

La Comunidad Cristiana 

 

Hablar o escribir sobre la comunidad cristiana y carismática es siempre un reto difícil. A este propósito, recuerdo lo estudiado en mis tiempos de teología sobre la estructura de la comunidad cristiana, tal como aparece reflejada en los primeros capítulos del libro de los Hechos. Ahí aparecen dibujados con nitidez meridiana los cuatro pilares que sostienen la construcción de la comunidad (Hch. 2, 42-47).

Pero además de esto dispongo de una riqueza añadida: la suerte de haber vivido desde mi conversión  en una comunidad.

Sirva esta introducción para clarificar que lo que hipotéticamente pueda aportar a mis hermanos nace más de la experiencia vivida, y menos de la reflexión teológica sobre los fundamentos de la comunidad. Cierto es que me preocuparía mucho que esta aportación no estuviera en consonancia con ella, pero aún así quiero dejar bien claro desde el principio que esta reflexión toma en consideración, sobre todo, la experiencia vivida en  grupos carismáticos de referencia, que es, Emaús de Gijón y Amor de Dios en Casar de Cáceres.

Primer factor determinante del crecimiento es, a mi parecer, la ESCUCHA de Dios. La comunidad cristiana carismática, como todo lo que nace del Espíritu, es una obra del Señor y, en ese sentido, no puede quedar reducida a ser un grupo de amigos (aunque sea el Señor quien los hizo tales) que se juntan por mutuas simpatías, por una religiosidad más o menos común y por un deseo de vivir juntos una liturgia de alabanza que les resulta agradable, y que pone una innegable nota de piedad bien entendida en sus vidas.

La comunidad ha de ser un pueblo convocado por el Señor y puesto en línea de salida para responder a la invitación de aquel que nos llama a salir de nuestra tierra, la tierra de nuestro individualismo, de nuestro “derecho” a ser los propios gestores de nuestro futuro y de nuestro caminar, de nuestras propias opciones personales, para compartir, en todo, el camino y el destino de ese grupo de hermanos y hermanas que Dios trajo junto a mí. Ya no soy yo. Ahora soy pueblo. En este pueblo vivo, con este pueblo camino y, por lo tanto, a este pueblo me someto. Además, en este sentido, la tipología de Abrahán o la del Éxodo nos ayudan a entender que la primera característica de este pueblo es estar en movimiento, caminar de un lugar a otro, pero siempre “al lugar que yo te indicaré” (Gen.12, 1).

Creo que podemos mirar en la dirección que señala la experiencia humana para comprobar que esto no resulta tan sencillo como parece. Nos cansamos de caminar; vivir a la intemperie nos agota; depender cada día de la indicación de otro pone a prueba nuestra fe y nuestra resistencia.

Por  eso, casi de un modo inconsciente, preferimos establecernos, construir altares y rendir culto a Dios. Por eso no es anormal ni inhabitual caer en la rutina del que cree haber llegado a su destino, y convertir la experiencia actual de la comunidad en punto de llegada, estación término, del peregrinaje cristiano. Vivir en comunidad, en el sentido de alabar a Dios en comunidad y no solos, compartir ciertas experiencias positivas que esto genera, puede darnos la sensación de haber puesto un enorme plus en nuestra vida cristiana.

Hay una gran diferencia entre vivir el cristianismo como una religión de culto, incluido el hermoso culto de la alabanza y acción de gracias, convirtiéndola en algo que gira cíclicamente en torno a sí mismo, y una vida cristiana proyectada hacia el futuro en la que, ciertamente, es importante el culto y la alabanza e inevitable el regreso cíclico de ciertas experiencias, pero siempre abiertas a una expresión de mayor profundidad y calado, como las ondas producidas por la caída de una piedra en el estanque. Crecer significa no repetir mecánicamente las cosas, no volver a pasar exactamente por el mismo lugar. De ahí que podamos afirmar que lo esencial de nuestra vida carismática no debiera ser el culto sino la experiencia del peregrinaje que lo provoca. Nuestra meta está en el corazón del Padre, hacia el que nos conduce Jesús por medio del Espíritu.

Nuestra meta no es, pues, una comunidad en la que se hace posible un culto hermoso, una religiosidad VIVA. Hablamos de meta, claro. Y mientras no lleguemos a ella hemos de estar en movimiento. No es que pensemos que esta experiencia esté fuera de tono. Porque, ciertamente, así es como tenemos que vivir, pero siempre como pueblo que se mueve, que camina, no como pueblo a modo errado que cree haber hecho ya todos los deberes, pueblo que no precisa de nuevas indicaciones para su camino, pues ha llegado a donde quería estar.

Si esta actitud de avanzar siempre es un componente esencial del crecimiento cristiano y carismático personal, mucho más lo es aún en la construcción de la comunidad, pueblo de Dios en marcha.

En relación con lo dicho sobre la escucha, la comunidad precisa con más urgencia que nunca el don de PROFECÍA, la presencia en sus entrañas de un PROFETA. El profeta, que vive en la comunidad, que forma parte de ella, es imprescindible para su crecimiento. Si bien es cierto que es a toda la comunidad a la que compete la actitud de escucha a la voz del Señor, no es menos cierto que alguien lo ha de hacer de un modo más carismático, más ungido.

