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SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN EUROPA OCCIDENTAL (IX- X)

29.08.2010. 07:18

Cruz Mediaval 
 
CAPITULO II
SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN EUROPA
OCCIDENTAL (IX- X)

 
1. INTRODUCCIÓN

 La iglesia está condicionada por la herencia de la antigüedad tardía y por la reforma carolingia. Podemos hablar de una iglesia occidental, netamente diversa de la Bizantina. Todas las iglesias territoriales de los diversos países se basan el mismo fundamento. En el interior del mundo occidental el cuadro general será bastante desigual a causa de la disminución o del aumento, de la decadencia o del ascenso de cada una de las iglesias territoriales.
           
Particularmente desastrosa es la situación el reino franco occidental, es decir, en la actual Francia. La caída del poder central conduce a los poderes regionales, a los duques y a los condes, a apoderarse de los bienes de la iglesia y de los monasterios. Mientras en el reino franco Oriental se puede constatar desde el comienzo una colaboración entre el rey y los obispos, en contra de los duques regionales.
            
En general podemos describir la situación de tal manera contenida en las formas de la doctrina, de las instituciones, del culto, de la pastoral y de la piedad, que no sufrieron cambios notables. Son frecuentes sínodos de varios tipos. La teología permanece bastante conservadora, mientras la disciplina de la Iglesia, que comprende: las disciplinas canónicas, los tribunales eclesiásticos, que son los sínodos parroquiales, como dicen los textos, los juicios sinodales. Los ritos litúrgicos y el calendario litúrgico estaban muy expuestos a cambio. No podemos olvidar lo dicho hasta ahora, ya que si estudiamos la iglesia en este momento oficialmente no había cambios, aunque en realidad los cambios referentes a la doctrina y a las instituciones generales de la iglesia son difíciles de verificar. Lo cierto es que por debajo se producían grandes cambios en la vida y en la praxis de la iglesia y sobre todo en la vida disciplinar. Todos estos cambios todavía no cuentan con un pensamiento o una reflexión, se presentan de modo pragmático, faltando una reflexión teológica sobre el significado de estos cambios.
           
En todo el imperio franco se había recibido total y definitivamente la liturgia romana, solamente en España sobrevivirá su propio rito Hispánico. Se da un largo proceso comenzado en tiempos merovingios, que fue forzado por los carolingios y que se concluye al inicio de nuestro período. La última transformación de la liturgia franco- romana (que es una mezcla de tradiciones diversas de la liturgia franca, galicana y romana) se producirá con el Sacramentario de Fulga del siglo X y el Pontifical romano- germánico de Maguncia, recopilado en torno al año 950. Fueron los países nórdicos de la tradición del imperio franco, los que dieron la forma definitiva a la liturgia romana, que será recogida incluso en Italia a finales del siglo X. Y como tal,  esta liturgia franco- romano- germánica, se mantendrá en la Iglesia hasta el Vaticano II.
           
La vida cotidiana eclesiástica se realizó sobre todo en las parroquias rurales. Estas parroquias se basaban económicamente sobre los bienes de la Iglesia, las llamadas "dotes", es decir lo que era necesario para abrir una parroquia, y sobre los diezmos que los parroquianos debían pagar.
           
En las ciudades era habitual la institución de comunidades de clérigos: el cabildo de la catedral, la colegiata de los canónigos y de las canónigas, continuando la "Institutio Aquisgranensis" del 816, surgida el sínodo de Aquisgrán donde se impuso una clara distinción entre la vida monástica, que debía seguir la Regla de San Benito, y los canónigos, que recibían del sínodo una Regla propia, la llamada "INSTITUTIO AQUISGRANENSIS".
           
Al comienzo de nuestro período hemos de señalar con respecto a las colegiatas o cabildos un desmembramiento de la propiedad, una distribución en pequeñas prebendas para cada canónigo. El primer paso de esta evolución, que naturalmente destruye la vida en común de los canónigos,  fue la división de los bienes que correspondían al obispo y que pertenecían al  cabildo. Los cabildos eran muy populares en el primer Medievo y son una de las características de la iglesia post-carolingia.
           
