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EL MUNDO OCCIDENTAL

02.06.2011. 20:14

El mundo Ocidental 

 

2 EL MUNDO OCCIDENTAL

 

La cristiandad bizantina en nuestro período es bastante estática y en continua disminución numérica, por el contrario la occidental se nos presenta como dinámica encontrándose en una fase de expansión. La cristiandad occidental encuentra su identidad sobre todo en dos conceptos o convicciones: uniformidad litúrgica, que se basa en el rito romano desde la reforma gregoriana y sobre todo con Gregorio VII; y reconocimiento de la autoridad papal, que se refuerza desde la reforma del siglo XI cada vez más hasta Inocencio III.

Desde finales del siglo XI el concepto de cristiandad toma un significado territorial y geográfico para distinguirse, ya sea de las regiones paganas, sobre todo en el este Europeo, ya sea de los orientales, es decir de los bizantinos.

Signo de la expansión de la cristiandad latina es el aumento de las diócesis. En torno al 1200 hay en Europa occidental casi 800 diócesis de rito latino. Haciendo un estudio de todas ellas se observa que el núcleo antiguo está en Italia, Francia y Renania (por supuesto también en Hispania) con diócesis que tienen sus raíces en el mundo romano. En los siglos X y XI nacen muchas nuevas diócesis en las fronteras del imperio carolingio: este de
Europa, Escandinavia, España, en el sur de Italia y en los países bálticos. Durante las cruzadas aparecen diócesis latinas en Medio Oriente.

Hacemos ahora una referencia concreta a cada uno de los países de Europa.

2.1.- FRANCIA.


En el período anterior de la historia medieval la preponderancia correspondía al Imperio, el cual estaba formado por tres reinos: Reino Teutónico, Reino Itálico y Borgoña. El Imperio no perderá su importancia en el período que estudiamos, sobre todo durante el gobierno de la dinastía suaba, siempre en relación con el papado. Las renovaciones y grandes cambios políticos y eclesiásticos proceden de la segunda mitad del siglo XI de Francia, que será el país innovador en este período y al que seguirán el resto de los países.

Para comprender la situación de la iglesia en Francia hacia el 1100 es necesario dar un paso atrás para demostrar ciertos problemas y evoluciones que han contribuido a la solución de los problemas planteados.

En los siglos X y XI Francia es aún débil como estado. La disgregación de los territorios en tiempos postcarolingios, los dominios feudales bastante pequeños bajo feudatarios que eran oficialmente vasallos del rey de Francia, pero que prácticamente eran señores independientes. Este proceso de disgregación tendrá su culmen hacia el 1000. Ni el rey Capeto, ni los duques y condes que dominaban a menudo territorios bastante vastos estaban en grado de frenar las ambiciones de la pequeña nobleza.

Era típica la construcción de castillos por parte de los nobles. Estos pequeños feudatarios, llamados castellanos (Châtelain), controlaron desde sus castillos sus feudos. Frecuentemente estos nobles eran vasallos de diversos señores al mismo tiempo, lo que les hacía en la práctica más libres e independientes. En vez de una jerarquía de poder lo que existía era una presencia contemporánea de potentes rivales, que siempre estaban intentando aumentar su poder a costa de los vecinos, lo cual daba como resultado frecuentes luchas o pequeñas guerras. Los que más sufrían en estos litigios eran naturalmente los campesinos, que no sólo estaban obligados a pagar las décimas sino otras muchas cosas, incluso algo para la llamada protección por parte del castellano.

Desde finales del siglo X los castellanos intentan extender su poder mediante el llamado banno, que no es sólo el ejercicio de la justicia sobre los súbditos que están obligados a presentarse ante su tribunal, sino que se transformará también en señoría bannal, es decir monopolio (los súbditos de un señor están obligados a utilizar los aperos que posee el señor: el molino, el horno, la trituradora,...). Todos estos derechos bannales fueron una entrada económica adicional para el señor. De esta época poseemos datos sobre la miseria y el hambre de la clase campesina siendo los más elevados de todos los países de Europa.