Él o ella han de estar, porque así Dios lo ha querido, en permanente escucha, bien situados en la atalaya desde donde se contempla el horizonte de Dios. Y esto es un don del Señor. Pero si es verdad que la comunidad es el pueblo de Dios, hemos de tener la certeza de que siempre habrá un UNGIDO para este menester. Sin él o ella
Dios no podría conducirnos.

La experiencia nos habla a las claras de que otro factor determinante del crecimiento de la comunidad cristiana es la existencia de unos lideres. Tal vez la palabra líder no sea la adecuada, por las connotaciones humanas que tiene y porque en el momento histórico que vivimos la vemos demasiado vinculada a experiencias que han terminado siendo un gran fiasco. Pero sí lo es el concepto.

Sin alguien carismáticamente constituido por el Señor como guía, entiendo yo que será muy difícil caminar en la maduración y el crecimiento de la comunidad. En esta afirmación tal vez la palabra que hay que subrayar sea el adverbio “carismáticamente”.

Un líder en la comunidad cristiana es y sólo puede serlo un hombre o una mujer carismáticos, ungidos. Alguien que haya entregado al Señor su vida y su destino, alguien con fe y con coraje para haber respondido positivamente a la propuesta del Señor “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por mí?” (Is. 6, 8).

Y esto no es cuestión de buena voluntad. No es cuestión, como dice San Pablo, de “querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia” (Rm. 9, 16). Un hombre o mujer PROFETA y UNGIDO es un don necesario que hemos de pedir al Señor. Con insistencia, con la convicción de que en ello nos jugamos lo esencial. La verdad es que parcheamos demasiado nuestras realidades. Como la teoría o el simple sentido común dicen que hemos de tener o nombrar un guía, pues nombramos uno y ya está.

La experiencia es tozuda y nos demuestra lo contrario. Solo aquel o aquella persona constituida carismáticamente por el Señor puede hacer esta labor. Ellos concitarán la aceptación espontánea de la comunidad, porque esta reconocerá con naturalidad su carisma. “Mis ovejas escuchan mi voz” (Jn. 10, 3), dice Jesús. Las ovejas del Señor reconocen espontáneamente la voz del pastor, saben que pertenece a Jesús mismo, sean cuales fueren las apariencias que disfrazan al portavoz de la misma. Es un DON NECESARIO para la comunidad, tanto la entrega del elegido para el pastoreo como el reconocimiento explícito e implícito de su carisma por parte de los demás.

Acostumbrados al deslumbre mágico de todo lo democrático, también nosotros hemos querido una y otra vez construir la realidad de Dios adornándola con este “detalle”. No es que piense yo que debamos tener nada en contra de la democracia, claro está.

Pero la democracia vale para lo que vale. Y punto. En la obra del Señor hay UN pastor, que es JESÚS. El resto somos ovejas que no podemos ni debemos cuestionar un día sí y al otro también, y condicionar, por tanto, su pastoreo. A ninguno de nosotros se nos ocurriría seriamente enmendarle la plana a Jesús. No lo debemos hacer tampoco en este aspecto con aquel o aquellos que lo representan. Eso, claro está, si queremos crecer, si queremos seguir caminando, si queremos “más y más de Cristo, más de su poder, más de su presencia, más de Él”.

Hay también otro factor importante, de puro sentido común: todo lo que ayuda a construir humanamente un GRUPO compacto ha de ser bueno. “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Tes. 5, 21), dirá San Pablo. La base de la comunidad es un grupo humano. Y es por ello evidente que todo aquello que ayude a construir lazos humanos cordiales y estables será al mismo tiempo un elemento constructor del crecimiento de la comunidad. Y viceversa. Lo mismo podemos decir, por lo tanto, de lo que no ayuda, de lo que es obstáculo, en esta ocasión para evitarlo. Lo que quiero remarcar ahora es que no es bueno que caigamos en la tentación de ESPIRITUALIZAR excesivamente la obra de Dios. Creemos en un Dios encarnado, un Dios que asume nuestra realidad corporal para poderse comunicar con nosotros. Han pasado, afortunadamente, los tiempos en que lo humano conservaba un nítido tufillo poco menos que diabólico. Eran tiempos en que las realidades, cuanto más humanas, menos de Dios. El Espíritu de Jesús nos pone en este sentido en otra onda. No por ser “humano” deja de ser de Dios. Claro que nuestra comunidad carismática ha de superar lo meramente humano, pero superación no significa negación. Es más, la experiencia, gran maestra tanto en las cosas de los hombres como en las de Dios, nos asegura que la base de una buena comunidad cristiana carismática es una buena comunidad humana, una comunidad entretejida de relaciones interpersonales ricas y maduras.

Hablábamos más arriba del líder y del profeta. Tal vez en un sentido más práctico, la construcción y el crecimiento de la comunidad exigen también en este aspecto alguien que aglutine y que tenga “autoridad” suficiente para marcar el camino, en positivo, y para enderezar desviaciones, en negativo.