Uno de los derechos de la iglesia que tenían estas colegiatas y que también poseían las llamadas "piedi" (del latín Ples), eran iglesias con derechos de bautismo y sepultura, siendo las parroquias más importantes de una zona. Para conceder estos derechos particulares, el fundamento del derecho eclesiástico, era siempre el obispo de la diócesis. Se sostenía una constitución episcopalística con poquísimos contactos con Roma (concesión del palio al nuevo arzobispo), llevándose cabo en casos extremos de controversia en la propia parroquia o reino.

El poder del metropolitano estaba en declive en el siglo IX y el llamado "Xorepiscopos" se extingue definitivamente. Xorepiscopi es una palabra de origen griego que designa una institución de la Iglesia Oriental muy antigua. Etimológicamente significa "el obispo de las zonas rurales" diferenciado del obispo de la ciudad. Poco a poco llegará a ser una especie de obispo auxiliar y ahí es cuando comienzan las controversias y disputas porque iba contra la concepción de la teología del episcopado y de la diócesis de la Iglesia antigua y del primer Medievo tanto en Oriente como en Occidente. Según esta concepción cada diócesis sólo puede tener un obispo, ya que es considerado como el esposo de la Iglesia. A causa de todo ello se intenta reducir la dignidad del Xorepiscopo, por ejemplo negando su consagración episcopal y manteniendo que su dignidad estaría por encima de la de los demás clérigos pero sin llegar a la del obispo.

En Occidente encontramos por primera vez estos Xorepiscopos en la Iglesia anglosajona y de los misioneros anglosajones en el continente. Aquí había un problema dentro de la Iglesia anglosajona que quería ser muy fiel a los ritos de la iglesia romana en la cual sólo había dos unciones postbautismales; la segunda siempre era conferida por el obispo de Roma, por un obispo, nunca por un sacerdote. Cuando los anglosajones transfirieron este uso, en el Norte, tuvieron dificultades con las exenciones de las diócesis y por tanto no podían conferir la segunda unción a todos los bautizados porque las dimensiones de las diócesis eran muy grandes. Para remediar esta situación encontramos en la iglesia anglosajona tanto en Inglaterra como en el continente, la institución del Xorepiscopo, que tenía prácticamente el papel de un obispo auxiliar del momento actual.

En toda la iglesia Occidental encontramos también esta inclinación hacia el Xorepiscopo. Sobre todo el falsificador del Pseudo-Isidoro que es netamente contrario al Xorepiscopo. En este texto se quieren defender los derechos del sufragáneo contra el metropolitano, para no crear otra dificultad negaban la validez de la consagración episcopal de los Xorepiscopos y esto significaba el final de esta institución, lo cual se va a producir en nuestro período. Al final de la edad Media reaparecerá, pero faltará un nexo de unión, haciéndolo por la necesidad de las diócesis y ahora serán los obispos titulares, que son obispos auxiliares, pero es significativo que tienen el título de otra diócesis extinguidas, jurídicamente son obispos de otras diócesis, no de la propia.
Aparecerá la institución de los archidiáconos en las diócesis, que era necesariamente un sacerdote pero sin ordenación episcopal. Una fuente de renovación para toda la iglesia continuará siendo el monacato, a pesar de la decadencia en el siglo IX.

Todo unido hacia que la organización eclesiástica fuera sorprendentemente estable durante la ruina del imperio carolingio. Encontramos una formulación canonística de estas estructuras eclesiásticas en algunas obras canónicas, como por ejemplo colecciones como la de Regino de Prüm (906), perteneciente a un monasterio benedictino de Renania, que escribió un manual para los obispos, cuando estos hacen la visita pastoral, para los juicios que surgen durante estas visitas. Fue muy difundido el decreto del obispo Burcardo de Worms (+1025). Ambos documentos comprenden muchos elementos anteriores.