Entre los factores que contribuyeron a superar esta anarquía feudal debemos mencionar en primer lugar a la Iglesia que tomó la defensa de los pobres.

A causa de la casi inexistencia del poder real hasta finales del siglo IX los obispados monasterios franceses se encontraban en una difícil situación, la alta nobleza, duques y condes, intentaban someter incluso a los obispados y a las abadías porque eran ricos. También se convertirán en instituciones apetecibles para los nobles otras instituciones más modestas como las iglesias parroquiales (todavía nos encontramos en el sistema de las iglesias privadas).

Esta situación difería de la del Imperio, donde desde Otón I todos los obispados y grandes abadías se encontraban bajo el soberano, mientras en Francia estaban bajo diversos pequeños señores feudales. Por todo ello las iniciativas para un cambio de situación procederán de Francia donde la Iglesia está sufriendo bajo el poder laico, naciendo en la propia Iglesia el deseo de reaccionar, de renovarse internamente para poder actuar incluso en la lucha contra la nobleza. Los primeros pasos hacia la renovación surgirán dentro del monacato, sobre todo del movimiento clunyacense.

Otro paso hacia la reforma será el movimiento de la Paz de Dios cuyos orígenes se sitúan al final del siglo X, aunque no podrá superar la plaga de la .venganza. (= derecho de los familiares de un asesinado de reclamar la muerte del asesino o de sus familiares = fàida) hasta el siglo XII.

Todas estas iniciativas han reforzado la posición de la Iglesia y han dado un impulso, incluso hacia una consolidación del estado francés, en cuanto dinastía de los Capeto.

Otro signo de la influencia de la Iglesia eran las tendencias hacia una reforma del clero secular. Son importantes en este sentido los sínodos de Bourges y Limoges celebrados a finales del 1031, los cuales impulsaron el celibato y el rechazo de la simonía que debían conducir a una mayor libertas eclesiae.

En 1049 el papa León IX va a Francia y reúne en Reims un gran sínodo de reforma en el cual se confirma la condena de la simonía y se depuso a algunos obispos simoníacos franceses.

En los decenios sucesivos surge el problema de las investiduras de los obispos por parte del soberano. Gregorio VII dio poca importancia a este problema, cosa que no ocurrió en el Imperio con Enrique IV. Los estudiosos se preguntan si existía realmente una lucha por la investidura en Francia o no.

Hagamos un  primer acercamiento a la persona del rey de Francia, Felipe I, que reinó del 1060 al 1108. No tenía una fuerte personalidad ni era muy simpático, pero contribuyó a la estabilización de Francia y a su consolidación y no era herético.

La reforma eclesiástica, que llegará a ser reforma gregoriana, fue descuidada durante mucho tiempo por el rey Felipe I. Simplemente continuó a investir obispos, pero sin usar elementos espirituales como el anillo o el bastón pastoral, lo que contribuyó a una solución pacífica del problema en Francia.

No obstante existían en Francia corrientes de rechazo a las investiduras laicas promovidas por el legado del papa Gregorio VII, Hugo de Die, para los sínodos a Auton (1077) y Potiers (1078), que será después arzobispo de Lyon.

Se produjeron suspensiones de obispos indignos como Manases de Reims (1080), el cual, según sus palabras, estaría dispuesto a ser obispo si no tuviese que celebrar la misa.

En estas cuestiones de la Iglesia francesa el papa no gastaba muchas energías ya que se debía concentrar en la lucha contra su adversario, el emperador Enrique IV, no pudiendo empezar una guerra con cada problema de la iglesia occidental.

