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Epoca Antigua

29.09.2009. 06:16

Edad antigua

Epoca Antigua

Historia De La
Iglesia
Época Antigua (SIGLOS I-V)
Tercera Parte:
La Revolución Constatiniana

Capítulo XXIV

Consideraciones Generales

I. La historia de la Iglesia y su objeto.


La historia es una disciplina que se ocupa del hombre en su suceder espacio-temporal. Se ocupa de los acontecimientos protagonizados por ese hombre en un tiempo y en un espacio determinado. Fuera del tiempo y del espacio no hay acontecimientos humanos; no hay historia. La cronología nos informa de cuándo sucedió un hecho; la geografía, de dónde tuvo lugar.

La historia siempre lo es de alguien. Vamos a estudiar la historia de la Iglesia. La Iglesia, en su suceder espacio-temporal, es el objeto de nuestro estudio. La Iglesia es una sociedad, pero una sociedad que es perfecta e imperfecta al mismo tiempo. Toda sociedad está encuadrada en un cierto sistema, y guarda una relación con el Estado que la alberga. De esa sociedad podemos hablar refiriéndonos a su vida interna o haciendo alusión a su relación con otra sociedad superior que es el Estado. La historia de la Iglesia en la Antigüedad coincide en gran parte con la historia del Imperio romano. El mundo entonces conocido coincidía con los límites del Imperio romano. Los pueblos que se encontraban fuera de sus confines estaban llamados a ser Roma. Cuando un germano atravesaba el Danubio, debía asimilar no sólo las leyes y la cultura del Imperio romano, sino también su religión: todo. En la época que estudiaremos, los grandes santos son grandes romanos: Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Dámaso, Basilio, los dos Gregorios... son romanos en todos los sentidos.

La Iglesia, sociedad dentro de otra, sin embargo es, por naturaleza, universal. Es una realidad trascendente, que va más allá del espacio y del tiempo. ¿Cómo una realidad trascendente puede actualizarse? ¿Cómo algo que trasciende a la historia puede meterse en la historia? La universalidad del Imperio romano podía emparejarse, y de hecho se emparejó, con la de la Iglesia. Pero la Iglesia, que en su origen queda contenida en el Imperio romano, sin embargo llegará a abrazar ese Imperio: todo el Imperio estará dentro de la Iglesia.

II. La gran revolución del siglo IV

Comenzamos nuestro estudio con el siglo IV, más en concreto en el año 312, en tiempos del emperador Constantino. Llegaremos hasta san Gregorio Magno, cuya muerte acaece en el 604. Con Constantino el Imperio se divide en dos. Mientras en Oriente la capital, Constantinopla, posee un gran emperador, Occidente comienza a tener otra vida por la penetración de los pueblos bárbaros. Serán dos mundos autónomos, aunque los dos romanos y sintiéndose romanos; habrá tensiones por mantener un equilibrio que, con el tiempo, desembocará en ruptura1.

Nuestro período comienza con una auténtica revolución histórica. El Imperio romano —iniciado con Augusto—, anterior al cristianismo, sufrirá una transformación, una auténtica revolución: de romano y pagano pasará a romano y cristiano. La revolución tiene una fecha: año 312. Un Imperio que no sólo contaba con 340 años de existencia, sino con 2.000 años de cultura pagana —iniciada ya 1.500 años antes de Cristo en Minos, cuajada en los versos homéricos y desarrollada en la cultura clásica posterior—. Esta larguísima tradición grecorromana cambia en el 312. Y el elemento de cambio es la religión. El mundo clásico vive de las religiones paganas. Ese Estado asume el cristianismo como religión propia, como religión oficial. Se trata de una revolución profundísima, la gran revolución de Constantino el Grande: ¡un emperador convertido a Cristo! Se trata de algo difícilmente comprensible —como si, en la actualidad, las grandes capitales europeas comenzasen a convertirse al Islam y las iglesias todas de Europa fueran derruidas para levantar mezquitas—2.

En este período la historia registra una mutación importantísima.

Este cambio revolucionario no hubiera sido posible de no haber, en lo profundo, una fuerza histórica de cambio. La historia conlleva, por definición, la transformación, el cambio —si no hay transformación no se puede hablar de historia—. En la Historia la sucesión de civilizaciones no ocurre con la aparición de otra cosa totalmente distinta, sino de una evolución de lo anterior. Lo nuevo dimana de algo que muere; siempre se renueva, si bien hay elementos de permanencia. «El objeto histórico tiene una estructura polifónica y, en la misma época, en los mismos espíritus (...), se superpone un tema dominante, eco aún perceptible del tema en vía de retroceso, y un primer esbozo del que solamente más tarde, se situará en primer plano»3. Acontece algo parecido en la vida biológica: en la historia la sucesión de civilizaciones es una continuidad. Más todo cambio produce nuevas exigencias, nuevas preguntas —como un niño que crece y va preguntando distintas cosas en cada etapa de su vida—. Nuevas preguntas que exigen nuevas respuestas. Nuevas situaciones políticas, económicas, sociales, institucionales, culturales. ¿Por qué ese organismo glorioso de la civilización grecorromana llega a un punto final? ¿Quién podía dar una respuesta a estos cambios culturales? Lo pagano se quedó sin respuesta; mas ésta vino del cristianismo, el cual no sólo fue al encuentro de las nuevas exigencias, sino que también las potenció.

El elemento que centra la civilización pagana antigua era la polis: la ciudad-Estado. La relación del ciudadano con su ciudad era directa. El hombre, según Aristóteles, era un “animal político”. No se concebía un hombre sin ser miembro de su ciudad. Pero este concepto va cambiando a medida que transcurre el Imperio romano, pues todo el mundo conocido llegará a convertirse en una enorme ciudad-Estado. Todo habitante del Imperio es un ciudadano romano. Un antioqueno, un alejandrino, un hispano... eran, antes de nada, ciudadanos romanos. La unidad mediterránea forjaba una mentalidad cosmopolita que se abría a ideales de universalismo. Pero, por otra parte, esta unidad mediterránea que construyó Roma comportaba una centralización de poder. El emperador era el todo: era la ley, nada se le discutía, todo cuanto le rodeaba era sagrado. Todo su aparato fue creciendo con el tiempo. Para defender este vastísimo imperio se necesitaba un ejército enorme, lo cual significaba gran necesidad de dinero y, por ello, una enorme fiscalidad —una fiscalidad como la del Imperio romano es muy difícil encontrarla a lo largo de la historia de la humanidad—. Esto produjo una desafección del ciudadano respecto al Estado. Se reduce, pues, la dimensión política del hombre, su interés por la cosa pública, y crece la dimensión privada —la preocupación por la familia, por el estado del bienestar4—.

