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¿Yahveh es un Dios perverso?

21.10.2010. 21:17

Dios acoge al pecador

El motivo de esta enseñanza es debido a ciertas tradiciones o creencias populares las cuales están  arraigadas en el pensamiento de muchos cristianos, cuando menos en el ambiente en el que me muevo y en el pueblo donde vivo. Que Dios nuestro Señor ilumine con su palabra esta sencilla reflexión.

Si escudriñamos lo qué dice el Antiguo Testamento sobre el origen del mal, haremos un descubrimiento sorprendente e incluso espeluznante, Dios mismo es el que ocasiona los males que hay en el mundo.

Efectivamente, son muchísimos los hechos en los que aparece Dios castigando a los hombres, sobrecogiéndolos, mandándoles catástrofes, pestes y toda clase de plagas, y hasta provocando la guerra entre ellos.

Veamos, algunos ejemplos: Dios mandó el diluvio universal que aniquiló a casi toda la humanidad: “Y dijo Yahveh: <<Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado,-desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo- porque me pesa haberlos hecho>>” Génesis 6,7.  Asoló las ciudades de Sodoma y Gomorra, mandando fuego y azufre del cielo: “Entonces Yahveh hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahveh. Y arrasó aquellas ciudades, y toda la redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo.” Génesis 19, 24-25. Dios volvió estéril a Raquel, la segunda mujer de Jacob: “Vio Raquel que no daba hijos a Jacob, y celosa de su hermana dijo a Jacob: <<Dame hijos, o si no me muero>>. Jacob se enfadó con Raquel y dijo: <<¿Estoy yo acaso en el lugar de Dios, que te  ha negado el fruto del vientre?>>” Génesis 30, 1-2. Dios mató a los niños egipcios: “Yo pasarte esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, Yahveh”. Éxodo 12, 12. Él produjo las derrotas militares de los israelitas: “Entonces se encendió la ira de Yahveh contra Israel. Los puso en manos de salteadores que los despojaron, los dejó vendidos en mano de los enemigos e alrededor y no pudieron ya sostenerse ante sus enemigos. En todas sus campañas la mano de Yahveh intervenía contra ellos para hacerles daño, como Yahveh se lo tenía dicho y jurado. Los puso así en gran aprieto.” Jueces 2, 14-15. Yahveh hizo morir al hijo del rey David, porque su padre había pecado: “David dijo a Natán: <<He pecado contra Yahveh>>. Respondió Natán a David: También Yahveh perdona tu pecado; no morirás. Pero por haber ultrajado a Yahveh con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio>>.” Libro segundo de Sam 12, 13-14

Dios aparece en la Biblia no sólo como responsable de las enfermedades, las muertes y los males sociales, sino incluso de las catástrofes de la naturaleza, que aparecen directamente provocados por su omnipotente poder.

Yahvé produjo un terremoto para que murieran todos los que se habían sublevado contra Moisés: “Y sucedió que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos; la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a todos los hombres de Coré, con todos sus bienes.” Números 16, 31-32. Yahveh fue el que mandó la peste a Israel, en la que murieron 70 mil hombres: “Eran los días de la recolección del trigo. Yahveh envió la peste a Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba.” Libro segundo de Samuel 24,15 Él fue quien provocó una sequía de tres años en todo el país: “Elías era un hombre de igual condición que nosotros; oró insistentemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses.” Epístola de Santiago 5,17, y Libro primero de los Reyes 17, l.

Como decíamos al comienzo en el Antiguo Testamento, las desgracias, los dolores, las enfermedades y hasta la misma muerte aparecen vinculadas a la mano de Dios que castiga al hombre y a la mujer que Él ha creado.