Por otro lado, Felipe I se podía presentar como generoso hacia la iglesia y la reforma gregoriana ya que sólo disponía de una pequeña parte de los obispados franceses (de 75 diócesis sólo 25 se encontraban bajo el rey de Francia), además estos obispados tenían pocas posesiones que derivaban del estado. De este modo, la investidura de los obispos franceses era mucho menos importante para el poder real que en el imperio. Además la iglesia francesa veía en el rey un baluarte contra la prepotencia de los señores feudales grandes y pequeños, apoyándose cada vez más sobre el soberano de Francia. Todo ello ha contribuido a un mayor entendimiento entre estado e iglesia en Francia.

El problema entre el papa y el rey surgirá de un problema personal referente a su matrimonio. Felipe I en 1092 había repudiado a su mujer porque, según Guillermo de Mansbury, porque estaba .muy gorda., para poder casarse con otra joven hermosa llamada Bertada de Monfort, que estaba casada con el conde Fulco de Anjou. El arzobispo de Sans se ofrece a bendecir este matrimonio. A consecuencia de este acto ilegítimo en el sínodo de los obispos de Francia, reunido bajo la presidencia del legado papal Hugo de Die, se excomulga al rey en 1094. En 1095 vendrá el papa Urbano II a Francia a la celebración del Sínodo de Clermont (1095) en el cual fue proclamada la cruzada y se confirmó por parte del papa la excomunión del rey, lo cual le impedía la participación en la cruzada.

En 1104 Felipe I fue absuelto de la excomunión al prometer solemnemente separarse de Bertrada, aunque no ha llegado a hacerlo. También en este momento el papa, ahora Pascual II, no ha puesto mucho empeño en el tema ya que estaba muy ocupado en la lucha contra el emperador Enrique V.

Una solución al problema de las investiduras en Francia se encontró al entrar en escena teólogos y canonistas de la iglesia francesa, que a pesar de reconocer la necesidad de la reforma por parte de la Iglesia, reforma gregoriana, admitían, de una manera muy realista, que la Iglesia no podía sustraerse totalmente del control del estado, romper todas las ataduras existentes con el rey y con el estado.

Fue fundamental la obra de un eminente canonista, el obispo Ivo de Chartres (1090-1115). Este autor distinguía entre los aspectos temporales y espirituales del cargo episcopal. Ciertamente no fue el primero en hablar de este doble papel de los obispos: administradores seculares y pastores de almas. La exposición de Ivo fue la más erudita coherente y eficiente.

En una carta de 1097 dirigida al gregoriano intransigente el Arzobispo de Lyon, Hugo de Die, afirmaba que gran parte de los derechos y posesiones de los obispos eran regalia, es decir propiedades y derechos constitucionales conferidos por el rey en vista de competencias administrativas. El término completo es iura regalia, derechos que pertenecen al rey, prerrogativas del poder público que por definición corresponden al rey. Por ello, afirma Ivo, los obispos tienen obligaciones feudales con el rey, y es esta realidad la que se simboliza en la ceremonia de las investiduras. En esta ceremonia los soberanos no pretenden dar nada espiritual, ni es tampoco una violación del derecho de la Iglesia el que el rey tenga una influencia en la elección de los obispos. Para Ivo la investidura espiritual la realiza el metropolitano. Transcribimos a continuación la parte más incisiva de la carta de Ivo a Hugo de Die:
                