Renace el problema de Dios, el cual es sentido de dos maneras: desde el hombre de la cultura y desde el hombre del pueblo. Para el hombre de la cultura se trataba de un problema filosófico práctico. El neoplatonismo, filosofía imperante en este momento, cifra su pensamiento sobre el comportamiento del hombre; desciende a lo práctico: qué es lo que se debe hacer. Es una filosofía ética. Filósofo era aquél que vivía con un alto grado de moralidad. Así, las obras de Plotino contienen un gran nivel espiritual y moral.

Para el hombre del pueblo, sin embargo, el problema de Dios se le presentaba en conexión con la salvación. ¿Cómo responde este hombre a su ansia de salvación? Lo hace acudiendo a la magia y a la superstición. Sin embargo, el tradicional culto a los dioses ya no le dice nada, lo siente como algo frío; vinculado este culto, además, a un Estado que el ciudadano ya no siente como central en su vida5. Surge una nueva exigencia de salvación6, de vivir la relación con Dios, y que no encuentra respuesta en los ritos paganos, más sí en el cristianismo7. Éste traía el signo de una novedad absoluta: la capacidad de creer por gracia —y no ya por el esfuerzo de unos pocos intelectuales— en el Dios uno y personal; y la salvación obtenida serenamente por la mediación sacramental —y no por turbias prácticas mágicas.   Estas características esenciales, junto con un vivo sentido de Iglesia Una —realización concreta del universalismo sentido en aquella época—, llegan a convertirse en factores de cohesión en el tejido social del Imperio. Bastaría para que el emperador del mundo hasta ahora conocido fuese inscrito en esta sociedad “universal”, para que se recuperase en profundidad la dimensión sacra del Estado.

III. La Antigüedad Tardía

Edward Gibbon, en su libro Decadencia y caída del Imperio Romano —1776-1788—, condensa las tesis contrarias al cristianismo propias del Siglo de las luces, en esta frase: «Hemos asistido al triunfo de la religión y de la barbarie» —términos sinónimos para este autor—.

Acusan al cristianismo de haber sido el responsable de aniquilar una civilización pujante; y esto es un grave error histórico, pues la civilización clásica pagana estaba en declive. El nuevo período no se construye sobre las cenizas de la romanidad, sino sobre las cenizas de la paganidad. La civilización clásica pagana estaba en crisis y sin respuestas. Si no hubiera existido el cristianismo, otra realidad hubiera conducido esa crisis en respuesta a una situación decadente. Será el cristianismo quien responda y quien dé contenido al Imperio durante su crisis. De hecho el cristianismo influyó en muchos aspectos: actúa fuertemente contra las perversiones paganas; influye sobre las instituciones y las leyes; y salva esos grandes valores de la romanidad. Este período, llamado peyorativamente Bajo Imperio fue subestimado en el Renacimiento y en tiempo de los ilustrados. Jacob Burckhardt sólo ve en su Constantin —1853— una manifestación de senilidad y decadencia del mundo antiguo. Según estos autores decimonónicos, gracias al Renacimiento revivió esa cultura clásica aplastada en el siglo IV por el cristianismo; sin embargo, el Renacimiento no hubiera sido posible si los valores clásicos no hubieran estado presentes a lo largo de los siglos precedentes para poder ser retomados —toda la actividad copista de los monasterios medievales fue trascendental—. En el Medievo y en el Renacimiento se contacta con la romanidad gracias a los grandes hombres cristianos de la Antigüedad tardía9.

Por fin en nuestro siglo se ha conseguido revalorizar este período tan rico como desconocido. El período que nos proponemos estudiar, llamado Antigüedad tardía, «no es solamente la última fase de un desarrollo continuo, sino otra Antigüedad, otra civilización, que hay que aprender a reconocer en su originalidad y a juzgar por sí misma y no a través de los cánones de anteriores edades». Tanto el derecho como el arte son diferentes de los períodos anteriores, lo cual lo supieron captar los mismos contemporáneos. Así, por ejemplo, Juliano el Apóstata reprochará a Constantino el haber sido un revolucionario en materia legislativa, echando por tierra la tradición del pasado, la legislación antigua. La actividad legislativa fue de una prodigiosa fecundidad, de tal manera que necesitó ser reunida en los distintos códigos legislativos: el Código teodosiano (promulgado en el 429), las Novelas de Teodosio II y de Valentiniano III, y el Código Justiniano (año 528).

Un nuevo espíritu se manifiesta en los más diversos campos: desde las técnicas más materiales y las formas más exteriores de la existencia cotidiana12, hasta la más secreta estructura de la mentalidad colectiva. Claro que el cristianismo influye en la muerte de algo tan esencial para aquella cultura romana como era el paganismo; pero, sin embargo, el cristianismo salva la romanidad.

Mata al paganismo, pero salva la romanidad —es como ese educador que cercena los valores negativos en el educando y suscita el desarrollo de los positivos—. Y no solamente ha salvado ese valor de la romanidad, sino que lo ha elevado. El cristianismo, en el interior de esa fuerza histórica de cambio, salva ese elemento fundamental llamado a pervivir: la romanidad. Y lo salva porque lleva dentro de sí un elemento esencial que trasciende la propia historia, pero que se encarna en ella.

Aquella nueva concepción de la vida era, en esencia, expresión de una fe religiosa, y en cuanto tal, exaltó la religión como “el problema de los problemas”. El emperador Graciano se dejaba absorber noche y día por indagaciones teológicas: los libros De fide y De Spiritu Sancto salían de la pluma de Ambrosio como respuesta a Graciano. Toda la Patrística fue una respuesta a una necesidad de su tiempo. Hasta el pulular de las herejías nos da a conocer la pasión religiosa de aquella época, como lo confirma la participación —a veces tumultuosa— del pueblo en las elecciones de los obispos.