Tal evidencia se halla claramente expuesta en el libro de Isaías, donde el mismo Yahveh es quien nos dice: “Yo soy Yahveh, no hay ningún otro; yo modelo la luz y creo la tiniebla, yo hago la dicha y creo la desgracia, yo soy Yahveh, el que hago todo esto."  Isaías 45,6b-7. Israel está plenamente convencido que todo cuanto acontece en su vida procede de Dios, así en el libro del profeta Oseas encontramos estas palabras que nos confirman tal evidencia: “Venid, volvamos a Yahveh, pues él nos ha desgarrado y él nos curará, él ha herido y él nos vendará.” Oseas 6,l. El salmista en una oración angustiosa recrimina a Yahveh: “¿Por qué, Yahveh, mi alma rechazas, lejos de mí tu rostro ocultas? Desdichado y agónico estoy desde mi infancia, he soportado tus terrores, y ya no puedo más; han pasado tus iras sobre mí, tus espantos me han aniquilado” Salmo 88,15-17.

El último versículo está retocado con la intención de suavizar este texto tan tremendo, pero de esta manera, en casi todas las páginas del Antiguo Testamento oímos hablar de la ira de Dios, que como una plaga se extiende contra su pueblo.

Muchos, leyendo el Antiguo Testamento se preguntan ¿Cómo Israel pudo concebir una imagen tan espantosa de su Dios? Trataremos de dar respuesta a esta y a otras preguntas que vayan surgiendo. 

Durante siglos, el entorno cultural del pueblo de Israel había sido desarrollado dentro de una estructura tribal, es desde esta concepción como podemos ir comprendiendo su mentalidad, pues todo cuanto poseían era de todos, cada persona participaba del destino de los demás, donde todos eran pobres o ricos, no existían diferencias como las que padecemos nosotros, y sobre todo había un gran sentido de solidaridad tanto para el bien como para el mal. Dentro de este nivel cultural Israel creía que era un hecho natural que unos sufrieran por el mal de otros: “Pero los israelitas cometieron un delito en lo de anatema. Akán, hijo de Karmí, hijo de Zabdí, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá, se quedó con algo del anatema, y la ira de Yahveh se encendió contra los israelitas”  Josué 7,1. Es Akán quien comete el pecado, más es Israel quien lo paga. Hay un proverbio en el libro del profeta Ezequiel que nos revela esta forma de pensar del pueblo escogido por Dios: “Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos sufren la dentera” Ezequiel 18,2. Este pueblo era aún ignorante de cuanto el futuro le deparaba. Estaban convencidos que, una vez muertos el destino era igual para todos, para los buenos como para los malos.

Coexistiendo dentro de esta cultura, Israel intentó dar una imagen de su fe, en un Dios personal y justo, que castiga a los malos y recompensa a los buenos: todas las desgracias, las catástrofes y males que ocurren tienen que considerarse como un castigo infringido por Dios. Si uno padece, aunque sea justo y bueno, su sufrimiento es un castigo por los pecados y transgresiones que otros han cometido. Si uno es feliz, su dicha es una recompensa de Dios por su justicia o la de los demás. No se les pasaba por la cabeza pensar en una recompensa o castigo después de la muerte. Sin embargo la  explicación que ellos daban satisfacía al pueblo, y por otra parte les resolvía el problema del sufrimiento del justo. Era una explicación natural, de acuerdo con la cultura, la única que les podía dar de lo que podría ser la justicia de Dios.

Cuando se escribe el Antiguo Testamento las ciencias aún no se habían desarrollado. El desconocimiento les hacía dar respuestas desde su mentalidad y razonamiento, pero exentas de todo estudio científico.  No eran conocedores de las leyes de la naturaleza, ni conocían las causas de las enfermedades, ni por qué sucedían los fenómenos ambientales. La misma psicología era bastante básica, y los conceptos de libertad y responsabilidad humanas estaban muy poco desarrollados.

Este fue el motivo por el que muchos de los fenómenos que hoy llamamos naturales, en aquella época se consideraran sobrenaturales, y por lo tanto, eran causados directamente por Dios.

De modo que cualquier cosa que ocurría, buena o mala, bonita o fea, todo, era obra de Dios. El pueblo de Israel no podía jamás imaginar que sucediera algo en este mundo sin que Dios lo quisiera o lo provocara. Yahveh era el dueño absoluto de todo y, por lo tanto, el creador de todo.

