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El pontificado de León IX

11.12.2010. 05:27

Historia escrita 
 
5.- León IX. (1048-1054).

El pontificado de León IX es un cambio en el papado del S.XI. Enrique III elevó en Worms (Renania) al final del año 1048; después de la muerte de Dámaso II, al conde Brunonne de Egisheim, alta nobleza; hasta aquel momento era obispo de Toul (Lorena). Brunonne era simpatizante del movimiento reformador y cinco años de su pontificado están caracterizados por una febril actividad para llevar la reforma eclesiástica a todos los ambientes; en todos los niveles. E1 papa mismo lleva la dirección de esta reforma eclesiástica. En este contexto es notable, que después de la designación del nuevo pontífice por parte de Enrique III, hizo una sorprendente declaración delante de la dieta de Worms; es decir, que aceptaría el cargo pontificio, sólo si el clero y el pueblo de Roma dieran su consentimiento. Este requisito, no tenía nada de nuevo. Ninguno dudaba que después de una designación de parte del emperador se necesitara una elección canónica. Pero era nuevo, insistir en esta segunda fase del proceso electivo en una tal ocasión. Esto no quiere decir que León IX hubiera puesto en discusión el rol del emperador en la Iglesia, sino que todas sus actividades sucesivas demuestran que quería reforzar el principio de la elección canónica. León IX, era un papa itinerante, raras veces permanecía en Roma.

Estos viajes lo llevaron a Italia, Francia, Alemania y hasta Hungría. El quería concretar mediante estos viajes la idea del primado romano por medio de numerosos sínodos: en Roma y en otros lugares.

Los sínodos eran para León IX una expresión de su preocupación por la reforma de toda la Iglesia. El presidió en 4 años 11 sínodos (tal vez, incluso, más). La temática era más o menos la misma, programática; se trataba, antes que resolver pleitos del momento, como en tantos sínodos precedentes; pleitos entre obispos u obispos y monasterios, etc. más bien dar lugar a instancias de reforma. Pero hay que decir que ninguno de estos sínodos tuvo un acento anti-imperial. Para León IX la relación estrecha entre regnum et Sacerdotium no estaba en discusión. En el centro de sus urgencias estaba la reforma del clero. En concreto la lucha contra la simonía y contra el nicolaísmo (matrimonio de los sacerdotes). Su posición, era al menos al principio muy radical. Su primer sínodo (Lateranense 1049) dispuso que todas las mujeres de sacerdotes, diáconos, subdiáconos, debían perder su libertad; ellas y sus hijos debían quedar como siervos de la Iglesia. E1 papa pidió en ese sínodo el alejamiento de todos los clérigos ordenados por simoníacos. Su posición era tan radical que habría significado la caída de toda la pastoral de la Iglesia, y por eso tuvo que llegar a compromisos.

El sínodo de Vercelli en 1050, llegó a compromisos, en el sentido del parecer de san Pierdamiano y del sínodo romano del 1047 que había impuesto a los clérigos ordenados por un simoniaco sólo una penitencia de cuarenta días, pero no el alejamiento de la tarea sacerdotal. E1 problema de las ordenaciones simoníacas quedó teológicamente sin resolver. Es interesante ver que en los estudios de los últimos años, ha aparecido siempre más: que san Pierdamiano, contrariamente a aquello que se decía hasta hace pocos decenios, no era una persona muy radical, sino en todo, incluso en su concepción monástica estaba siempre dispuesto a llegar a ceder; sus apoyos teológicos son siempre válidos. Había otros que eran mucho más radicales que él.

El mismo León IX volvió a repetir no pocas ordenaciones (antisimoníacas). Para él, los simoníacos impedían la libre operación del Espíritu Santo; adulteraban la justa relación de Cristo con su Iglesia; mientras los sacerdotes y obispos que pecaron contra el celibato, deshonraban su matrimonio espiritual con su vida. Y volver a ordenar, porque en un acto simoníaco, esta es la concepción de los radicales gregorianos, el Espíritu Santo no podía actuar; y sin la presencia del Espíritu Santo no existía sacramento.