Todo esto, sin embargo, no constituye más que el fondo de un conjunto de acontecimientos, entre los cuales no faltaron errores —y pecados—, tampoco condicionamientos que derivaron en aquel cristianismo por el contexto del tiempo. Así el historiador debe saber mirar además los inevitables intereses políticos que marcaron la concepción religiosa del Estado en la época de Constantino y de Teodosio, recogiendo, no obstante, la inspiración auténtica que deriva de la fe —sincera— en Dios como supremo rector del mundo.
El verdadero sentido religioso fue a la par con aquél con el que los cristianos afrontaron los candentes problemas sociales de la época.

Se trató siempre de comportamientos que iban en la dirección de una renovación cristiana de las instituciones, aunque, como es evidente, al paso “paciente” de la historia. Si pensamos, por ejemplo, en la acción desarrollada por la Iglesia antigua a favor de los esclavos, ella proclamó la igualdad humana frente al ius natural, redujo el derecho del dominus al derecho de obtener una prestación de trabajo, y de todos modos eliminó toda atrocidad y favoreció la manumissio —el poder dar la libertad al esclavo—. Entre los siglos IV y V el cristianismo dejará de ser una realidad ante todo urbana para convertir también el campo, con el establecimiento de innumerables iglesias. Los mismos pueblos bárbaros fueron también convertidos al cristianismo —aunque fuera al arrianismo en los primeros tiempos—.

Todo este proceso de cristianización no se hizo sin grandes esfuerzos y, como hemos dicho, muy lentamente. El contacto que los hombres del Bajo Imperio tuvieron con la violencia de los pueblos bárbaros, hacía que las costumbres se endureciesen. Asistimos a conversiones generales mucho más precoces, lo cual va unidos a la pervivencia de una mentalidad popular de religiosidad natural muy acendrada. Muchas costumbres de los bárbaros se perpetuaron incluso durante la Edad Media, como la costumbre del juramento y la invocación directa al juicio de Dios por la ordalía y el duelo judicial. Todo este panorama condujo a una situación eclesiástica predominantemente clerical y monástica, limitando la vida sacramental a una reducida elite de espirituales.

Con todas las trabas históricas, sin embargo el cristianismo fue, para la sociedad de estos tiempos difíciles que siguen a la caída del Imperio romano, un principio de progreso, de desarrollo espiritual y de cultura humana. Posiblemente la civilización escrita no hubiera pervivido sin la actuación benéfica de la Iglesia, la cual desarrolla toda una red de escuelas religiosas: primeramente la escuela monástica —a la cual los aristócratas llevarán también a sus hijos, abriéndose así los muros monacales al mundo exterior—, poco después la escuela episcopal —nace de la inquietud de los obispos por la formación de un clero culto, y será el embrión de la futura Universidad de los siglos XII y XIII— y, finalmente, la escuela parroquial —con la extensión del cristianismo por el mundo rural, los clérigos van formando a quienes serán sus sucesores en estas iglesias—. Gracias a la Iglesia, partiendo de la ruina en la que estaba sumida Occidente, atendemos a un nuevo comienzo, no sólo en el campo de las letras.

IV. El legado de la Antigüedad Tardía

«Los siglos de la Antigüedad tardía fueron calificados demasiado a menudo como un período de desintegración, de huida hacia el más allá, en donde las almas débiles, delicadas, “almas bellas”, se apartaban de la sociedad que se hundía a su alrededor para buscar refugio en otra ciudad, la ciudad celestial. Nada más lejos de la realidad. No ha existido nunca otro período de la historia de Europa que haya dejado a los siglos futuros tantas instituciones tan duraderas: los códigos de derecho romano, la consolidación de la estructura jerárquica de la Iglesia católica, el ideal de un Imperio cristiano, el monacato; desde Escocia hasta Etiopía, desde Madrid hasta Moscú, son muchos los hombres que han vivido esta imponente herencia y no han cesado de referirse a estas creaciones de la Antigüedad tardía para buscar en ellas la manera de organizar su vida en este mundo». El legado de la Antigüedad tardía es enorme.

A nivel teológico, se elabora y se fija el repertorio litúrgico, siendo sus textos la última obra maestra de las letras latinas, con un sorprendente dominio de los recursos de la lengua y de la retórica clásica. Nace en esta época el canto gregoriano y se organiza el ceremonial —con procesiones y movimientos de multitudes—. Esta época corresponde a la Edad de Oro de los Padres de la Iglesia, los grandes doctores que elaboraron lo esencial de la teología cristiana, de la disciplina eclesiástica y de la espiritualidad; ellos fueron los maestros del pensamiento de toda la civilización europea, tanto en Occidente como en Oriente, durante más de mil años.

En cuanto a los inventos técnicos, aparte de los ya citados más arriba —revolución en el vestido, invento del codex—, se inventaron máquinas cuya eficacia sabrán aprovechar los modernos: así, por ejemplo, la lámpara de soldar de Herón de Alejandría —el primer aparato que utiliza la fuerza motriz del vapor—, el órgano de tubos —accesorio obligado de todos los espectáculos y del ceremonial de la corte imperial (no entrará en las iglesias hasta los carolingios) — y el molino de agua.

A esto debemos añadir la continuidad de esta Antigüedad en Bizancio por un espacio de mil años más, con manifestaciones grandiosas en el arte —basta observar la magnificencia de Santa Sofía, iglesia consagrada a la Sabiduría, y cuya cúpula reta a las leyes de la gravedad; o el esplendor de los mosaicos dorados de las grandes iglesias; o la originalidad del icono, que llega hasta nuestros días en los países eslavos— y en el mundo del pensamiento —con autores cumbre como san Juan Damasceno (autor de una importantísima síntesis teológica), san Juan Clímaco (antepasado de la escuela de espiritualidad del hesicasmo) y san Máximo Confesor (paladín de la ortodoxia contra la herejía monotelita)—. Gracias a los bizantinos, nuestros humanistas accedieron al conocimiento del griego y sus clásicos, perdidos en Occidente tras el corte de los siglos V y VI. Los métodos y los programas de educación de la Antigüedad tardía se perpetuaron en Bizancio, y con ella la cultura clásica.

1 Dice que Flavio Clemente y Domitila fueron acusados y condenados por "ateísmo", lo que era crimen laesae maiestatis: esta es la principal acusación contra los cristianos en el siglo II.