En cuanto a lo que ha escrito de que el antes mencionado elegido (se trata del nuevo obispo de Sans) ha recibido la investidura del obispado de la mano del rey no nos ha sido referido por parte de alguno que lo haya visto o haya tenido conocimiento, pero aunque hubiese sido realizado así, como esto no contiene ninguna fuerza de sacramento en el nombramiento de un obispo, no tiene un carácter sagrado, si se hace o se omite, no vemos en qué manera esto pueda ser nocivo para la fe o a la santa unción, ya que vemos que tras una elección canónica de ninguna autoridad apostólica se le prohibe al rey poner a los obispos en posesión de sus obispados, ya que leemos que los sumos pontífices de santa memoria han intervenido en favor de los elegidos por las iglesias para que el propio rey concediese a estos elegidos los obispados. En otros casos han trasladado la consagración porque los elegidos no habían recibido todavía la concesión del rey. Podríamos añadir otros ejemplos si no debiéramos evitar el alargamiento de la carta. Incluso el .señor papa. Urbano ha excluido al rey sólo de la corporal investidura, si hemos entendido bien, no de la elección, en tanto es el jefe del pueblo. El octavo sínodo prohibe sólo su presencia en la elección, no la concesión (can. 8 del Concilio de Melfi de 1089 y a otro del Concilio de Clermont de 1095, ambos celebrados bajo la presidencia de Urbano II. El propio papa al conocer esta interpretación benévola de los cánones con relación al rey la ha rechazado). ¿Qué importa si esta concesión viene dada con la mano, con un signo o con la palabra o con el bastón pastoral? El rey no intenta dar nada espiritual sino acercarse a las peticiones del solicitante o conceder al propio elegido villas eclesiásticas u otros bienes externos, que las iglesias obtienen de la generosidad del rey.

Ivo prepara una clarificación con respecto a las competencias espirituales y temporales de los obispos. El poder laico no tiene el derecho de meterse en el campo espiritual, pero tiene una vigilancia sobre los bienes temporales de la Iglesia ya que estos provienen del poder real.

Hugo de Fleury escribió un tratado sobre el poder real y la dignidad sacerdotal, Tractatus de regia Potestate et sacerdotale dignitate, dirigido al rey Enrique I de Inglaterra, en el cual precisó la nueva solución proponiendo que el soberano, en el acto de la investidura de una competencia estatal, usase otro símbolo para evitar todo equívoco. Será el Arzobispo, por medio del anillo y el bastón pastoral el que le asigne la cura de las almas al neoelecto. (MGH, LL 2, 472).

Existían otras propuestas de pensadores de la época, pero sin llegar a ser la posición de la Iglesia oficial. El papa Urbano II era mucho más reservado, ya en el Sínodo de 1095 había prohibido el rito del omagium de los obispos al rey, cuyo gesto fundamental consistía en que el vasallo ponía sus manos entre las del señor, convirtiéndose así en hombre del señor (rito que se ha conservado en la ordenación sacerdotal), siendo un rito proveniente del derecho alemán. El omagium se sustituirá por un simple juramento de fidelidad, un juramento feudal, llegándose así a un entendimiento entre las  partes.

La inserción de la Iglesia en el estado francés estaba garantizada por el derecho que tenía el rey de ser consultado cuando se trataba de elegir un obispo, así como por el otorgamiento de los temporalia tras el juramento feudal por parte del neoelecto. Por otro lado, con esta distinción, se reconocían los derechos de la Iglesia en el campo espiritual, aquellas leyes eclesiásticas que se habían desarrollado en la reforma gregoriana.

De este modo no fue necesario redactar un Concordato para solucionar el problema de las investiduras en Francia.

La buena relación del rey con la curia romana se hizo presente cuando el papa Pascual II se encontró con el rey Felipe I y su hijo Ludovico VI (1107) en la Abadía de Saint Denis, ambas partes expresaron su satisfacción por el acuerdo y concluyen una alianza.

Por último nos referimos a algunas evoluciones que han repercutido en la marcha de la iglesia francesa. En principio constatamos el robustecimiento de la posición de algunos duques o condes, ya que el estado francés no estaba todavía centralizado y había muchas fuerzas regionales bastante presentes. Destaca la actividad del Duque Guillermo de Normandía (1035-1077), el cual en 1066 conquistó Inglaterra, pero permanece como duque de Normandía creando para los franceses una situación muy compleja. Otro personaje importante será el Conde Balduino V de Flandes (1035-1067) que para una parte de su territorio era vasallo del Emperador y, para la otra, lo era del rey francés, constituyendo la primera presencia de Bélgica o Países Bajos.