El lío de algunos nace del hecho de que Dios mismo aparece frecuentemente como el General del ejército hebreo que incita al exterminio, mientras los soldados de Israel se vuelven casi sacerdotes de un ritual sangriento que se celebra en las "guerras del Señor", como se llama a las batallas de aquellas conquistas.

Es verdad que, frente a estas y otras páginas difíciles de comprender y "escandalosas" de la Biblia, hemos intentado frecuentemente ofrecer una explicación, sea en el comentario que acompaña al texto bíblico en las notas de las Biblias, según la edición, sea en  enseñanzas u homilías, sin llegar al final aclarar nada. Si queremos comprender el sentido de las Escrituras, hay que leer y penetrar con paciencia aquellas páginas; de lo contrario, corremos el riesgo de continuar con la errónea lectura "literalista" o "fundamentalista" que tienen tantos hermanos nuestros en sus distintas confesiones. Ya Pablo nos lo dice “El cual nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata más el Espíritu da vida” 2ª Corintios 3,6.

Os invito queridos, a percibir en cada capítulo Bíblico el mensaje profundo que Dios nuestro Padre nos quiere dar a conocer, me gustaría decir de todos modos algo a nivel general para responder a la pregunta que está en la base de todos los interrogantes específicos sobre las dificultades del entendimiento en el Antiguo Testamento. La pregunta se podría formular así: ¿qué mensaje puede sacar el creyente que considera a la Escritura lámpara para sus pasos?

El camino principal para interpretar correctamente estas páginas es la afirmación de un dato esencial de la religión bíblica: la revelación divina según la Biblia es histórica, es decir, se manifiesta encarnándose en la trama lenta y fatigosa de las vicisitudes de los hombres. No se trata de una palabra suspendida en los cielos y comunicada a través de un éxtasis (alguna vez puede darse de ese modo, pero raramente): se trata, en cambio, de una semilla que se abre camino bajo el terreno silencioso y opaco de la vida humana y de sus vicisitudes.

Es por esto que la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, no es un catecismo hecho de tesis teológicas precisas, expresadas en un lenguaje formal indiscutible, sino que es la historia progresiva de una revelación de Dios y la revelación progresiva del sentido de nuestra historia, a primera vista tan disparatada y escandalosa.

Si leemos correctamente la Biblia, descubriremos el obrar de un Dios paciente que, adaptándose a la lentitud, a los límites y al pecado del hombre, busca llevarlo hacia nuevos horizontes y hacia la salvación.  Por ello, se suele decir que la Biblia es la "historia de la salvación", que tiene ya etapas de realización en el Antiguo Testamento y la plenitud en Jesucristo.  El conjunto de esta historia y de su significado profundo es la revelación, es la salvación a la cual estamos llamados a unirnos y a participar.

Precisamente porque las páginas violentas de la Biblia están ligadas a la historia humana, no deben ser asumidas de un modo simplista y superficial sino que deben ser consideradas en su meta auténtica a la cual Dios, “paciente pedagogo de su pueblo” como dice San Agustín, quiere conducirnos.

En otras palabras, la Biblia es el relato de  la entrada de Dios en nuestro mundo herido por el pecado.  Dios no entra para juzgar, sino para salvar.  Si a veces muestra su justicia severa y su voluntad, la mayoría de las veces parece casi “adaptarse” a nuestro primitivismo, a nuestra incomprensión y a nuestra miseria, buscando pacientemente llevarnos más allá, corregirnos, educarnos, y sobre todo, hacernos entrever otra vida, otro horizonte, otro proyecto, el suyo.

La Biblia es, pues, el relato de la historia vivida de modo ejemplar por Israel y que se repite también para nosotros.  Dentro de las páginas  “escabrosas” de la Escritura se encuentra la actitud de un pueblo que es, de alguna manera, la parábola de la historia de todos los pueblos. Pero está también la etapa final inaugurada por Cristo, revelación última y perfecta de Dios, que obra progresiva y lentamente dentro de la actuación y de los tiempos de la humanidad. La Biblia es el diseño tanto del fatigoso viaje como de la meta posible y ofrecida por Dios a la historia del hombre.