2 La primera consecuencia arquitectónica es la construcción de las basílicas de San Pedro y de San Pablo.

3 H.I. Marrou, ¿Decadencia romana o antigüedad tardía? Siglos III-VI, Madrid 1980, p. 46.

4 Algo parecido a lo que ocurrió en mayo del ‘68: aquellos grandes ideales políticos de cambio social se han visto transformados en la actualidad por un giro a lo íntimo del hombre, a la individualización.

5 La época helenística, que corresponde a los tres primeros siglos de nuestra era, había ahondado en un personalismo e individualismo. Con relación a la época precedente, la helenística aparece como mucho más profana. El culto a los soberanos no será más que una de las manifestaciones de su confusión. Por contra, en la Antigüedad tardía el hombre mediterráneo se siente, ante todo, un hombre religioso. «Este nuevo tema que empieza pianissimo desde el siglo I de nuestra era, va aumentando progresivamente, se perfila con claridad en el siglo III y se convierte en dominante con el Bajo Imperio del siglo IV. Una vez más, las preocupaciones religiosas pasan a ocupar el primer plano de la existencia (...) Esta segunda religiosidad (...) es, por otro lado, claramente una nueva religiosidad: no se trata de un renacimiento o resurgimiento de la primera (...) Entre las ideas directrices que animaron la historia de nuestra Antigüedad tardía e inspiraron su arte, hay una que inicialmente llama la atención: la idea de Dios, que invade entonces el mundo mediterráneo. Escribimos Dios con mayúscula (...) para significar que hay que entender la palabra en el sentido en que judíos, cristianos y musulmanes, hemos aprendido a darle. La antigua religiosidad conocía lo divino, no a Dios» —Marrou, o.c., pp. 48-49—.

6 Cada vez cobra mayor relevancia el anhelo del hombre por el más allá, por una vida eterna que garantice su inmortalidad. Cierto que siempre el hombre había tenido esta inquietud, pero de una manera muy imprecisa: era la incertidumbre de una vida de las sombras, de los manes en el Hades —comparable al shéôl de los hebreos—. Sin embargo, ahora ya se habla de un lux perpetua, luz eterna, como el aspecto más importante de la existencia humana. Tomamos un aspecto concreto, el de los niños que mueren prematuramente: en el antiguo paganismo eran no sólo objeto de sufrimiento, sino de terror, pues a los que no morían a su hora, se les consideraba como fantasmas maléficos que, envidiosos de los vivos, más dichosos, se esforzaban por dañarles; en la Antigüedad tardía, sin embargo, se les considera dichosos, pues, no habiendo perdido su inocencia, no habiendo conocido el pecado, gozarían ante Dios —cf. Marrou, o.c., pp. 51-53.

7 «Obviamente, paganos y cristianos se enfrentan en muchos puntos: ¿es el alma una chispa divina, una parcela de la misma sustancia de Dios o, por el contrario, una criatura? A la vez se plantea agudamente el problema del cuerpo: la fe en la resurrección será una piedra de escándalo para los paganos ya desde los primeros tiempos (...) Pero estas divergencias radicales no impiden un gran número de coincidencias: para todos, el hombre —prescindamos ahora de si sólo su alma o también su cuerpo— venido a Dios, está hecho para Dios» —Marrou, o.c., p. 53—.

8 De hecho, la civilización de hoy se funda sobre la romanidad: el Derecho es heredero del Ius Romano; lo mismo la manera de escribir, de ordenar las ideas y el pensamiento.

9 Los grandes protagonistas del cristianismo en esta época son romanos hasta la médula. Su cultura clásica es profundísima: no pueden predicar sin citar a Virgilio, Séneca o Cicerón. En aquella cultura la Retórica era un valor en alza, algo importantísimo; no sólo se trataba de decir cosas, sino de decirlas bien. San Juan Crisóstomo, san Ambrosio, san Dámaso, los Capadocios, san Jerónimo, san Agustín... eran grandes retóricos —los emperadores gustaban de escucharlos, dejándose influir por la palabra y la vida de estos hombres extraordinarios—; eran hombres de una gran cultura clásica.

10 Así tenemos, a principios de siglo, a Dimitri V. Ailanov en San Petersburgo y a Alois Riegl en Viena.

11 Marrou, o.c., pág. 15.

12 El volumen —largos rectángulos de papiro o de pergamino enrollados en un cilindro, que había que ir desenrollando según se leía; se necesitaba de las dos manos para desenrollar y enrollar, e impedía hojear el ejemplar con rapidez— da paso al codex —el libro tal y como lo conocemos, compuesto por cuadernos cosidos, con la ventaja de crear obras compactas—. Otra transformación es la que concierne al vestido: se abandonan los paños amplios e inestables y se adopta el traje ajustado y cosido que conocemos en la actualidad.

13 «Por muy limitada que pueda parecernos la influencia del ideal evangélico sobre el derecho —a menudo tan cruel— y las costumbres —tan violentas— de estos tiempos revueltos, la civilización de la Antigüedad tardía se quiso a sí misma, intentó serlo, se pensó a sí misma, como una civilización cristiana» —Marrou, o.c., pp. 119-120—.

14 Para éstos y para otros aspectos, ver B. Bindi, Il diritto romano cristiano I, Milano 1952.

15 P. Brown, Religion and Society in the Age of saint-Augustine, Londres 1972, p. 13.

16 Marrou llega a intuir que «la generalización de la molinería a escala industrial habrá sido un factor importante, quizá, del declive de la esclavitud (...) y, seguramente, de la liberación de la mujer, descargada de esta manera de una de las tareas más penosas que le imponía la estructura de nuestras sociedades indoeuropeas de predominio masculino» —o.c., p. 125—.  

Capítulo XXV

Una Mirada Panorámica A Las Fuentes


I. Importancia de las fuentes. Doble procedencia de las fuentes
La historia no puede hacerse sin acudir a las fuentes. Estas fuentes son testimonios, y, como tales testimonios, pueden ser parciales.

 

Para el estudio de los tres primeros siglos del cristianismo, las fuentes son escasas. Pero en este período que estudiamos —especialmente en el siglo IV— son muy numerosas. La abundancia de los escritos de este período se debe probablemente al hecho de que en él la educación retórica era tenida en grandísima consideración y permitía subir fácilmente en la escala social. Hablar hoy de retórica presenta una gran carga peyorativa, mas en aquella época no era así. De hecho, la educación que se recibía entonces se dividía en dos grandes momentos: gramática —correspondería a la escuela media— y retórica —estudios ya universitarios—. Había no sólo que decir las cosas, sino decirlas bien. Y para expresarse bien había que tener un buen conocimiento de los clásicos. Los hombres eminentes tenían la posibilidad de llegar muy alto en la escala social. Esto ocurría así hasta que, a causa de las reformas de Diocleciano y de Constantino, se impuso un orden social más estable para garantizar las ganancias fiscales.