No en todas partes, pero en general, León IX encontró una buena acogida ante sus exigencias rígidas. En Renz, en un sínodo convocado y presidido por él, X.l049, tuvo pocos asistentes; los obispos no llegaron. Pero en el sínodo siguiente en Maguncia, a mitad del mismo mes de octubre (1049) en estrecha colaboración con el emperador tuvo mucha asistencia de la Iglesia imperial. Los obispos que participaron, y por eso no querían asistir, eran interrogados públicamente por el papa sobre las circunstancias en las cuales habían recibido su consagración obispal. E1 canon 1 del sínodo de Renz: se refería precisamente a este asunto. Insistencia sobre la elección canónica. Este canon no era la primera ley sobre la investidura, como ha sido afirmado, sino insistir sobre los requerimientos canónicos esenciales, en el sentido de las decretales citadas del papa Celestino I, o del papa León I. Luego, expresión de la lucha contra los simoníacos, relacionados con la investidura; esto era algo nuevo.

Y esto resulta también del comportamiento de León IX. Cuando en el 1051 quería renunciar a su diócesis de Toul, que hasta entonces había retenido, dispuso que su sucesor fuera primero elegido por el clero y el pueblo y después de la elección, debía ir con una delegación de la iglesia de Toul, con el emperador para recibir la investidura. Una insistencia, primero la elección canónica de parte del clero y el pueblo y luego la investidura de parte del emperador; era la intención de León IX hacer valer aquellos cánones, frente a los cuales se registraba el mayor número de fallos y deficiencias. Se trataba de nuevo: prohibición de la simonía; prohibición del nicolaísmo; disposiciones para la elección de los obispos; prescripciones sobre la conducta moral del clero; prohibición de venta de beneficios. En este sentido: una reforma de la Iglesia que debe partir, según León IX, de una reforma del clero. Ninguno de tales cánones era verdaderamente nuevo; algunos de esos se relacionaban con las tradiciones de la Iglesia antigua; prácticamente sólo eran citas de cánones ya conocidos, que se encontraban en colecciones canónicas. Y como se trataba sólo de repeticiones, ninguno de los obispos presentes podía poner objeciones. Esto se hubiera interpretado inmediatamente como herético. Pero el conjunto demostraba una tendencia. Si uno va a los desarrollos sucesivos de León IX, gestos sin duda han contribuido a reforzar la posición legislativa del papado. No eran los sínodos los que hacían la legislación, sino el papa que reunía el sínodo para imponer sus propias ideas. Y esto era posible sólo con aquel papado reformado, después de la intervención de Enrique III.

En el contexto de la reforma eclesiástica bajo León IX dos fenómenos llevan un rol particular:

5.1.- La reestructuración de las instituciones pontificias.

Tiene que ver con los colaboradores de León IX. Atrajo consigo representantes de avanzada del partido reformista ya existente, como Federico de Lorena; el futuro papa Esteban IX; Humberto de Moayen- Eloutie (monje benedictino del monasterio en Lorena), que será el futuro cardenal de Silva Cándida (Humberto). Y todavía otros, que casi todos provenían de Lorena; estrechos colaboradores de León IX. No es todavía claro por qué los círculos reformadores de Lorena eran activos y fuertes. Flick ha sostenido la tesis del origen lorenés de toda la reforma gregoriana. Una tesis que no es correcta en su exclusividad; pero esta tesis un poco forzada de Flick, el origen lorenés de la reforma gregoriana, es correcta en el sentido que esta reforma no nació en Roma. Esto es importante; ha sido importada. Y viene de los piases más allá de los Alpes. Son precisamente dos obispos de aquella zona que resistieron de manera muy llamativa a Enrique III: el obispo Wazo de Liege, acusado en 1046-47 a causa de su comportamiento en la campaña del emperador contra los rebeldes frisones. Y el caso del obispo Alienardo, monje de san Benigno de Digione, que rechazó hacer el juramento ante el emperador el año 1046; este monje se apoyo en la regla de san Benito que ordena a los monjes no jurar. En esta ocasión Enrique III se mostró muy generoso y lo dispensó del juramento. No se trataba, como algunos estudiosos han pensado, de un simple juramento; se trataba, por eso el emperador era muy generoso, del juramento de fidelidad antes de la investidura; en este caso antes de la consagración para Lione. El otro caso es más interesante, el de Wazo de Liege; éste durante la investigación delante del emperador, sobre su conducta en la rebelión, debía estar en pie y pidió una silla, no sólo por su edad, sino también en cuanto sacerdote y ungido con el sagrado crisma. El emperador le respondió: .también yo he estado ungido con el óleo santo y con esta unción me ha sido dada la potestad de mandar sobre todos los demás. E1 obispo replicó: .esa es otra unción y muy distinta de la unción hecha al sacerdote.