Este ordenamiento presenta sólo un aspecto de la Iglesia que permanece endosado en el marco político y social y los cambios la enfrentaron sobre ciertos aspectos de los principios sacramentales y jerárquicos, por lo que debemos evitar una visión únicamente eclesial de los fenómenos, así llegaríamos sólo a una espiritualización de la historia eclesiástica que no corresponde a la realidad.

La desaparición del poder carolingio llevará a un efecto contrario. En Francia se disminuye la supremacía eclesiástica del rey mientras en Alemania se intensificó. En ambos casos estos cambios favorecieron un nuevo avance del sistema de la Iglesia privada, que era más fuerte que nunca.

En las provincias francas agrarias con feudatarios territoriales, siempre más abundantes que en Italia, prácticamente todas la iglesias parroquiales rurales estaban bajo el régimen de la iglesia privada, naturalmente dependientes del clero rural del feudatario. Mientras las colegiatas y los monasterios a menudo estaban compuestos por nobles y no formaban parte del sistema de la iglesia privada. La concepción jurídica de la iglesia privada era normal que los sínodos de los obispos consideraron y trataron las iglesias y si podían también los monasterios a ellos unidos como iglesias propias, por tanto desaparecía aquella distinción que existía jurídicamente entre el derecho antiguo siempre afirmado del obispo, y el derecho patrimonial sobre las iglesias que de suyo son dos cosas diversas.

Junto a las iglesias privadas de los laicos se desarrolla una iglesia privada eclesiástica, clerical. En algunas regiones donde la autoridad del monarca era muy débil y muy lejana, la nobleza feudal intentó también apoderarse no sólo de las parroquias rurales y de los monasterios importantes como propiedad privada. Esto lo podemos constatar en un cierto período sobre todo en Francia y en Lorena, donde estos nobles llegan a ser abades laicos de los grandes monasterios, sin ninguna intención de vivir como monjes, ni en el monasterio. Así por ejemplo, Bernardo Plantapilosa, padre del fundador de Cluny, firmó sus documentos como "Comes et abas". Del mismo modo encontraremos en Francia en este período muchos documentos firmados por los nobles como "abas et comes" o "Abacomes". En el Sur de Francia los patrimonios diocesanos se encontraban en manos de las grandes familias aristocráticas, destruyéndose las bases financieras de las diócesis, llevando a la iglesia francesa a una situación desastrosa.
           
El resultado de los derechos sobre el patronato de la iglesia propia, el derecho del soberano sobre la iglesia de su reino, era fluido. La diferencia era enorme y bien conocida por los contemporáneos. El rey podía tener iglesias privadas como cualquier otro propietario y decidía sobre ellas. Pero sobre las iglesias superiores, obispados y grandes abadías, el rey ejercitó su supremacía, no como cualquier otro feudatario laico, sino como portador de una dignidad sagrada, que tenía un encargo eclesiástico (¿Qué significa la dignidad de la sacralidad real?); el rey no era considerado como jefe de un gobierno. Esta idea surgida en el reino carolingio no desapareció en la etapa sucesiva, surgiendo con especial fuerza en la lucha de las investiduras.
           
Podemos caracterizar la situación interna en este período como esencialmente episcopalística. Desde el punto de vista jurídico- eclesiástico la iglesia se presenta como un conjunto, podemos hablar incluso de una federación de iglesias territoriales. Cada una de estas iglesias transparentaba los acontecimientos políticos y culturales y del propio estado donde se encontraba. Esto vale también para las iglesias del antiguo territorio del imperio franco y para España, Inglaterra e Irlanda, donde sólo lentamente las iglesias llegaron a un ordenamiento propio. Las estructuras eclesiásticas de los países apenas cristianizados: principados eslavos, Hungría, Escandinavia, estaban todavía en plena fase de construcción.
           
Donde el ordenamiento carolingio continuó existiendo, las viejas instituciones jurídicas se desarrollaron. Típico para Alemania se presenta el hecho de que la inmunidad de los Obispados y grandes abadías, abadías imperiales, se desarrolla. La inmunidad consiste en exenciones jurídicas y fiscales, de modo que el funcionario del rey o del emperador no puede entrar en el ámbito de la institución, sin el permiso del abad o del obispo; garantiza también libertad del juicio de los condes en nombre del emperador. Esta inmunidad se desarrolla y se enriquece con los derechos soberanos, los llamados "regalía": derecho de tener mercado, acuñar monedas, derecho de aduanas.