Naturalmente las obras de mayor interés para la historia de la Iglesia son aquéllas de carácter religioso. Mas conviene tener presente la importancia que para el mismo propósito revisten también los autores paganos: en primer lugar, ellos nos permiten conocer mejor el contexto histórico-político y cultural en el cual se desarrollan los acontecimientos de la Iglesia; en segundo lugar, a tales acontecimientos los mismos autores hacen a veces referencia, revelando así su punto de vista diverso. Cultura profana y cultura cristiana, en cambio, fueron tal vez muy cercanas entre ellas: el filósofo pagano Temistio, por ejemplo, estuvo al servicio de emperadores cristianos; y Juliano, antes de volverse pagano, había recibido una educación cristiana.

II. La historiografía

1. Historiografía cristiana

Poco después del Edicto de Milán, Lactancio, un cristiano converso, escribía De mortibus persecutorum, con el intento de demostrar que los emperadores perseguidores habían sido castigados por Dios con muerte atroz. No es una tesis aceptable. Las pocas noticias históricas sobre Constantino que se sacan de esta obra no son demasiado fiables.

Aunque un poco parciales, son más numerosas sin embargo las noticias que Eusebio, obispo de Cesarea de Palestina, nos suministra sobre Constantino. Éste fue autor de dos nuevos géneros literarios: la Crónica —que es una tabla cronológica, que nos ha llegado en siriaco y en la versión latina de Jerónimo, base para la medieval crónica cristiana universal— y la Historia Eclesiástica —terminada de componer antes del concilio de Nicea—. Más él se extiende sobre el emperador, especialmente en la Vida de Constantino, escrita en cuatro libros después del 337, y que en realidad es un panegírico, de cuya paternidad eusebiana se dudó en el pasado. Entre sus escritos de interés histórico están también el discurso para la dedicación, por parte de Constantino, de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén (335) y la Oración de los Tricenalios, pronunciada en el 336 con ocasión del trigésimo aniversario del reinado de Constantino.

En su conjunto, la figura de Constantino viene delineada por Eusebio como la de un modelo de emperador cristiano. En su Vida, se cuenta por primera vez la famosa historia de la visión tenida por Constantino antes de la batalla de Puente Milvio —aparece el símbolo del crismón y escucha unas palabras: «Con este signo vencerás»—.

También debemos a Eusebio gran número de cartas y de edictos imperiales, transcritos, como parece, de copias oficiales; y, sobre todo, una narración sobre el concilio de Nicea, que es la única que nos llega por testimonio ocular, remarcando los actos oficiales: en él, sin embargo, el autor, a causa de su simpatía por el arrianismo, evita pronunciarse sobre cuestiones doctrinales.

Digna de consideración es la concepción lineal que Eusebio tiene de la historia, como preparación al cristianismo y culminando en la segunda venida de Cristo. Tal idea lineal y optimista encuentra aplicación en la Crónica y viene ampliamente desarrollada en dos obras apologéticas: Praeparatio Evangélica y Demostratio Evangélica.
 Sobre el reinado de Constantino, en tanto, escribía también el pagano Prassagora, cuya historia, escrita en griego, no nos ha llegado íntegra.

Naturalmente, también los historiadores que escribieron después, tratando un período más largo, incluyeron la edad de Constantino.
Así, ante todo, los continuadores mismos de la Historia Eclesiástica de Eusebio: ya al final del siglo, Rufino traducía al latín y actualizaba la obra eusebiana; en los primeros decenios del siglo V, Sócrates y Sozómenos, juristas de Constantinopla, y Teodoreto, obispo de Ciro, la prolongaban en griego hasta su tiempo.

2. Historiografía pagana

Contemporáneamente se escribía historia profana. Ésta, sin embargo, a partir precisamente del siglo IV, manifiesta un declive definitivo, debido probablemente al “eclipse” de Roma y de su clase senatorial17. Hasta la mitad del siglo, de hecho, se producían breves compendios históricos en latín, como el De Caesaribus de Aurelio Vittore y el Breviarium de Eutropio. Para su brevedad, entre otras cosas, esta última obra manifiesta una tendencia anticristiana y exaltadora de los hombres paganos, y, sobre todo, una aversión de fondo hacia Constantino y una toma de posición muy marcada filojuliana: el autor había participado en la campaña persa de Juliano y había sido magister escrinii memoriae de Valente.

Obras no muy grandes en tamaño, escritas también por paganos, fueron De rebus bellicis y Notitia Dignitatum, de contenido del todo singular. El autor anónimo del primero, propone a los emperadores Valentiniano y Valente una serie de invenciones militares geniales, y acusa a Constantino por sus exorbitantes gastos públicos, que habrían debilitado la defensa del Imperio. La segunda es un anuario de la burocracia imperial, cuyo núcleo más antiguo, remontándose al siglo IV, llega paso a paso actualizado hasta el siglo siguiente, y nos hace conocer los varios títulos y las diversas funciones de aquel aparato público, con el que los hombres de la Iglesia debieron tratar con frecuencia. Muchos de estos cargos, en su organización, pasan tal cual a la estructura de la Iglesia.

Hasta el final del siglo IV no se dio como un revivir de la historia profana, con los Annales de Nicómaco Flaviano y las Res gestae de Ammiano Marcellino. El primero no nos ha llegado, pero sabemos —a través de algunas inscripciones de la época— que su autor, un senador pagano, se suicidó justo después de la victoria de Teodosio I sobre el usurpador Eugenio, en el 394; había considerado aquella batalla como un momento decisivo del encuentro entre cristianismo y paganismo, probablemente preconizando la supresión del cristianismo18. La segunda, escrita hacia el 390, aparece dotada de un vigor digno de la mejor tradición historiográfica. De la obra, que se remontaba a Tácito, queda tan sólo la parte que comienza con el año 354 —hasta el fin del reinado de Constancio II— y termina con la muerte de Valente en el 378. Es famoso su sarcasmo punzante contra el lujo de la clase senatorial de Roma —él era un griego de Antioquía que se habría trasladado a la capital y habría escrito en latín su obra—. Más fue un admirador de Juliano —al que habría seguido en la desafortunada expedición persa— y, naturalmente, no tiene gran amor hacia la Iglesia cristiana, poniendo de relieve la conducta incoherente de las facciones eclesiásticas. Sin embargo, demostró una cierta ecuanimidad en criticar hasta al mismo Juliano a propósito del decreto —él lo define como “decreto cruel”— con que el emperador «prohibió la enseñanza a los maestros de retórica y de gramática cristiana, a menos que se pasaran al culto de los dioses».