Con la llamada de personajes como Humberto de Silvacandida, Federico de Lorena, entre sus más estrechos colaboradores, el papa León IX ha comenzado un proceso de transformación de las instituciones administrativas del papado, lo que se llamará la Curia Romana; en particular ha comenzado a librar al papado de los intereses de las varias facciones aristocráticas romanas. Es el primero que escoge a los cercanos colaboradores fuera del clero romano.

Bajo León IX el colegio de los cardenales obispos (obispos de las diócesis suburvicarias), y los cardenales-sacerdotes, responsables de la cura de almas en las iglesias titulares romanas, estos dos grupos, que desde siglos desarrollaban funciones litúrgicas,  se transforman en un gremio, cuyos miembros reciben encargos, dirección y administración de la Iglesia en Roma. Se puede hablar de una nueva fase de la evolución del cardenalato, que se inicia bajo León IX. Es ya una expresión del espíritu de reforma: esta nueva tarea dada a los cardenales. De hecho desde 1045 encontramos cada vez más a los cardenales como legados papales. Primero eran simples sacerdotes o abades los legados, y luego lo serán los cardenales-obispos. Así los cardenales legados llegan a ser un instrumento importante de los papas para afianzar la reforma en los diversos países; y veremos sobre todo cómo Gregorio VII utiliza este instrumento del cardenalato para difundir sus ideas en otros países o en las diversas iglesias locales.

En fin, siempre en el contexto de la transformación de la administración del papado, se menciona el cambio en el interior del aparato burocrático. Pequeños indicios todavía, pero significativos. Los documentos dados por el papa ya no serán escritos sobre papiro, sino en pergamino y siempre en minúscula, en vez de la vieja curial. Podemos constatar en el Sacro Palacio Lateranense un proceso de modernización en todos los sentidos, en cuanto al personal, y también en cuanto al estilo. Este era un primer elemento que demuestra la importancia de León IX como papa reformado.

5.2.- El encuentro con la Iglesia bizantina.

Es el segundo aspecto que nace de la actividad reformadora de León IX. Veremos en el próximo capítulo el enfrentamiento desde el punto de vista bizantino. Ahora basta con decir cómo se presenta este problema desde un punto de vista romano, sobre todo a los ojos del papa León IX.

La nueva política sinodal de León IX, junto con una nueva organización administrativa, revolucionaba la tradicional constitución episcopal y echaba las bases para reforzar el primado jurisdiccional del papado. Por eso este breve pontificado de León IX es importante; aquí se trata de la actuación de la nueva forma del primado jurisdiccional. Un investigador reciente sostiene que la ruptura con el patriarca Miguel Cerulario de Constantinopla no ha sido causada por la divergencia del Filioque, sino por la controversia que tiene que ver con el primado romano y el ministerio sacerdotal. Cuestiones en que ambas partes se manifestaron con intolerancia.

Todos estos temas aparecen en la reforma pregregoriana, pero que en ese momento no estaban presentes en la Iglesia y menos en Bizancio. El papado reformado reivindicaba una supremacía, no sólo de honor y de respeto, sino la supremacía de un nuevo tipo, jurídicamente aplicable, real. Y fue esta tensa relación la que ha provocado finalmente el cisma.

La discusión occidental no estaba terminada en aquel momento de León IX: sobre la recta concepción de los sacramentos y del ministerio sacerdotal. Toda esta discusión en el interior de la Iglesia Latina ha agravado la polémica con la Iglesia bizantina.

La ruptura no es sólo por el temperamento, la arrogancia, el comportamiento inadecuado de Humberto de Silvacandida en Constantinopla. Así se lee con frecuencia en los manuales: que todo era culpa de Humberto de Silvacandida.

Ciertamente que él se comportó de un modo del todo equivocado, pero esto no basta para explicar aquella ruptura: la excomunión del 24 de junio de 1054.