Llegado el momento en el que Jesús comenzó a predicar la situación cultural y científica no había cambiado mucho.  Las ciencias continuaban en su etapa primitiva, y seguían ignorándose las causas naturales de los fenómenos que sucedían.  Es entonces cuando Jesús aportó una idea nunca oída hasta el momento: enseñó que Dios no manda males a nadie; ni a los justos ni a los pecadores. Él sólo manda el bien.

Para demostrarlo, adoptó una metodología sumamente eficaz.  Comenzó a curar a todos los enfermos que le traían.  Y les explicaba que lo hacía en nombre de Dios.  De este modo anunció la buena noticia de que Dios no quiere la enfermedad de nadie, y que si alguien se enfermaba, no era porque él lo hubiera querido.
 
Igual actitud asumió frente a la muerte.  Cuando le venían a pedir por alguien que había fallecido, jamás decía: “No, dejadlo muerto, porque esa es la voluntad de Dios”.  Al contrario, lo resucitaba inmediatamente para enseñar que Dios no mandaba la muerte, ni la quería.

En sus enseñanzas exponía este mismo mensaje a sus oyentes.  Un día sus discípulos vieron, al pasar, a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: “Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: <<Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?>> Respondió Jesús: <<Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifieste en él las obras de Dios.”   Juan 9,1-3. 

Y Jesús les enseñó que jamás las enfermedades son enviadas por Dios, ni son castigos de Dios. Santiago lo comprendió perfectamente y por ese motivo cuando se dirige en su carta a las comunidades de oriente les enseña esto mismo: “Ninguno, cuando sea probado, diga: <<Es Dios quien me prueba>>; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Despues la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.” Epístola de Santiago 1,13-15

Jesús enseñó claramente que Dios no quiere, ni manda, las enfermedades. Tampoco provoca la muerte, ni los accidentes, ni ocasiona directamente los fenómenos de la naturaleza en los que tantos seres humanos pierden la vida.  Dijo que de Dios procede sólo lo bueno que hay en la vida, no lo malo; porque Dios ama profundamente al hombre y no puede mandar nada que lo haga sufrir: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” Jn 3, 16-17.

Jesús, pues, no nos enseñó de dónde vienen las desgracias de este mundo, pero sí explicó de dónde no vienen: de “Dios”.  No enseñó qué causas las provocan, pero sí enseñó quién no las provoca: “Dios”.

Sin embargo hay unas palabras en el Evangelio que nos ha llevado a la confusión a mucha gente: “¿No se venden dos pajaritos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre.”  Mt 10,29.

O sea que si un pajarito llega a caer por tierra, es decir, sufre alguna desgracia o accidente, es porque Dios sí lo ha permitido.

En realidad el evangelista, quiso decir que no cae sin que Dios esté a su lado, lo acompañe. 0 sea, que Dios está cerca del que sufre; pero no que permite su sufrimiento.

De todas las maneras este versículo está mal traducido, pero esto es para explicarlo en otro momento.

Aunque Jesús ya nos ha explicado que Dios no quiere nuestro dolor, todavía hay muchos cristianos que piensan que los sufrimientos que padecemos son enviados por él. Es común, por ejemplo, visitar a algún enfermo, y oír a los amigos que le dicen refiriéndose a su dolencia: “Tienes que aceptar lo que Dios nos manda”, como si Dios hubiera dispuesto que enfermara. O al concurrir a algún velatorio, oímos la famosa frase de quienes van a consolar a los familiares: “Hay que aceptar la voluntad de Dios”.

Queridos amigos, pero ¿cómo va a ser voluntad de Dios que alguien se muera?  Dios es un Dios de “vida” y no de muerte, Dios manda la vida, nunca la quita.  Ya el libro de la Sabiduría dice expresamente: “Que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes” Sabiduría 1,13. ¿Cómo podemos culparlo a él del fallecimiento de alguien, cuando el mismo Jesús, en su nombre, devolvió la vida a tres personas que habían muerto?