Otro punto importante será el nacimiento de un movimiento comunal, similar al italiano. En el norte de Francia los poderes dominadores y judiciales estaban, en general, en las manos de los obispos, los cuales eran señores de sus ciudades. Cuando los comunes llegan a ser más ricos a causa de su comercio, los burgueses intentaron una emancipación de los poderes feudales, surgiendo así enfrentamientos de los burgueses con sus obispos, llegando en algunos casos a echar al obispo de su ciudad. De este modo se concluyeron las conjuraciones (juramentos) para la defensa de sus propios intereses.

Conocemos, en este sentido, el caso de la ciudad de Lyon (1111-1114) por el De vita sua, escrito por el abad Gibert de Nogent, aunque el asunto se soluciona en 1128. Los ciudadanos aprovecharon una ausencia del obispo para conseguir, del clero de la catedral y de los nobles, el permiso para formar una .communio., una asociación para defender sus propios derechos e intereses. Cuando vuelve el obispo acoge la situación con un gran enfado, pero una vez sobornado con dinero, consiente al final.

Los ciudadanos recibirán también el permiso del rey Ludovico VI. Al llegar el rey a Lyon (1112) recibirá de los ciudadanos una suma de dinero para confirmar el permiso, y otra suma de dinero, del obispo, para que disolviese la communio; como quiera que la suma pagada por el obispo fuera más alta, el rey disuelve la asociación.

Como consecuencia todo ello se producirá una enorme excitación en la ciudad, fue asaltado el palacio episcopal y asesinado el obispo. Poco después el rey, junto con un ejército potente, entrará en la ciudad y destruirá el movimiento.

En 1128 la ciudad de Lyon recibirá del rey un detallado Privilegio Comunal, que junto con el dado por el Conde de Flandes a la ciudad de St-Omer en 1127, serán de los más antiguos privilegios comunales conservados íntegramente. Serán un punto de partida hacia la constitución de las ciudades europeas, las cuales comienzan en Francia y se extenderán hacia Alemania e Italia.

Desde la segunda mitad del XI se perfila, sobre todo en el norte de Francia, una creciente consolidación del poder estatal sobre los principados feudales junto a una creciente estima de la dignidad real.

El obispo Guiberto de Noyan nos cuenta, que los reyes Capetos tenían el don milagroso de curar scrofoli (tumores linfáticos producidos por la tuberculosis), tocándolos con la mano. El historiador contemporáneo, March Bloch tratará también esta temática en su libro Los reyes taumaturgos (1924).

Otro ejemplo de la sacralidad de los reyes franceses se refiere al momento en que Ludovico VI hizo coronar y ungir rey a su hijo Ludovico VII, en Reims (1129), usándose para tal unción el óleo que, según la leyenda un ángel o una paloma habría traído del cielo al obispo Remigio de Reims en el momento del bautizo del rey merovingio Clodoveo (500). Este óleo se usó desde ese momento en todas las coronaciones francesas, contribuyendo a reforzar el carácter sagrado del soberano francés. Por el contrario, en el Imperio se producirá un proceso de desacralización del emperador, forzado, sobre todo, por la reforma gregoriana.

La Abadía de Saint Denis tendrá un papel importante en la mitologización de la figura del rey de Francia, donde se encontraban la mayor parte de las tumbas de los reyes franceses. El estandarte de San Dionisio asumió desde finales del XI una importancia nacional para Francia; en esta época se hará muy popular la Chanson du Roland, poema sobre la vida de Carlomagno, cuyo estandarte es designado como Orie Flambe (bandera en forma de llamas = Orieflamme). Los monjes de St. Denis difundieron la creencia de que el estandarte de S. Dionisio y la Orieflamme eran el mismo. De este modo, desde la 2ª ½ del XII, extendieron la creencia de que los reyes franceses eran los portadores de la bandera del soberano más grande y ejemplar, de Carlomagno, siendo así la continuidad de la dinastía carolingia contra el imperio.