Humberto de Silvacandida tenía más o menos las mismas ideas del papa y esto se puede saber leyendo la larga carta llamada Libellus que León IX dio a Humberto, para entregar a Cerulario. León IX considera en este Libellus a la Iglesia Bizantina como una hija de Roma. Esto era algo que Bizancio no podía aceptar. Este Libellus demuestra a1 mismo tiempo que el papa considera las concepciones de la Iglesia Bizantina, heréticas. El hizo suyo un concepto de herético, que Pierdamiano ha formulado en el I Libro de las Epistulae así: .los sagrados cánones designan como heréticos a aquellos que no están de acuerdo con la Iglesia Romana" Y este es el concepto de herejía de la reforma gregoriana y pregregoriana. Independientemente del contenido de su doctrina.

Debemos considerar el pontificado de León IX no como un pontificado que renueva tradiciones olvidadas, aunque sí se presenta así, sino como uno que inicia toda la reforma eclesiástica del siglo XI. Sin embargo, León IX no se separa todavía de la idea de una colaboración con el imperio. Después de su muerte el camino ya está abierto a un papado reformado, en gran medida siempre más independiente del regnum y de la nobleza laica. En este sentido el pontificado de León IX, es un pontificado de transición. No es el primer papa de la reforma gregoriana, sino el puente entre una iglesia de tipo imperial y otra nueva que reivindica la libertas ecclesiae. ¿Qué significa papado de transición?

6.- HUMBERTO DE SILVACANDIDA

Un teórico de la reforma pregregoriana

Hay dos personajes que merecen mención en la reforma del siglo XI: Humberto de Silvacandida y Pierdamiano. Aquí sólo trataremos de Humberto. No es fácil saber el ideario espiritual de aquel monje benedictino del monasterio lorenés de Moyenmoutier. Por lo menos se le atribuyen 33 escritos, pero sólo de 3 textos estamos seguros que le pertenezcan, hasta hoy. Afortunadamente el más importante tiene los elementos esenciales de su pensamiento: Libri tres adversus simoniacos. Y cito una frase que puede ayudar a entender mejor este escrito. Cito al historiador inglés Carlyle: el habla de algunos escritos que han propagado el movimiento de reforma de la Iglesia: el programa de Gregorio VII se encuentra ya en este escrito de Humberto de Silvacandida...hace un parangón un poco arriesgado entre el manifiesto comunista de Engels y este escrito de Humberto de Silvacandida (lucha de la Iglesia gregoriana y el poder laico). Esta comparación tal vez pueda ayudar a entender mejor la importancia de este cambio, y los escritos que la preparan. (The gregorian revolution).

El título convencional Adversus Simoniacos no nos habla de la amplitud del contenido. Este título sólo tiene que ver con los dos primeros libros, en donde el autor niega la validez de los sacramentos administrados por los simoníacos; y en general la compraventa de cargos eclesiásticos. Aquí desarrolla aquella teoría que ya hemos señalado: las ordenaciones por simoníacos son inválidas (él es el teórico de esta doctrina radical gregoriana). Se subraya que no es cierto que Humberto haya metido la investidura laica en el concepto de simonía (todavía se hacía distinción entre investidura y simonía).

En el tercer Libro Humberto discute el rol del soberano sobre todo en el nombramiento de obispos. En este libro Humberto muestra una fuerte aversión contra todo el sistema de las iglesias privadas. Este sistema, que durante siglos estaba presente en casi todo el occidente; en la Iglesia Latina venía del derecho germánico, de concepciones arcaicas. Es una tradición que, según él, está en neta contradicción con los cánones. Esto no tiene que ver sólo con las iglesias inferiores, sino también las superiores (para él, el rey es un simple laico).Algo que ninguno se había atrevido a decir: para todos el rey era una persona sagrada, a causa de la unción.

Con una insistencia particular repite los cánones clásicos sobre la elección de los obispos, que según él, han sido mal usados por la praxis de entonces. La praxis correcta sería: participación del clero, intervención del pueblo, el juicio del metropolitano. Se requiere esta intervención. Estos son los puntos decisivos según los cánones de la Iglesia; en cambio, según Humberto, la secularis potestas lo decide todo. Por eso Humberto pide la restauración de la sucesión originaria del proceso. Quiere redimensionar la saecularis potestas. Para Humberto la elevación de un obispo en la forma no canónica, la preeminencia del elemento laico, es inválida y nula.