Pensar que estos incidentes suceden por su voluntad es una falta de respeto a Dios, y una grave ofensa a su amor y bondad o en último caso un total desconocimiento de Él.

Algunos, para justificar a Dios, lo explican diciendo: “Dios hace sufrir a los que ama”.  Pero si nos ama ¿por qué nos hace sufrir?  Otros explican piadosamente: “Dios aprieta pero no ahoga”.  Pero ¿para qué quiere Dios apretar, pudiendo hacer las cosas con amor y ternura?

Semejante mentalidad tortuosa, ha llevado a mucha gente a abandonar la fe que profesaban desde pequeños y a sentir un profundo resentimiento hacia Dios que, en vez de hacer feliz a la gente, la llena de desgracias.  Y en el fondo tienen razón de enfadarse y de alejarse de Él. ¿Quién siente ganas de rezarle, o de hablarle a aquel que le mandó un terrible accidente, una enfermedad, o se llevó a un ser querido?

Preguntémonos entonces ¿de dónde proceden, pues, tantas desgracias y enfermedades imprevistas?  “Del mal uso de la libertad humana”.

En efecto, somos nosotros los que contaminamos el agua que bebemos, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, la tierra en la que vivimos, y de esta manera producimos graves trastornos en los seres humanos, incluyendo a los niños que se están gestando.

Pero la mentalidad primitiva que tenemos, propia del Antiguo Testamento, nos lleva a responsabilizar a Dios.  Y cuando alguien enferma, o muere, o nace un niño discapacitado, surge la famosa frase: “¡Es voluntad de Dios!”.

 Hoy sabemos, por ejemplo, que unas 500.000 personas al año mueren en el mundo a causa de enfermedades como la malaria, el paludismo, la fiebre tifoidea, el cólera provocadas por la contaminación que el hombre realiza de las aguas.  Y seguramente en las familias de cada enfermo se pensará: “Aceptemos la voluntad de Dios”.

Cuántas mujeres culpan a Dios de su esterilidad, y se preguntan: “¿Por qué Dios me niega un hijo?”, cuando sabemos que los pesticidas químicos que se emplean para fumigar frutas o verduras son tóxicos y provocan graves daños en la capacidad procreadora, así como en la piel, en la sangre, y en las vías respiratorias.

Y cuántos hombres se enfadan con Dios por su infertilidad, cuando hoy se sabe, por ejemplo, que la ropa demasiado ajustada provoca microtraumas y un incremento de calor que llevan a la infertilidad masculina.

Los estudios médicos aseguran que el 75 % de los casos de cáncer registrados en el mundo podrían haberse evitado. El 100% de los carcinomas pueden ser curados si se descubren a tiempo. Y sin embargo muchos morirán preguntándose: “¿Por qué Dios me ha mandado esto?”.

En los países industrializados el enemigo número uno de los cánceres es el carcinoma broncógeno. Es el tumor visceral maligno más frecuente en los varones. Su incidencia se está elevando espectacularmente en las mujeres, de modo que el cáncer de pulmón ha superado ya al cáncer de mama (que por otra parte hoy ya se curan en un 95%) como causa de muerte por cáncer en la mujer.

El número anual de muertes por este mal en España se ha elevado desde 15.000, en 1950 hasta unas 190.000, en 2009. En las mujeres, la mortalidad se ha elevado desde 4.5% hasta 31%, lo que, casi con seguridad, es una consecuencia tardía del mayor consumo de tabaco por parte de la mujer.

¿En cuántos de estos velatorios se acercarán las personas a los familiares para darles el pésame?  y le dirán: “Qué le vamos a hacer, hay que aceptar la voluntad de Dios”

En el mundo, miles de niños al año nacen con malformaciones, ceguera, discapacidades, debido a problemas sociales como la desnutrición, el alcoholismo crónico de los padres, la droga o la falta de vitaminas.  Y miles de padres se preguntarán: “¿Por qué Dios ha querido esto para mí?”.