2.2 INGLATERRA.


Una fecha importante es el año 1066, cuando se produce la conquista de Inglaterra por parte de los normandos, con la muerte del rey Eduardo el Confesor sin dejar un heredero. Se presentaron tres candidatos al trono, entre los que se encontraba Guillermo de Normandía.

La batalla de Hasting, el 14.10.1066, en la que muere el soberano y el conde Arroldo de Wessex, pretendiente anglosajón al trono, decide el futuro. El vencedor normando, Guillermo de Normandía se hace coronar rey inglés el día de Navidad, en la iglesia de Westminster por el arzobispo de York. Guillermo el Conquistador había conducido una guerra santa contra los anglosajones, en cuanto que el papa Alejandro II le había enviado un estandarte de S. Pedro en señal de apoyo (se había presentado al papa como defensor de la reforma eclesiástica).

El hecho de que Guillermo no solicitase la coronación por parte del arzobispo de Canterbury, Stigand, era ya un signo del cambio de la política en Inglaterra, ya que no compartía las concesiones eclesiásticas de este arzobispo.

De suyo, el rey introduce rápidamente la reforma en la iglesia inglesa contra la simonía y contra la acumulación de los cargos eclesiásticos. Está claro que esta iglesia necesitaba una transformación y renovación: decaimiento del monacato, relajación del celibato clerical e incluso algunos obispos que vivían en el concubinato.

El florecimiento de la vida monástica en Normandía tendrá su repercusión en la reforma inglesa, en conexión con monasterios importantes como Jumièges, St-Wandrille, Le Bec o Fécamp, todos ellos benedictinos.

La iglesia inglesa era muy rica, económicamente hablando. Lo podemos comprobar recurriendo al Domesday Book (Libro del día del Juicio), el catastro inglés más antiguo realizado por orden del rey Guillermo en 1068, en el que se comprueba que la iglesia poseía el 30 % de la propiedad de las tierras.

Guillermo comienza con la sustitución de los obispos, comenzando por Stigand y los obispos consagrados pos él, sustituyéndoles por normandos. El abad Lanfranco será el nuevo arzobispo de Canterbury, que fue obligado a respetar los derechos del soberano sobre la Iglesia. Guillermo nunca pensó en renunciar a los derechos del soberano anglosajón sobre la iglesia, ya que ésta, en Inglaterra era una iglesia privada; además introducirá la investidura con anillo y bastón pastoral. Las sedes episcopales son trasladadas del campo a las ciudades, lo cual provocará el nacimiento de nuevas diócesis. Con Guillermo todo el alto clero será normando, lo cual provocará una barrera lingüística entre el clero alto, que habla francés, y el bajo, de lengua anglosajona.

Desde el 1072 el rey reunirá sínodos de reforma, pero siempre luchará por su independencia en relación con el papa Gregorio VII, rechazando, incluso, realizarle un juramento de fidelidad como recompensa de la aportación papal a la conquista de Inglaterra. Llegó a prohibir los viajes de los obispos ingleses a Roma. Los legados pontificios sólo podrían entrar después haberle expuesto al rey el contenido de su delegación.

Con relación al monacato, Guillermo el Conquistador favoreció mucho al cluniacense, que ya en 1077 pudieron abrir una fundación importante en Lewes de un gran priorato fuera de Francia

A pesar del estricto dominio regio, la colaboración entre el rey y el arzobispo Lanfranco se desarrollará sin problemas. Las cosas cambiarán con la muerte de Guillermo (1087). El rey, antes de morir, había separado Normandía de Inglaterra. El nuevo rey inglés, Guillermo II Rufus, se mostró rápidamente como poco conciliador.