Es una tarea imprescindible. Y también muy difícil y delicada. No olvidemos que las comunidades las componemos personas humanas, llenas de debilidades y con una innegable experiencia de pecado en cada uno de nosotros. No basta confesar esto con la boca pequeña. No basta reconocerse pecador en abstracto. Eso no cambia nada. Es preciso poner sobre la mesa, cuando sea preciso, el pecado de la comunidad o de sus miembros, porque ese pecado es una rémora que amarra el corazón mismo del proyecto de Dios. Aquí es donde se nota de verdad el auténtico liderazgo en la comunidad. Claro que en este punto habría mucho que decir sobre los respetos humanos… sobre todo por parte de quien ha de asumir en el nombre del Señor ese papel. “¿Quién soy yo para corregir a mis hermanos? ¿Acaso no soy yo mismo pecador? ¿No coartaré la libertad de mis hermanos diciendo tales cosas?” Es un problema serio, ciertamente. Pero el respeto humano no puede convertirse en dejación ni mucho menos en miedo a sacar a la luz lo que no está bien. Y esto nos cuesta mucho. Es lo que menos nos gusta. Sin embargo, es IMPRESCINDIBLE.

A veces un falso sentido del pudor, un “respeto” excesivo a lo que no vemos bien en la marcha común, un pensar correctamente que hay que aceptar a cada cual como es, que hay que respetarlo con sus dones y sus defectos, etc. (cosas que, de paso, sabemos son bien correctas) nos pueden hacer perder el horizonte del plan del
Señor sobre la comunidad. Además, una cosa no tiene que ver con la otra.

Si el Señor pide algo a la comunidad la cuestión es que la comunidad lo dé, no que por respetar a cada uno como es, jamás nos cuestionemos si no estaremos acaso obstaculizando la obra del Señor. Está claro que esta labor no la puede hacer cualquiera, sino únicamente aquel que tiene en la comunidad esa “autoridad carismática”, don de Dios aceptado y don de Dios reconocido.

Con todo, el verdadero crecimiento de la comunidad se realiza en la entrega de los hermanos unos a otros, en la actitud de servicio. Darse a los demás, vivir no solo con ellos, sino también para ellos. Ponerlos en primer plano, haciendo descender el protagonismo del yo personal. Así, al disminuir uno mismo por la entrega amorosa se engrandece a la comunidad. Servir es, además, el modo natural de hacer funcionar a la comunidad como un cuerpo armónico, en el que cada uno ocupa el lugar adecuado para el correcto funcionamiento de la totalidad. La actitud de servicio para lo que se precise y cada vez que se precise es, por otra parte, la que hace descubrir a cada cual el puesto que le es asignado por el Señor. De este modo, y de una manera natural, la comunidad va viendo cubiertas sus necesidades.

Y hay que remarcar, claro está, que el servicio y la entrega de la que hablamos, para que sirvan para el crecimiento de la comunidad, se han de realizar en la dirección de lo que esta necesita, no en la búsqueda del propio lucimiento. Hay labores aparentemente sin brillo, a las que casi nadie se apunta, pero que son las que sostienen el edificio de la comunidad. Realizar cualquier tarea, la que sea, pero hacerlo con entrega, con amor, nos vuelve auténticos expertos en lo que hacemos. De esa manera el grupo se enriquece visiblemente.

Un último punto sobre el que solo queda espacio para algo más que la pura mención.

Echando la vista atrás y viendo el camino recorrido desde el año 1975 hasta hoy final del 2011, se me antoja uno de los fundamentales, si no el principal en el crecimiento de la comunidad: se trata de la MISIÓN.

Somos convocados por el Señor para ser enviados en su nombre. En la voluntad del Señor no hay solo un “qué”, sino también un “para qué”.

Cada comunidad, si quiere ser ella misma, ha de descubrir el suyo en constante escucha del Señor. Común denominador de toda misión es la labor de evangelización.

Anunciar al Señor, testimoniar su presencia viva y la gratuidad de su amor, sirven, claro está, al reino de Dios, pero son sin duda la mejor oportunidad para que crezca la propia fe y la fe de la comunidad.

Anuncio del Señor usando los carismas que él reparte a cada uno y que son descubiertos en la medida de la entrega de lo que cada uno es al servicio del reino de Dios. Cualidades personales que, puestas al servicio del Señor, quedan misteriosamente enriquecidas y elevadas al rango de don y de carisma. A mayor labor de evangelización, mayor aparición de carismas personales en la comunidad.

Y así, mayor crecimiento de la comunidad misma.

Todo esto quedarían en meras palabras, escritas o pronunciadas, si no estuvieran todas ellas fundamentadas en una experiencia vivida, como os decía  al comienzo.

Vivir la misión en Santa Laureana nos llevó al desprendimiento de nosotros mismos para vivir pendientes de las necesidades de los demás. Vivir la misión en la Mosquitera y San Roque, nos condujo al crecimiento de las relaciones interpersonales no tan sólo con nosotros sino con los demás. ¡Gloria al Señor!

Manuel Rico Jorge
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España

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