El sostiene esta opinión no sólo con el argumento de que el soberano tiene demasiado influjo en el nombramiento de un obispo, sino que hace además una reflexión sobre el modo en que el soberano ejercita este influjo laico. Así hace un primer ataque a la ceremonia de la investidura. Sabemos que la investidura era hecha así, al menos en el tiempo de Enrique III. El emperador da al nuevo obispo el bastón pastoral y el anillo. Según Humberto la entrega del bastón y del anillo, mediante la mano no consagrada del rey, no es otra cosa que una praesuntio. El baculus como señal del ministerio pastoral y el anullus como símbolo del matrimonio (signaculum secretorum coelestium) son para Humberto símbolos espirituales; por eso no pueden ser conferidos por un laico, porque en tal caso, si un laico da el bastón y el anillo, dispone sobre los sacramentos, se pone en el lugar de un sacerdote. Y pregunta: ¿qué tienen que ver los laicos con los sacramentos, en particular con el ministerio del obispo?, y añade, el bautismo es dado en caso de necesidad por un laico, pero este bautismo debe ser completado después, si el niño vive, por la oración y la unción de un sacerdote.

Humberto de Silvacandida da a estos símbolos un significado netamente espiritual: pero de por si no era del todo claro, qué cosa significa el bastón y el anillo; también llevaba consigo el significado de la entrega de un poder laico.

Los obispos eran al mismo tiempo representantes del rey y del emperador, tenían derechos reales y esto también se simbolizaba en la entrega. La interpretación de Humberto es muy unilateral; pero la formula de una manera muy sugestiva y hace entender al lector que esta entrega de símbolos es casi una anticipación de la consagración episcopal, hecha por un laico y por lo mismo no aceptable.

Las consecuencias de esta argumentación son evidentes: logrará mejor convencer al lector. No debemos olvidar que el nombramiento de un obispo era un largo proceso. La intervención del rey es sólo un elemento. El acentúa sólo este elemento y por eso todo se deshace. Estas ideas expresadas en Adversus Simoniacos L.3, cap.6 son un enfrentamiento radical ante la praxis usual de casi toda Europa, al elevar a un obispo. Era una praxis no limitada sólo al imperio, sino usual en todo occidente.

Uno se pregunta qué influjo ha tenido este manifiesto de la reforma gregoriana. Según R. Shift el influjo era muy pequeño. Según él, fue letra muerta durante decenios. No es seguro que Gregorio VII lo haya conocido. E1 autor sostiene que no era posible que se conociera, pues sólo se conoce por medio de tres manuscritos y la tercera parte de la que hemos hablado, solo está en un códice medieval. Esta es la conclusión de Shift: Adversus Simoniacos es una obra que no tuvo éxito, no fue conocida, permaneciendo oculta en cualquier lugar. Sin embargo, contra esta tesis, del no éxito, podemos hacer algunas objeciones: Humberto pertenecía como cardenal obispo de Silvacandida, sin duda, al círculo más estrecho de los colaboradores del papado, por lo que el Papa conoce de hecho sus ideas, sin depender de la difusión de su escrito. No es creíble que Humberto no expresase sus opiniones en los sínodos en los que participó, como en el de Sutri. Aunque pocos de sus contemporáneos hubiesen leído su tratado no significa que no conociesen el contenido. Es indudable que Humberto forma parte del partido de los reformadores hasta el Papa León IX. Incluso es aceptado por Engelberto que Gregorio VII es influenciado por las ideas de Humberto.

7.- Pierdamiano

Representa la segunda tendencia, menos radical en la lucha contra las investiduras laicas. Muere en 1072 y desde 1057 fue creado Cardenal  Obispo de Ostia. El no excluye una cierta implicación del soberano en el nombramiento de un obispo, pero critica las circunstancias concretas que se verifican en el nombramiento concreto del nombramiento de un obispo, que son contrarias al Derecho Canónico. Considera él también al soberano como un laico sin derechos sagrados, pero no interpreta la donación del anillo y del bastón pastoral por parte del rey como una consagración episcopal anticipada, como lo hacía Humberto.