Tras la muerte de Lanfranco (1089), el rey deja vacante la sede de Canterbury para poder apoderarse de las rentas y así enriquecerse. En general comenzó con una política de explotación financiera de toda la iglesia inglesa. El rey precisaba mucho dinero para corromper a los barones de Normandía y ganárselos así para conseguir la unión de los dos países.

Para no tener problemas con el papado, el rey se declaró neutral en la polémica entre el papa Urbano II y el papa imperial, Clemente III. Sólo en 1093, cuando el rey enfermó gravemente y se sintió cercano a la muerte, consintió el nombramiento de un arzobispo para Canterbury, siendo elegido Anselmo de Aosta Abad de Le Bec.

Anselmo de Canterbury era el teólogo principal de su época, discípulo de Lanfranco, y muy conocido en Inglaterra por haber visitado regularmente las posesiones que su monasterio tenía allí. Cuando es elegido Arzobispo acepta hacer al rey el juramento de vasallaje. Rápidamente surgirán problemas entre ambos motivados por su carácter.

Anselmo insistirá enérgicamente en la restitución de los bienes eclesiásticos que el rey había usurpado; en un primer momento el rey deberá ceder, pero sin olvidar su derrota en la lucha con el nuevo Arzobispo. Cuando
Anselmo quiere ir a Roma para pedir el palio al papa Urbano II, l rey prohibirá este viaje. Anselmo presentará el problema ante una asamblea de obispos y barones del reino planteando si la obediencia debida al papa está por encima de la fidelidad hacia el rey, decidiendo la mayoría la preponderancia del poder real sobre el papal. Tras otras controversias, Anselmo irá a Roma en 1097 sin pedir el permiso del rey. Poco antes el rey había reconocido al papa Urbano II, ya que esperaba de él la deposición de Anselmo. Como reacción a este viaje el rey confisca todos los bienes de la iglesia de Canterbury y envía al exilio a Anselmo, el cual estaba muy desilusionado por la falta de apoyo papal.

Guillermo II Rufus morirá improvisamente en 1100 en un accidente de caza, posible homicidio. La relación regia con Anselmo cambiará con su sucesor Enrique I. Su primer gesto generoso será llamar a Anselmo del exilio.

Anselmo se había hecho más intransigente y gregoriano, rechazando volver a hacer el juramento de fidelidad al rey y poniendo otras condiciones. Todo ello llevará a una nueva fase en el enfrentamiento entre el reino y la iglesia en Inglaterra, la lucha inglesa por las investiduras, que irá acompañada por una gran producción publicitaria con escritos polémicos y disputas diversas.

Se debe destacar aquí el Anónimo Normando, antes llamado Anónimo de York, escrito, probablemente en Normandía, en Rouen. Este escrito sostiene un concepto de congregatio fidelium comprendiendo tanto el estado como la iglesia, en contra de las ideas gregorianas; ve en el rey el poder central eclesiástico, siendo así el jefe de la Iglesia inglesa, y le atribuye una posición más alta con respecto al sacerdocio. Como consecuencia de todo ello, el rey tiene también el derecho de investidura, de convocar sínodos...

Lo que Enrique I exige del Arzobispo de Canterbury no es nada nuevo, sino respetar las tradiciones antiguas con respecto a la antigua costumbre. Anselmo rechaza actuar así y, como consecuencia, el rey confisca los bienes del arzobispado y envía, por segunda vez, a Anselmo al exilio (1103-1106). El papa Pascual II amenaza a los adversarios de Anselmo, pero no les excomulga. Ni Roma ni Enrique I tenía interés en agravar las tensiones, así tras reiteradas relaciones se llegó a un compromiso llamado Concordato de Westminster de 1107. Podemos conocer este hecho en la Historia novorum in Anglia de Eadmer de Canterbury, cronista contemporáneo que era el confidente de S. Anselmo:

El primer día de agosto se celebró en Londres una reunión de obispos, abades y nobles del reino en el palacio del rey, durante tres días consecutivos, en ausencia de Anselmo, se discutió entre el rey y los obispos sobre las investiduras de las iglesias, algunos mantenían que el rey hiciese las investiduras como su padre y su hermano (Roberto duque de Normandía) y no según el precepto y la obediencia del papa. El papa había permanecido firme en la sentencia, que después fue promulgada (se refiere a un concilio lateranense de 1102 de condenación de las investiduras), pero había concedido el homenaje (un rito que de suyo era de vasallaje, que para el que lo hacía suponía pasa a ser hombre del señor), mientras que el papa Urbano había prohibido tanto la investidura como el homenaje. Con esta concesión había hecho que el rey consistiera o se opusiera a las investiduras, como resulta de la carta que hemos citado más arriba (se refiere aquí a una carta de Pascual II a Anselmo de 1106). Después, en presencia de Anselmo, estando presente una gran multitud, el rey estableció que de ahora en adelante nunca más nadie sería investido con un obispado o una abadía por el rey o de otra autoridad laica en Inglaterra mediante la concesión del bastón pastoral o del anillo, Anselmo concede que si alguno es elegido en una prelatura y presta homenaje al rey será privado, por ello, de la consagración del episcopado. Tras este acuerdo, para casi todas las iglesias de Inglaterra que desde largo tiempo estaban sin pastor, con el consejo de Anselmo y de los nobles del reino, padres fueron instituidos por el rey sin ninguna investidura con el bastón pastoral o con el anillo. Al mismo tiempo fueron instituidos por el rey algunos para la dirección de algunas iglesias de Normandía, las cuales también estaban privadas de padre.

Enrique I renuncia así a la investidura con el anillo y el bastón pastoral, en el futuro los bienes temporales se conferirán con un documento, pero el rey no renuncia al rito del homenaje, cuyo significado no era muy preciso.

¿Este rito es de vasallaje o un simple juramento de fidelidad? Esto no se aclara. Anselmo no había conseguido todo lo que quería.

Las elecciones libres estarán garantizadas desde este momento, pero debían hacerse en la corte del rey o en presencia de un delegado del rey. El elegido debía prestar el rito de homenaje al rey antes de recibir la consagración episcopal. La regulación siguió la separación de los bienes temporales y espirituales, en el sentido de Ivo de Chartres, aunque se piensa que este pensador no tenga nada que ver en el tratado entre Pascual II y
Enrique I. Este Concordato dejaba al rey un gran margen para influir ampliamente en las elecciones de los obispos, sin excluir nuevos conflictos. Aunque este Concordato pudo ser una concesión personal del papa a Enrique I lo cierto es que se transformó en la base para las elecciones episcopales durante mucho tiempo.

La elección de los candidatos durante el siglo XII estaba muy condicionada por los deseos del rey, siendo prácticamente él quien los elegía. Como ejemplo podemos citar la elección del diácono de Poitiers Ricardo de Ilchester en 1147 como obispo de Winchester.

A pesar de todo el papado se pudo apuntar el tanto de haber disminuido un poco el poder absoluto del monarca en la iglesia inglesa. Al morir Anselmo en 1109 la situación era tranquila, la reforma había alcanzado sobre todo a los monasterios, el número e monjes se había cuadruplicado entre 1066 y 1085. Incluso el rey podía estar contento, ya que la iglesia de Inglaterra dependía, como siempre, de la voluntad del monarca, y las libertas Eclesiae era un bonito ideal, pero no la realidad.

Convendría dar un repaso a la obra de S. Anselmo, pero eso queda al trabajo personal de cada uno.

Estos textos forman parte de  Documentos independientes para el estudio de la Historia de la Iglesia una colección de textos del dominio público y de copia permitida relacionados a la Historia de la Iglesia.

Recopilados, corregidos y revisados por Manuel Rico Jorge.
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España  

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