Con el desarrollo de la inmunidad crece la importancia de otra institución, que tuvo su origen en la época carolingia, la "Avvocacia". Dado que el clero tenía prohibido llevar armas, Carlomagno había impuesto para los obispados y las abadías, esta institución de los avvocati, laicos que tenían la competencia de proteger los intereses de los eclesiásticos en el campo secular, y ejercitar la jurisdicción sobre los súbditos feudales, que en principio fue sólo una jurisdicción inferior y que en el siglo IX pasó a ser superior pudiendo incluso imponer penas capitales. Esta defensa se hacía con armas. Estarán presentes en todas las zonas del ex-imperio carolingio.
En origen el cargo de avvocato era temporal unido a los condes. Un siglo más tarde llegará a ser hereditario. Mientras el propio rey intenta mantener la avvocatia para los obispados, la avvocatia sobre los monasterios era muy ambicionada por la nobleza, ya que el avvocato llega a ser en último término el patrón del monasterio, disfrutando de ventajas personales, por ello en vez de defender al monasterio se aprovecha de él. Por todo esto la avvocatia llega a ser la causa de muchos abusos y numerosos litigios entre los monasterios y los propios avvocati, y por ello podemos constatar en nuestro período una tendencia de los monasterios para liberarse de los propios avvocati, buscando obtener de Roma o del propio rey algún privilegio para no tener avvocato. Las familias nobles lucharán por todo lo contrario.

La avvocatia era particularmente fuerte en Alemania y en el Norte de Francia. La reforma Gregoriana luchará entre otras cosas contra el sistema de la avvocatia.

La supremacía del rey sobre la Iglesia de su territorio se manifiesta sobre todo en el nombramiento de obispos y abades de los monasterios  imperiales. No obstante, el principio de una elección canónica del obispo, según el derecho antiguo, era del clero y el pueblo, o del abad por parte de la propia comunidad no fue nunca olvidado ni negado, sino más bien confirmado, aunque en la práctica se reduce a un consenso, aceptando el que propusiera el rey. Esta práctica se llevaba a cabo sin unas reglas fijas y daba al soberano o al señor feudal amplia posibilidad de intervenir en el acto de elección. Se debe estudiar en cada caso si el principio de la elección fue respetado o no. A la decisión sobre la persona seguía no sólo la consagración por parte del obispo sino la asignación del cargo por parte del rey o feudatario.

A la decisión sobre la persona elegida como obispo seguía la consagración por parte de un obispo, correspondiendo al arzobispo metropolitano este acto. Después el rey realizaba la asignación del cargo que también la realizaba el feudatario correspondiente. Esta asignación recibía el nombre de investidura. Este término es muy tardío y no lo encontramos todavía en nuestra época. Está cargado de simbolismo e incluía un juramento de fidelidad al soberano y conllevaba ciertas prestaciones económicas y militares que el rey esperaba recibir de los entes eclesiásticos, además de la obligación de orar por el soberano y por el bienestar del reino. Todas estas prestaciones se denominan "Servitium Regis" o "Servitium Regale" y que comprenden esencialmente las siguientes:

1- Gistum: Alojamiento temporal del rey y de su séquito cuando pasaban por una ciudad obispal o un monasterio. Era un peso económico enorme sobre todo si el rey no sólo se quedaba unos días sino algunas semanas.

2- Fodrum: Avituallamiento de estas personas y forraje para los caballos. Era un asunto muy importante sobre todo durante el invierno, ya que se debía tener suficiente forraje y comida para una eventualidad de este tipo.

3- Auxilium: Alojamiento de caballeros acorazados, debiendo acoger al ejército del rey en número, según las posibilidades económicas del lugar.
           