En los primeros decenios del siglo siguiente, Zósimo, un pagano de Constantinopla, escribe en griego la Historia Nueva —desde Augusto hasta el 410—; en ella Constantino era acusado de todas las desgracias arrojadas sobre el Imperio en aquel tiempo. Mas con Zósimo nos encontramos ya en esa fase de la historiografía que refleja de manera ostentosa la contraposición entre paganos y cristianos. Su obra, de hecho, se puede considerar una respuesta a la Historiae adversus paganos que en el 417-418 había escrito Orosio, presbítero hispano y alumno de san Agustín: después del saqueo de Roma (410) por parte de Alarico, se había lanzado contra los cristianos la grave acusación de haber causado, con sus ultrajes a los dioses antiguos, el desastre; por eso Orosio asume la defensa del cristianismo, componiendo a tal punto su obra en clave apologética: sostenía la visión providencialista de la historia, y la reconducción del mal a la culpa del hombre y al castigo de Dios —es la considerada historia de los “juicios de Dios”—.

Sobre otro plano, el gran tema del sentido de la historia venía trazado por Agustín en De Civitate Dei, una obra de profunda e iluminada meditación, solicitada también ella por la necesidad de explicar por qué Dios habría permitido el saqueo de Roma. No es propiamente un libro de historia, sino una reflexión sobre la historia.

III. Otros géneros

Distintos son los otros géneros literarios que prosperan paralelamente a la historiografía en el siglo IV y en los primeros decenios del V. En la producción de libelos —no son propiamente obras históricas, sino ensayos polémicos— ocupó un puesto singular el mismo emperador Juliano el Apóstata, componiendo en griego, entre otros, una sátira titulada Los Césares —contra Constantino—, una invectiva contra “los Galileos”, un himno al dios Sol, un opúsculo titulado El odiador del aburrimiento —con el que se defendía de las críticas de los Antioquenos—, y una famosa Carta a los atenienses.

1. Obras poéticas y panegíricos

Muy en boga estuvieron además las obras poéticas y, sobre todo, los panegíricos. Ausonio, poeta y rector de Burdeos, llega a prefecto del Pretorio y cónsul después de haber cubierto el encargo de tutor del futuro emperador Graciano. Sus múltiples composiciones son un ejemplo típico de cómo un intelectual de aquel período podía mantenerse equidistante entre el paganismo y el cristianismo. En Parentalia, sin embargo, Ausonio hace conocer con cuánto amor fue practicada por algunos de sus familiares la vida consagrada.

Claudiano, un alejandrino de lengua griega, se traslada a Roma, compone panegíricos en latín y poemas de alabanza a Estilicón y Honorio.

2. Género epistolar

Una importancia del todo singular revisten las epístolas. Conservadas en número importante, ellas son documentos inmediatos de las múltiples circunstancias del período. El voluminoso epistolario de Aurelio Símaco, por ejemplo, nos hace conocer el ambiente de los senadores bien vistos y prestigiosos. Más es sobre todo en ámbito cristiano —Ambrosio, Jerónimo, Juan Crisóstomo y otros— donde este género literario eleva a la expresión genuina las personalidades individuales.

3. Autobiografías y hagiografías

Este último aspecto emerge en manera del todo particular en las autobiografías. Juliano el Apóstata había compuesto una, en la que la narración de vivencias externas se conjugaba bien con una sincera manifestación de los sentimientos del alma. Mas fueron las Confesiones de Agustín —verdadera cumbre de la literatura mundial— las que llevaron a un primer plano la aguda introspección del corazón humano: la resistencia al reclamo de Dios, la reticencia a renunciar a la actividad sexual, el tormento de la investigación junto al amigo Alipio, la fuerza persuasiva del ejemplo de Antonio, y, por fin, la paz interior derivada de la conversión a la castidad cristiana y alegremente comunicada en el dulcísimo coloquio con su madre Mónica..., constituyen momentos elevadísimos de esta obra, que es también rica en profundas reflexiones filosóficas: sobre la memoria y la naturaleza del tiempo, por ejemplo, han mostrado la originalidad del pensamiento cristiano.

Pero fue sobre todo en el campo de las biografías donde viene a crearse una especie de “competición” entre cristianos y paganos. Se trataba de mostrar, a través de ejemplos concretos, la eficacia “moral” de las respectivas confesiones y concepciones de la vida.

Por parte de los cristianos, tal objetivo viene alcanzado con la creación del género hagiográfico: ellos, en efecto, intuyen como por instinto que tan solo en el “santo” la ejemplaridad de la vida cristiana puede ser oportunamente propuesta. Eusebio, que en la “Vida” de Constantino había probado un camino distinto, había fallado en el intento. Fue Atanasio, obispo de Alejandría en el 328, el genial iniciador de la gran tradición hagiográfica de la Iglesia, escribiendo la Vida de Antonio, el ermitaño egipcio muerto en el 356; se exaltaba la vida ascética —simbolizada por el desierto— y la capacidad del santo de concluir milagros.

La Vida de Antonio, en seguida traducida al latín, fue introducida en los círculos cristianos de Roma por Jerónimo, difundiendo el conocimiento del ideal monástico —Agustín confesará haber sentido inmediatamente fascinación por él—19. Y el mismo Jerónimo componía en latín la Vida de Hilarión y la Vida de Pablo —los dos ermitaños—, y aún la Vida de Malco.

Gregorio de Nisa, a su vez, escribía en griego la Vida de Macrina: hermana del mismo Gregorio y de Basilio, Macrina provenía de una familia de adinerados propietarios de tierras y había fundado una especie de comunidad religiosa en la casa de su familia en el Ponto.

