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LA FE EN JESUCRISTO

14.09.2011. 05:00

Jesús el Señor


Hebreos Capitulo .11:1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
11:2 Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos.
11:3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.
11:4 Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella.
La fe es un acto sobrenatural realizado por gracia divina. Es el “acto del asentimiento intelectual a una verdad divina debido al ejercicio de la voluntad, el cual es motivado por la gracia de Dios”
. Y así como la luz de la fe es un regalo concedido sobrenaturalmente sobre el entendimiento, así también esta gracia divina moviendo la voluntad es, como su nombre lo implica, un regalo igualmente sobrenatural y absolutamente gratuito. El regalo no se debe a estudio previo ni puede adquirirse por esfuerzos humanos, pero “pidan y recibirán”.

Porque la virtud es “infundida” y no alcanzable por esfuerzos humanos, Efesios 4.2:4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 2:5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 2:6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 2:7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
2:8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 2:9 no por obras, para que nadie se gloríe.

Nuestra situación: Lo primero que necesitamos comprender es que estamos separados de Dios. El abismo que nos separa de Él es ancho y profundo. Heredamos por nacimiento un defecto fatal. Como consecuencia, hemos vivido independientes de Él. La Biblia destaca esta realidad tan desoladora: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”. Si no podemos aceptar el hecho de que el pecado nos separa de Dios, nunca llegaremos espiritualmente al hogar, porque no sentiremos la necesidad de un Salvador.

El remedio de Dios: En segundo lugar, necesitamos tener una comprensión muy clara de quién es Jesús, y qué ha hecho Él por nosotros, para poder poner en Él nuestra fe con toda confianza. Jesús fue quien nos hizo de puente sobre el abismo que nos separaba de Dios. En palabras del apóstol Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

La fe es el lazo que nos une a Cristo. El punto de unión con él. Nuestra adhesión voluntaria a su persona y a su misión histórica libe­radora. Es comprometernos con Cristo y con su causa. Creer en Cristo es esforzarse en seguir sus pisadas. Es fiarse de él; estar seguros de que nunca nos fallará. Creer es esperarlo todo de él. Es no sentir miedo ante el futuro y la muerte, porque sabemos que él siempre estará con nosotros. Creer es sentirse pequeño, pero fuerte en Cristo. Creer es verle hoy presente en todos los hombres, especialmente en los más ne­cesitados y en los más comprometidos. Creer es vivir la hermandad que nos ganó Cristo y luchar para que cada vez seamos más auténtica­mente hermanos. Creer en Jesucristo es amarle en el prójimo, de obras y de verdad.

Es comprometerse como él en la liberación de los oprimi­dos.

Jesús no sólo era un buen hombre, un gran maestro o un inspirado profeta. Él vino a la tierra como el Cristo y el Hijo de Dios. Nació de una mujer virgen. Llevó una vida sin pecado. Murió. Fue sepultado. Resucitó al tercer día. Ascendió a los cielos, y allí se convirtió en Señor nuestro.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Romanos 5:1-5
La muerte y resurrección de Jesús a favor nuestro satisfizo las exigencias de Dios: una provisión completa para eliminar nuestro pecado. Este Jesús, y sólo Él, reúne las cualidades para ser el remedio de mi pecado y el suyo.
San Pablo nos recuerda siempre estas palabras en su Carta I de Corintios 1: 12
“Quiero decir, que cada uno de vosotros dice, yo soy de Pablo, yo soy de Apolos, yo soy de Cefas, o yo de Cristo. Acaso esta dividido Cristo? Fue crucificado Pablo por vosotros? O fuisteis Bautizados en el nombre de Pablo?”
I Timoteo 2: 5 “Pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre”.
Llegamos a una relación personal con el Señor cuando tomamos la mayor decisión de la vida: el punto crítico del que hablamos antes. Esa decisión consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios, el que murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó de entre los muertos, y como consecuencia, recibirlo por Salvador y Señor. Cuando creemos de esta forma, nos convertimos en hijos de Dios. Está prometido expresamente en el evangelio de Juan: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra,y cree al que me envió, tiene vida eterna;y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. Juan 5:24

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida;el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. Juan 11:25-26
Yo, la luz, he venido al mundo,para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.
Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo;porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.