8.- MOVIMIENTO DE LA PAZ DE DIOS.

Toda revolución llevada a cabo tiene muchas raíces. No basta sólo con las ideas radicales de Humberto de Silvacandida, se necesita también una movilización del pueblo, que en parte tiene otros objetivos, pero que en último término convergen con las ideas motoras de un gran desarrollo. El Movimiento de la Paz de Dios es un signo de que la reforma de la Iglesia fue acogida también por el pueblo. Un movimiento de otro tipo, la Pataria, confirma esta regla, pero estará operante después de los años cincuenta del siglo XI, por lo que pertenece al próximo período. Ahora sólo nos centraremos en la Paz de Dios.

Este movimiento nace en el Sur de Francia a finales del X, a causa de desórdenes y cambios sociales, mirando hacia un restablecimiento de la paz en el país. El rey de Francia era débil y lejano, mientras que los pequeños señores, vizcondes y castellanos eran por el contrario prepotentes.

Hasta este momento la investigación no ha descubierto cual es la relación entre este movimiento de paz y la Reforma Cluniacense, pero si se sabe que hubo influjos directos. En primer lugar intervienen los obispos para asegurar un mínimo de seguridad a la población. El comienzo se puede situar tras el año 975 en la persona del obispo de Le Puy en Auvergne. Este obispo obliga a los nobles a jurar no tocar las propiedades de las iglesias y de los pobres, con el compromiso de restituir cuanto habían tomado.

En el 989 se hacen los Estatutos de paz del Sínodo de Charroux, en los cuales se contiene todo lo que se desarrollará en los ordenamientos posteriores del Movimiento. Fueron amenazados de excomunión:

•    Los que violaran las iglesias y cometieran robos de objetos sagrados;
•    Los que atacasen a clérigos desarmados; 
•    Los que destruyan los bienes de los pobres o roben los animales de los campesinos.

           
Estos tres objetivos sólo se podían realizar si los obispos colaboraban con los grandes, los príncipes, contra los señores feudales locales, la pequeña nobleza local que quiere enriquecerse a expensas de la Iglesia y de los pequeños campesinos.
           
Una segunda fase del Movimiento se verifica en los años veinte del siglo XI. En este momento el Movimiento de traslada hacia Borgoña, donde tendrá su centro, y desde allí se difundirá hacia Cataluña (Sínodo de Paz en Vich, 1033) y el Norte de Francia. En esta fase se introduce un nuevo elemento, la Tregua de Dios, que consistía en la prohibición de una actividad guerrera para los señores nobles locales en determinados días de la semana, del miércoles por la tarde al lunes por la mañana, por lo que tenían pocos días para llevar a cabo las guerras privadas. Además en tiempo de Adviento hasta la Epifanía, y en la Cuaresma hasta el Domingo .in albis., que era un tiempo cerrado, por lo que tampoco se permitían tales combates. De este modo de garantizaba un mínimo de paz pública para la Iglesia, los campesinos y los comerciantes.
           
El medio más importante de presión para imponer esta Paz era el interdicto, es decir el deber de celebrar la liturgia y de administrar los sacramentos. Esto sólo se podía hacer ya que la población estaba fuertemente anclada en la fe cristiana, y que los señores feudales quieran evitar esta pena eclesiástica. Por todo ello toda la población consentía estas medidas coercitivas de la Iglesia.
           
La gran participación del pueblo daba a no pocos sínodos, en los que se amparaban estas medidas, el carácter de una manifestación de masa, con procesiones de las reliquias de los patronos de sus iglesias, y un general entusiasmo religioso. A propósito de esto se ha hablado un primer movimiento religioso popular.
           
Cargada de consecuencias para el futuro fue la praxis de llamar a las armas al pueblo y a los príncipes juntos contra los violadores de la Paz. No eran sólo medidas espirituales, con el consentimiento de todos, sino medidas más drásticas y sensibles contra estos violadores de la Paz. Con todo esto se pusieron las bases para la idea de la cruzada.
           