Una experiencia similar ocurrirá después, en el 452, contada por Geroncio en la Vida de Melania la Joven —nos ha llegado en griego y en latín—: ella, a la edad de veinte años, había persuadido a su marido, Piniano, a renunciar a sus vastas propiedades, y había fundado en Jerusalén un monasterio, muriendo en 439. Estas últimas dos vidas atestiguan la consideración —que no se encuentra en la literatura pagana— de cómo las mujeres eran consideradas en el cristianismo. Supone una revolución cultural. Estas hagiografías representan además un buen ejemplo de texto hagiográfico en el que el tema ascético —“la vida angélica”— se combina con una gran cantidad de material histórico20.

Entre tanto, en los siglos IV y V, los paganos habían opuesto a los ejemplos cristianos sus propios “santos”. Ya Nicomaco Flaviano había traducido del griego al latín la Vida de Apolonio de Tiana, escrito en el siglo II por Filostrato. Otras “vidas” se compusieron, como la Vitae Sophistarum, de Eunapio. En realidad, estos héroes paganos eran más o menos escogidos entre los sabios, de los que se quería demostrar la conquista de la “vida divina” a través de la narración de maravillas: historias las más de las veces poco creíbles, sobre todo exaltaban el mérito personal y elitista, faltando el elemento que, en cambio, era esencial en las vidas de los santos, el de la iniciativa de la “gracia”, que entre otras cosas, hacía extremadamente populares los ejemplos propuestos.

4. Obras teológicas

Mas el campo en el que en sumo grado reluce el genio creativo de los escritores cristianos fue el de la teología. Solícitos por la exigencia de traducir en un lenguaje científico los contenidos de la fe —la base es siempre la Sagrada Escritura— y de explicitar su profundo valor en las múltiples circunstancias de la vida, así como forzados por la necesidad de combatir las posiciones heréticas difundidas, varios pastores, eminentes por su santidad y doctrina, dieron vida a aquella que suele llamarse “la edad de oro de la literatura patrística”. Una riqueza que no volveremos a ver ya más en toda la historia de la Iglesia. El dogma está en formación —el dogma trinitario; el dogma cristológico; la doctrina de la gracia y del libre albedrío; se ponen las bases de la mariología...— Y fueron latinos —como Jerónimo, Ambrosio, Agustín— y griegos —como Gregorio de Nisa, Gregorio de Nacianzo, Basilio, Juan Crisóstomo—: todos obispos y frecuentemente investidos desde el papel público de hombres de Estado.

Todas estas obras teológicas le vienen bien al historiador para conocer la doctrina, pero, sobre todo, para entender cómo se forma históricamente esa doctrina.

5. Discursos

Ellos escribieron también discursos sin par, juzgados entre las máximas composiciones de retórica del tiempo de Demóstenes —famoso el pronunciado en el 379 por Gregorio de Nacianzo ante la muerte de Basilio—: la elevada educación clásica que impregnaba esta obra, sin embargo venía admirablemente transformada en sabiduría cristiana.

6. Fuentes jurídicas

Tal fervor literario era, las más de las veces, expresión iluminada de una acción pastoral extremadamente concreta, desarrollada en un ambiente social que iba rápidamente —mas no siempre profundamente— cristianizándose por obra de las legislaciones favorables a la nueva religión. Frecuentemente solicitando ellos mismos —en sintonía con la temperatura espiritual de aquella época— los privilegios institucionales, los obispos se encontraban al mismo tiempo en la necesidad de guiar una grey expuesta a mil tentaciones temporales.
Los beneficios que pedían comportaban también sus riesgos: había clérigos que no intentaban más que acaparar ventajas temporales. El contexto es revisable con suficiente claridad a través de las fuentes jurídicas.
 
El Codex Theodosianus ante todo, realizado en Constantinopla entre el 429 y el 438 por iniciativa de Teodosio II —escrito en Constantinopla pero redactado en latín, lengua más apropiada que el griego para el Derecho—, transmite dos mil quinientas constituciones imperiales desde Constantino en adelante. Y otras del mismo período, escapadas a los recolectores teodosianos, venían después incluidas en el Codex Iustinianus. Siendo que el espectro de las cuestiones tratadas por tales legislaciones es evidentemente mucho más amplio que el campo relativo a las relaciones con la Iglesia —algunas leyes venían tratadas por los Códices Gregorianus y Hermogenianus, de edad diocleciana—, sin embargo, especialmente las leyes relativas a los aspectos sociales y económicos, ofrecen un cuadro —más o menos fiel— de los problemas con los que también la Iglesia debía hacer cuenta: así, por ejemplo, en la asistencia cotidiana de los humiliores y en la incansable acción moralizante contra los abusos cometidos por funcionarios y nobiles, paganos o cristianos, fueran lo que ellos fueran.

IV. Otras fuentes: numismática, inscripciones, arqueología.

Del resto, existen otras categorías de fuentes que ilustran, en términos a veces extremadamente concretos, estos mismos aspectos.
Las monedas, con todo, atestiguan entre otras cosas la difusión del solidus de oro —introducido por Constantino, mas puesto en uso para varios siglos—, que se relaciona con una estructura piramidal de la sociedad. Las inscripciones, también, iluminan de varias maneras.

Las honoríficas y las dedicatorias iluminan las carreras de los miembros de la clase senatorial. Las funerarias, restituidas a millares especialmente por las catacumbas, recuerdan condiciones de la vida concreta y reflejan mentalidades y valores estrechamente unidos a la fe. Esta última, por fin, se refleja también en el nuevo género de documentos epigráficos, que fueron las dedicatorias de las iglesias que se iban construyendo.

Mas es la documentación arqueológica la que expresa visiblemente la situación de aquella época. Ella advierte con inmediatez algunos rasgos sobresalientes, como la comodidad de los pocos que viven en las villae y la prosperidad de ciertas áreas urbanas. Dos notas revisten un significado de interés: la primera hace entender de hecho el carácter particular que en aquella época asumía la renuncia cristiana de tantos propietarios de tierras; la segunda permite coger la vivacidad de los ambientes culturales y sociales —tanto en Alejandría como en Antioquía, en Roma como en Constantinopla, y hasta en Atenas—, que hacían de trasfondo al pensamiento y a la acción de la Iglesia. Por otra parte, la floración del arte cristiano está directamente documentada por los repertorios —basta pensar en las basílicas, no pocas ya en edad constantiniana—.