Hay muchos que dicen que su doctrina es Cristo céntrica, entonces deben hacer lo que el Señor Jesucristo realizó, sanar a los enfermos de la Iglesia y comunidad. Esta doctrina es bíblica, tenemos que orar a Dios con fe para que sane nuestras enfermedades.

A continuación analicemos seis aspectos claves de la sanidad divino-humano, ¿Cuáles son estos aspectos? ¿Sana Dios actualmente?

“Tan pronto como salieron de la sinagoga, Jesús fue con Jacobo y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y en seguida se lo dijeron a Jesús. Él se le acercó, la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Entonces se le quitó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando ya se ponía el sol, la gente le llevó a Jesús todos los enfermos y endemoniados, de manera que la población entera se estaba congregando a la puerta. Jesús sanó a muchos que padecían de diversas enfermedades. También expulsó a muchos demonios, pero no los dejaba hablar porque sabían quién era él”.

Notemos que el Señor Jesucristo, sanó a la suegra de Pedro, algunos creen para que les cocine, en realidad lo hizo por amor y por voluntad, lo mismo hizo al sanar a todos los enfermos; a los endemoniados les expulsó los demonios.

El Señor sanó sin exhibirse, buscó la Gloria de Dios y servir al prójimo.

Primero, al orar con fe, Dios puede sanar cualquier enfermedad. Lo hizo con la fe de ellos y no necesariamente del enfermo, pruebas, evidencias, por supuesto, las hay en Marcos 2:1-12

Segundo, el Señor sana sin fe. Caso de Malco, cuando Pedro le cortó la oreja el Señor Jesucristo lo sanó inmediatamente, sin fe. Lucas 22:51

Tercero, Dios puede no sanar la enfermedad como pasó con el Apóstol Pablo, oró tres veces y con fe, y el Señor no lo sanó, según 2 Corintios 12:8-9 Para que se manifieste la gracia de Dios.
Cuarto, Dios sana de acuerdo a su voluntad. Tenemos el caso del Rey Exequias, cuando el profeta Isaías le dio la noticia que iba a morir, este Rey clamó enseguida a Dios, le rogó, le lloró, y el Señor le prolongó por su soberana voluntad 15 años más de vida. Lea 2 Reyes 20:1-11 notamos que el profeta Isaías sana al Rey Ezequías, por la voluntad soberana de Dios y por medio de la medicina, en este caso, lo sanó con una masa de higos: “Entonces Isaías dijo: “Preparen una pasta de higos.” Así lo hicieron; luego se la aplicaron al rey en la llaga, y se recuperó”. 2 Reyes 20:7

Leemos en Santiago 4:16 “Llame a los Ancianos de la Iglesia…” Este texto es para un gran sermón, y por el espacio corto, lo resumo, así. Primero, aquí el enfermo es quien invita, llama a los Ancianos, Pastores o la persona madura en la fe, que lidera. Siempre es clave que oren los hermanos consagrados, en buena relación con Dios.

Segundo, “oren por él, ungiéndole con aceite”. Note oren por él, o ella, y con aceite, pero no es el aceite el que sana, sino el Señor, el aceite es un símbolo, y no debemos andar ungiendo a la gente que viene al frente al altar, o en la casa, o peor ungir las cosas. No es bíblico.

Tercero, “la oración de fe salvará al enfermo”. La oración de los que oran, y no del enfermo.
El don de sanidad esta sujeto a la voluntad de Dios, puede ser usado si acredita el caso. Debido a las posturas “evangélicas”, esta sujeto el uso del don de sanidad, que es un medio para que edifique la Iglesia y glorifique el Señor de la Iglesia.