Según los últimos estudios, la tierra produce actualmente un 20 % más de alimentos de los que realmente necesitamos. Pero el egoísmo de los países ricos, la negligencia, la mala administración y los intereses mezquinos de algunos gobiernos hacen que unos 800 millones de personas sufran hambre en el planeta.  Y, por supuesto, no faltarán los que digan: “¿Cómo voy a creer en Dios, cuando tanta gente muere de hambre?”, como si él fuera el responsable de nuestros errores.

Las grandes inundaciones, que parecen fenómenos tan caprichosos e incontrolables, y que además de pérdidas millonarias ocasionan miles de muertes, tienen también su grado de responsabilidad humana.  Muchas de ellas provienen de las intensas lluvias provocadas por la acumulación de evaporación, originada en los grandes embalses de las represas hidroeléctricas construidas negligentemente por los hombres, así como tantas edificaciones construidas en los lugares menos idóneos.

Lo mismo podemos decir de los terremotos.  Si bien son manifestaciones naturales, muchos de ellos son causados por el hombre.  Al construirse un embalse o un dique para frenar la corriente de un río, se suele formar un lago artificial, el cual produce una infiltración de agua que se introduce en las rocas, actúa como lubricante y facilita el deslizamiento de aquéllas, lo que origina luego los temblores de tierra.

Entre los grandes logros de la humanidad figura el haber eliminado ya dos enfermedades: la viruela en 1979, y la poliomielitis que prácticamente ha desaparecido ya en el 2010. ¿Cuántas otras enfermedades podrían suprimiese o frenarse, si en vez de gastar dinero en armas, bombas y guerras, lo empleáramos en investigar?

Pero sigue siendo Dios, en la mente de muchos cristianos, el responsable de las enfermedades, las catástrofes y las muertes que vemos a nuestro alrededor. También y es curioso, hasta los que no creen culpan a Dios por todo ello. 

Alguno pensará: ¿Dios no nos creó frágiles?  Sí. ¿Entonces es él el responsable de nuestra muerte?  “No”. El nos creó mortales, pero el “cuándo” morimos lo determinamos entre todos nosotros, con nuestras actitudes de amor o de odio, de responsabilidad o negligencia y si es por bien en una edad avanzada y por tanto causa del desgaste natural del ser humano.  Dios no nos tiene fijado ni el día ni la hora de nuestra muerte, como piensan muchos.  En ella interviene una serie de factores en los que entra la responsabilidad humana.

Por no haber entendido esto, mucha gente vive resentida con Dios, lo culpa de sus desgracias, y hasta lo ha excluido de su vida.

Es necesario eliminar la imagen arcaica del Dios del Antiguo Testamento, que aún llevamos dentro, y recuperar la figura amorosa que nos presentó el Señor Jesús en el Evangelio.  Sólo así aparecerá el verdadero Abba, Papá del que nos habló Jesús, el que hace salir el sol sobre todos, sin importarle si son buenos o malos, y llover sobre todos, sin importarle si son justos o injustos: “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”  Mt 5,45.

En esta corta reflexión hemos querido aclarar que Dios nuestro Padre es un Dios lleno de misericordia y que todas esas páginas del Antiguo Testamento difíciles de entender sobre todo aquellas que están marcadas con sangre, no hemos de interpretarlas literalmente, y sobre todo queridos amigos, doctores tiene la Santa Madre Iglesia como se suele decir para enseñarnos el verdadero sentido de las palabras, sin olvidarnos que el pueblo judío es una nación oriental y como tal escribe y expresa con excesos verbales más que reales. Y precisamente por este motivo  se publican las Biblias llenas de notas, comentarios, explicaciones y profundizaciones, como por ejemplo, La Biblia de Jerusalén. Su lectura nos llevará a un estudio y conocimiento cuidadoso e iluminador.

¡Que Dios nos bendiga!

Manuel Rico Jorge
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres

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