Sólo tres decenios hacen que uno de los máximos estudiosos de la edad tardoantigua, A.H.M. Jones, no disponía de esta documentación “material”. Hoy ésta se impone a los estudiosos como punto de referencia constante. La historia de la Iglesia se beneficia de esta renovación científica y del poder evocador dado por las imágenes.

17 Para los romanos, hacer historia era un acto social; algo que interesaba sólo al Estado. El emperador ya no consulta a los senadores y, por ello, el Senado entra en crisis.

18 No debemos pensar en una conversión masiva del Imperio en poco tiempo. Las conversiones vinieron poco a poco, empezando por las ciudades. El campo fue más reacio y conservó las tradiciones religiosas antiguas. El campo era pagano y la mayoría de los habitantes del Imperio vivía en el campo. La historia de la Iglesia en estos siglos primeros se desarrolla en las grandes ciudades sobre todo.

19 En la historia de la Iglesia en la Antigüedad hay tres modelos de vida perfecta que corresponden a tres espiritualidades diferentes: el mártir, el obispo y el monje. La novedad de san Atanasio es que es el primero en escribir la vida de un monje. Espiritualidad de retiro del mundo para abrazar una vida de soledad y de lucha contra Satanás y contra sí mismo; cuanto más se renunciaba al mundo, tanto más heroica era esa vida. De hecho, el monaquismo nace en el desierto, en Egipto, y se expandirá a otras regiones desérticas de Siria, Arabia, Persia, etc.

20 No siempre será así, de tal manera que en seguida empezó a darse una enorme producción hagiográfica, especialmente en la edad bizantina, tendente a la glorificación de las iglesias locales; así se procedió a ennoblecer a los santos por ellas venerados.

Biblioteca Católica
Estos textos forman parte de  Documentos independientes para el estudio de la Historia de la Iglesia una colección de textos del dominio público y de copia permitida relacionados a la Historia de la Iglesia.

Recopilados, corregidos y revisados por: Manuel Rico Jorge. 






1

ABEL REYES TELLEZ on 29.01.2011. 13:44

EL SECRETARIO GENERAL DE LA ONU .BAN KI MOON RINDIO HOMENAJE A LAS MUJERES QUE SUFRIERON EL HOLOCAUSTO. El Secretario General de la ONU rindió un especial homenaje a las mujeres que sufrieron en el Holocausto en su mensaje por el Día Internacional para conmemorar a las víctimas de ese genocidio. Navi Pillay señaló que el 27 de enero es "un recordatorio de lo que puede ocurrir si se permite que se enconen los prejuicios, el odio y el racismo, o que sean utilizados deliberadamente como arma política". La Asamblea General de Naciones Unidas proclamó esa fecha como Día Internacional para conmemorar el asesinato sistemático de un tercio del pueblo judío, así como de miles de otras víctimas, como Roma, personas con discapacidades, homosexuales y comunistas. Ban Ki-moon destacó el papel fundamental que representaron las madres, hijas, abuelas, hermanas y tías que vieron cambiar sus vidas irrevocablemente, destruirse sus tradiciones y separarse a sus familias. Subrayó que a pesar de los horrendos actos de discriminación, privación, y crueldad que sufrieron, siempre resistieron e hicieron enormes sacrificios para mantener con vida a sus hijos. “Comprometámonos a crear un mundo donde estas atrocidades no se repitan. Sabemos que ese futuro no ha llegado aún ya que en todas partes del mundo mujeres y niñas siguen soportando la violencia, el abuso y la discriminación.”, dijo Ban. Cada 27 de enero se conmemora el aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau, el mayor campo nazi de la muerte. En esta fecha se recuerda a los millones de judíos, así como a los prisioneros de guerra y miembros de minorías que fueron sistemáticamente asesinados por los nazis y sus simpatizantes. Agregó que mantener vivo el recuerdo del Holocausto, y como ocurrió, puede y debe ayudar a la comunidad internacional a intervenir mucho antes para detener el creciente patrón de prejuicios que pueden conducir al genocidio. ABEL REYES TELLEZ PRESIDENTE NACIONAL PARTIDO SOCIAL CRITIANO NICARAGUENSE .PSC. TEOLOGO ESCRITOR CRISTIANO EMAIL.PSCNICARAGUA@HTMAIL.COM

2

ABEL REYES TELLEZ on 23.01.2010. 16:52

ISRAEL TIERRA DE PROMESAS.

Génesis 12:7 Apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó un altar a Jehová quien le había aparecido.

Génesis 35:11-13 Tambiém le dijo Dios: Yo soy el Dios omniponente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán a tus lomos. La tierra que he dado a Abraham y a Isaac, la daré a ti, y atu descendencia después de ti daré la tierra. Y se fue de él Dios, del lugar en donde había hablado con él.

Deuteronomio 1:8 Mirad, yo os he entregado la tierra; entrad y posee la tierra que Jehová juró a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, que les daría de ellos y a su desendencia después de ellos.

Deuteronomio 34:4 Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tú descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, más no pasarás allá.

Josué 1:11 Pasad por medio del campamento y mandad al pueblo, diciendo: Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán para entrar a poseer la tierra que Jehová vuestro Dios os da en posesión.

Salmos 54. Oh Dips, sálvame por tu nombre, y con tu poder defiéndeme. Oh Dios, oye mi oración; Escucha las razones de mi boca.

Porque extraños se han levantado contra mí, y hombres violententos buscan mi vida; No han puesto a Dios delante de sí.

He aquí Dios es el que me ayuda; El Señor está con los que sostiene mi vida.

El devoverá el mal a mis enemigos; Cortálos por tu verdad. Voluntariamente sacrificaré a ti; Alabaré tu nombre, oh Jehová, por que es bueno. Por que el me ha librado de toda angustia, y mis ojos han visto la ruina de mis enemigos.

GLORIA A ERETZ TZION V. YERUSHALAYIM

Abel Reyes Téllez. Presidente Nacional del Partido Social Cristiano Nicaraguense PSC. Historiador, Escritor Cristiano.

Dirección: Texaco Xolotlán 2c al oeste 1 1/2 al norte Loma de Chico Pelón Managua Nicaragua.

Tele-fax: (505)2249-3460

E-mail: pscnicaragua@hotmail.com

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