• Practique en la Iglesia el orar por los enfermos y enseñe que Dios obra para bien nuestro sea o no sanada la persona y que no debemos descuidar nuestro cuerpo, que es “templo del Espíritu”, según 1 Corintios 6:19
Creemos en la sanidad, sobre toda integral en cuerpo, alma y espíritu; por consiguiente cualquiera que sea nuestro estado de salud, debemos tener una actitud humilde y de agradecimiento al Señor por darnos la salud apropiada.<Jesús, con su natural inclinación por hacer el bien, El que es todo compasión y bondad, lleno de amor por los hombres empezó a recorrer toda la Galilea; enseñaba en las sinagogas de los judíos, proclamaba la Buena Nueva del Reino y curaba en el pueblo todas las dolencias y enfermedades. Su fama se extendió por toda Siria. La gente le traía todos sus enfermos y cuantos estaban aquejados por algún mal: endemoniados, lunáticos y paralíticos, y El los sanaba a todos. (Mt 4:23-24)

Del mismo modo en otra ocasión se le acercó un hombre enfermo de lepra, se arrodilló delante de El y le dijo: «Señor, si tú quieres, puedes limpiarme». Jesús extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Al momento quedó limpio de la lepra. (Mt 8:2-3)

Así también en otra oportunidad al entrar Jesús en Cafarnaún, se le acercó un capitán de la guardia, suplicándole: «Señor, mi muchacho está en cama, totalmente paralizado, y sufre terriblemente». Jesús le dijo: «Yo iré a sanarlo». Luego Jesús dijo al capitán: «Vete a casa, hágase todo como has creído». Y en ese mismo momento el muchacho quedó sanó.

De cualquier modo los enfermos buscaban acercarse a Jesus, le llevaron a un paralítico, tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de esos hombres, dijo al paralítico: « ¡Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados!» Jesús en esa ocasión dijo: ¿Qué es más fácil decir: “Quedan perdonados tus pecados”, o “Levántate y anda”? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados». Entonces dijo al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a casa». Y el paralítico se levantó y se fue a su casa. La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres. (Mt 9:2, 5-8)

Mientras Jesús hablaba, llegó un jefe de los judíos, se postró delante de él y le dijo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió junto con sus discípulos. Mientras iba de camino, una mujer que desde hacía doce años padecía hemorragias, se acercó por detrás y tocó el fleco de su manto. Pues ella pensaba: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se dio vuelta y, al verla, le dijo: «Animo, hija; tu fe te ha salvado». Y desde aquel momento, la mujer quedó sana. Al llegar Jesús a la casa del jefe, vio a los flautistas y el alboroto de la gente. Entonces les dijo:
«Váyanse, la niña no ha muerto sino que está dormida». Ellos se burlaban de él. Después que echaron a toda la gente, Jesús entró, tomó a la niña por la mano, y la niña se levantó y quedo sana (M 9: 18-25)

Era tan impresionante la presencia del Señor, que en una oportunidad al retirarse Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos que gritaban: « ¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!» Cuando Jesús estuvo en casa, los ciegos se le acercaron, y Jesús les preguntó: « ¿Creen que puedo hacer esto?» Contestaron: «Sí, Señor». Entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Hágase así, tal como han creído». Y sus ojos vieron. (Mt 9:27 30)

Apenas se fueron los ciegos, le trajeron a uno que tenía un demonio y no podía hablar. Jesús echó al demonio, y el mudo empezó a hablar. La gente quedó maravillada y todos decían: «Jamás se ha visto cosa igual en Israel». Jesús recorría todas las ciudades y pueblos; enseñaba en sus sinagogas, proclamaba la Buena Nueva del Reino y curaba todas las dolencias y enfermedades. (Mt 9:32-35)

Las gentes ansiaban estar con Jesús, buscaban su ayuda, y una gran multitud se le acercó. Llevaban cojos, ciegos, mancos, mudos, y otros muchos enfermos, que pusieron a los pies de Jesús y El los sanó y curó. De modo que la gente estaba asombrada viendo a los mudos hablar, a los mancos hechos completos, los cojos andar, y a los ciegos ver. Y reconocieron y adoraban y glorificaban y dieron gracias al Dios de Israel. Mt 15:30-31

Cuando llegaron al gentío, vino a El un hombre que se arrodilló delante de El diciendo: “Señor, ten misericordia de mi hijo, que le dan ataques, pues era epiléptico y el sufre terriblemente; muchas veces cae en el fuego o en el agua”… Y entonces Jesús reprendió al demonio y lo hizo salir del muchacho. Y el muchacho quedó curado y sanado al instante. Mt 17:14, 15,18