Todo esto lo esperaban los soberanos como contraprestación por los numerosos regalos que hacían a las diócesis y a los monasterios.
           
Poco a poco esta investidura  que se refería sobre todo al aspecto económico del beneficio eclesiástico, se va relacionando con la iglesia y el propio cargo, tanto más cuanto que el rey hace uso del bastón pastoral para la investidura, hasta finales del siglo IX. Más tarde encontramos una fórmula que comienza por "Accipe Aeclesia", referida no sólo a ciertos bienes para el mantenimiento y sostenimiento de una determinada institución eclesiástica sino "toma la iglesia". Esta investidura con bastón aparece a finales del siglo IX por vez primera. En el tiempo carolingio era suficiente un "praeceptum" del monarca, un documento referente a la consagración. Tenemos todavía algunos formularios que en parte derivan del período merovingio.
           
El anillo pastoral fue añadido como signo de investidura hacia la mitad del siglo XI.
           
Con la investidura se culminó la autocomprensión de la iglesia postcarolingia pero habiendo llegado a ser  pábulo de la lucha de las investiduras. Podemos ver en el simbolismo del rito de las investiduras como un uso del derecho alemán practicado desde tiempo en Occidente, se introducía en la esfera alta eclesiástica. El derecho alemán preveía siempre un cierto signo, un simbolismo cuando se confería un feudo a cualquier señor feudatario. Por ejemplo la concesión de un campo se simbolizaba con la concesión de un  "Fucsello"; en el sistema de las llamadas iglesias bajas, una capilla o iglesia parroquial, era concedida por el señor con la concesión de una cuerda de campana; en época carolingia pasará al sistemas de las iglesias altas, diócesis y grandes monasterios, confiriéndose también un bastón. Grandeza y eficacia son muy cercanas en la iglesia pre-Gregoriana
En cuanto al papado debemos estudiar los acontecimientos en el llamado siglo oscuro. ¿Cuál era el papel del papado para la Iglesia post-carolingia? ¿Era el centro de la unidad? (como afirman algunos estudiosos que aseveran que fue el único poder que no  se fracturó con el imperio franco). ¿Había llegado a ser insignificante, sin alguna importancia concreta para las iglesias territoriales? No es fácil encontrar una respuesta convincente y satisfactoria. Para aclararnos en este tema es necesario tener en cuenta el punto de partida, en el imperio franco. Tenemos el Pacto Ludoviciano (817) y la Constitutio Romana (824).
            
El primer documento es de Ludovico el pío, que había concedido al papa la autonomía sobre el Patrimonium Petri, y la libertad en la elección papal, conformándose con una simple indicación de voto. Esta autonomía dejó al papado sometido a las rivalidades de la nobleza de Roma.
           
La Constitutio es del rey Lotario I, hijo de Ludovico el pío, daba mayor relieve al derecho del soberano de intervenir en la elección papal. Esta solución era equilibrada para ambas partes. Con la ruptura del imperio cayó una columna de este equilibrio y la nobleza romana no tenía ningún interés  de favorecer el principio petrino apostólico del papado, que impedían sus intenciones de poder, la nobleza romana sólo tenía interés por tener control sobre la ciudad de Roma. Por esto es innegable una disminución de la irradiación papal romana en el período postcarolingio y esto favoreció la autonomía de los obispos metropolitanos, por lo que hemos hablado más arriba de un sistema episcopalístico en el período postcarolingio; por otra parte en toda la decadencia del imperio carolingio perduraba la unión con Roma instaurado desde el primer Medioevo y no se había abolido la devoción hacia San Pedro y sus sucesores, lo cual llegará a ser una base para retomar el papado en el futuro. No podemos afirmar exactamente cuál era la posición del papado en la época postcarolingia.

2. - IGLESIA IMPERIAL DEL REINO ALEMÁN.


           
Partiremos del rey Corrado I (+ 918) hasta el emperador Otón El Grande ó I (+ 973).

Señalamos las fuentes de este período:
•Para finales del S. IX, las fuentes son bastante raras.