¿Cuál era el nexo del movimiento de la Paz de Dios con el reformador de la primera parte del XI? El P. Kemp (Manual de Jedin) habla de la competencia del Sacerdotium para conseguir los objetivos político-espirituales de la cristiandad occidental, lo cual sería un indicio de una nueva competencia del episcopado o de la Iglesia en general. Se le rebate diciendo que esta competencia ya existía desde antiguo, del tiempo de los Otones y del episcopado sálico, que ya eran competentes también en el campo político, siendo un instrumento del soberano.
           
Otro hecho más significativo podemos encontrarlo en que los sínodos que estipularon tales tratados o Treguas de Dios, al mismo tiempo emanaron decretos para la reforma del clero, contra el uso de armas por parte de los eclesiásticos, contra la simonía y en favor del celibato. Aquí sí que descubrimos el nexo con el movimiento pregregoriano. Este nexo ha sido todavía poco estudiado.

9.- EL PAPADO EN LOS ULTIMOS AÑOS DE ENRIQUE III.
           
En los años 50, el Papa León IX, es arrastrado en un conflicto entre Benevento y los Normandos, los cuales se habían instalado en el Sur de Italia desde el comienzo del XI. León IX quería con ello reivindicar también las pretensiones papales sobre Italia Meridional, aquella antigua herida del papado de haber perdido el control sobre esta parte de Italia. Con León IX aparece un nuevo aspecto, que irá unido con el tema bizantino, ya que quiere resolver este problema mediante un ejército pontificio bajo la dirección del propio papa. Este ejército fue vencido por los normandos el 18.06.1053 en Civicate, cerca del Monte Gargano, incluso el papa fue capturado por los normandos y permanece en sus prisiones hasta la primavera del 1054. Al ser puesto en libertad volvió a Roma donde murió el 19.04.1054. No todos sus contemporáneos estuvieron de acuerdo con su actividad guerrillera, algunos como Pierdamiano vieron en la derrota del papa un castigo de Dios, ya que tal acción no era digna de un pontífice. Incluso parece que el emperador Enrique III había rechazado esta acción del papa, por lo que no le ha ayudado en esta empresa.
           
La influencia del emperador sobre el papado no había terminado con la muerte de León IX. Una delegación romana bajo la dirección del Archidiácono Ildebrando, el futuro Gregorio VII, se acercó hasta el emperador en Maguncia, solicitando un nuevo nombramiento de papa por parte del emperador. Después de una larga meditación el emperador designó, a comienzos del 1055, a su más estrecho colaborador, el Arzobispo Gebeardo de Eichstätt (Baviera), diócesis fundada por S. Bonifacio. Este Arzobispo fue entronizado con el nombre de Víctor II. En Pentecostés del 1055 el papa, junto con el emperador, celebra un sínodo en Florencia, en el cual se vuelve a prohibir la simonía y el matrimonio de los sacerdotes, y el emperador concede al papa la administración del ducado de Spoleto, como contrapeso del poder de su enemigo Gofredo de Lorena casado con Beatriz de Canosa y que estaba presente en Italia Central. Por otro lado, esta concesión era un paso hacia la ampliación del Patrimonium Petri, futuro Estado Pontificio.

En 1056 el papa Víctor II fue a Alemania para discutir con el emperador asuntos de interés común, pero durante la visita papal, Enrique III, tras una breve enfermedad, murió el 5.10.1056. En el lecho de muerte confió al papa la tutela de su hijo menor, Enrique IV, pero el papa no pudo llevar a cabo el encargo regio ya que el mismo murió en el verano de 1057 de malaria.

Muchos historiadores sostienen que la muerte repentina de Enrique III había interrumpido la relación armoniosa entre imperium et Sacerdotium. Los cambios que se producirán en los decenios sucesivos serán la consecuencia de la muerte regia. Esta visión de la historia es discutible ya que contrastes y conflictos profundos se hicieron ya sentir durante el pontificado de León IX. No obstante la muerte de Enrique III indica el final de una época, el fin del período del sinergismo entre regnum et Sacerdotium.
 
Estos textos forman parte de  Documentos independientes para el estudio de la Historia de la Iglesia una colección de textos del dominio público y de copia permitida relacionados a la Historia de la Iglesia.

Recopilados, corregidos y revisados por Manuel Rico Jorge.
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España 

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