En otra ocasión, Jesús entró en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano atrofiada, o sea, seca. Seguramente por el resultado de un accidente o enfermedad y los fariseos espiaban a Jesús para ver si le curaría en el día de sábado. Ellos estaban buscando un pretexto para acusar a Jesús. Y Jesús le dijo al hombre de la mano tullida:”Levántate y ponte enfrente de todos.” Entonces Jesús les preguntó: “,Que es lo que está permitido en día de sábado, hacer el bien o hacer el mal; salvar una vida o quitarla?” Pero ellos permanecían callados. Y El, pasando su mirada con enojo sobre ellos, profundamente apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre:”Estira la mano”; él la estiró y la mano le quedó completamente restaurada. (Mc 3:1-5)

Cierto día, ya por la tarde, al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversos males se los llevaban a Jesús y él los sanaba imponiéndoles las manos a cada uno. También salieron demonios de varias personas; ellos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios», pero él no les permitía decir que él era el Mesías, porque lo sabían. (Lc 4:40-41) Jesús bajó con ellos y se detuvo en un lugar llano. Había allí un grupo impresionante de discípulos suyos y una cantidad de gente procedente de toda Judea y de Jerusalén, y también de la costa de Tiro y de Sidón.

Habían venido para oírlo y para que los sanara de sus enfermedades; también los atormentados por espíritus malos recibían curación. Por eso cada cual trataba de tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos. (Lc 6:17-19) Jesús se dirigió poco después a un pueblo llamado Naím, y con él iban sus discípulos y un buen número de personas. Cuando llegó a la puerta del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto: era el hijo único de su madre, que era viuda, y mucha gente del pueblo la acompañaba. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: «Joven, yo te lo mando, levántate». Se incorporó el muerto inmediatamente y se puso a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. (Lc 7:11-15)

Queridos amigos y hermanos, es innegable, Dios tiene el poder de curar a los enfermos y lo puede hacer a través de sus hijos, nosotros mismos, con nuestra oración. Cuando un amigo nuestro, un familiar este enfermo, oremos por él y con él. Los milagros del Señor son sorprendentes, solo se necesita amor y fe. En efecto, por amor a nuestros hermanos y al Señor, con mucha esperanza y confianza dirijamos nuestras plegarias por aquellos que necesitan curarse de algún mal, y si nos flaquean las fuerzas por que dudamos, pidamos al Señor, que nos de más fe y que nos conceda un espíritu de confianza.

Los apóstoles de Cristo sanaban con una palabra o un toque sin teatralización ni ambiente especial (Mateo 8:6-8,13; Marcos 5:25-34; Hechos 9:32-35, 28:8).

El capítulo 3 de Hechos ilustra claramente cómo el don de sanidad ayudó a los apóstoles a proclamar su mensaje. Dice la Escritura que “Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hch. 3:1-6).

La noticia se propagó de inmediato y pronto se congregó una multitud. Todos conocían al hombre cojo que había pedido limosnas en la puerta del templo por años. Pedro aprovechó la oportunidad y se dirigió a la multitud, diciéndoles: “Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad… Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros” (Hch. 3:12, 13, 16).

Los apóstoles hicieron muchas señales y prodigios y eran tenidos en alta estima: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente. Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados” (Hch. 5:12-16).

Dice el registro sagrado que luego que Pablo sanó al padre de Publio, “Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados” (Hch. 28:9).

El don de sanidad fue una de las señales milagrosas otorgadas por Dios para ayudar a los apóstoles a confirmar la autoridad del mensaje del evangelio en los primeros años de la Iglesia. Una vez se completó la Palabra de Dios, las señales cesaron. Ya no eran necesarios los milagros. Los apóstoles los usaron como una señal poderosa para convencer a las personas de la validez del mensaje del evangelio.

Los apóstoles y otros discípulos de Cristo en el primer siglo del cristianismo hicieron sus milagros para probar su inspiración y para confirmar el mensaje que predicaban. “Y ellos (los apóstoles), saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Marcos 16:20). “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (Hebreos 2:3-4).

ABEL REYES TELLEZ

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