•Al final del siglo IX encontramos los Annales Fuldenses (Ann. Fuld.), provienen del monasterio de Fulda, en el centro de Alemania, donde los reyes realizaban frecuentes visitas que servían para que los monjes estuviesen bien informados de lo que ocurría en el imperio.

•Annales Vedastini, considerados la otra parte de los fuldenses para el reino occidental.

•Va surgiendo la historiografía y dependeremos ahora de cronistas de la mitad del S. X como Adalberto de Magdeburgo, que escribirá la Continuatio Reginonis, y que llegará a ser el primer arzobispo de Magdeburgo, habiendo sido misionero en Rusia, muere en el 981. Escribió su crónica  como continuación de la de Reinone de Prüm, que se asemeja mucho a la historiografía carolingia.

•Liutprando, es el único representante de la cronística italiana hasta la mitad del S. X. Oriundo probablemente de Pavía, viajaba para el rey itálico Berengario II en el 949 a Constantinopla. Después se enfrentó con Berengario hasta llegar a la ruptura completa. Se refugió en la corte de Otón I quien le mandó de nuevo a Constantinopla en el 968. Morirá en el  972. Era un hombre culto y elocuente pero vanidoso, siendo un personaje insólito en la cronística de la edad media. Sus recuerdos son subjetivos hasta el exceso junto a un carácter biográfico y anecdótico. Todo esto vale para su obra mayor en seis libros llamada Antapodis que significa represalia o venganza y que dirige directamente contra Berengario II y su mujer Dila. Esta historia es muy imprecisa desde el punto de vista cronológico y abarcan desde el 878 al 950, en Italia, Alemania y Bizancio. Según las palabras del autor quería componer las empresas del emperador y de los reyes de toda  Europa, pero la obra sólo contiene noticias sobre Borgoña, Italia y Bizancio, de los reinos que él tenía conocimiento. Otra de sus obras es la Historia Otonis, que describe desde el ángulo visual de la corte imperial los hechos romanos entorno a la coronación de Otón I (960-964). De su viaje a Constantinopla del 968 y con recuerdos del viaje anterior escribe una obra titulada Legatio Constantinopolitana  con una tendencia antigriega sobre todo contra el emperador Focas.

•Vidukind de Corvey, de la gran abadía benedictina de Corvey situada en la zona de Sajonia, muere en el 973. Pertenecía a la alta aristocracia sajona y es el historiador de su pueblo, como lo fue 100 años antes Pablo diácono para los Longobardos. Sus tres libros Rex Geste Saxonice, son dedicados a la hija del emperador Otón I que era la abadesa del monasterio de Quedlinburg, Matilda; este monasterio era de canónigas, no de monjas. Los libros se comienzan con la saga del inicio del pueblo Sajón, siguiendo el mismo estilo de Pablo Diácono para Longobardos. Llegará hasta el año 967, ampliándose después hasta el 973. Es una historia nacional que recorre bondadosamente el encuentro de Otón I con Roma. Es significativo que la coronación imperial del 962 no se menciona con una sola palabra, siendo una táctica de desaprobación. La obra no revela ningún elemento sobre el estado monástico del autor.

•Para Francia en el dominio carolingio y de los primeros Capetos hemos de mencionar ante todo el canónigo de la catedral de Reims, Flodoardo muerto en el 966. Sus Annales comprenden el período entre el 919 y el 966. Es una buena fuente para el estudio del imperio, pero hemos de señalar que en este momento es muy difícil separar cuales son las fuentes que tratan de la historia eclesiástica de las de la historia política de los reinos occidentales.

•Más hermosos son los cuatro libros Historie  del monje Richer de Saint Remi, de Reims, escribe su obra después del 991 bajo las órdenes de su maestro Gelberto, futuro papa Silvetre II, realizando una historia del reino franco occidental, siendo menos fiable que la de Flodoardo, recogiendo noticias hasta el  995, con un suplemento hasta el  998. Tenemos todavía el manuscrito autógrafo del autor.

•Ademaro de Chabannes, otro gran cronista del reino franco occidental. Muerto en el 1034. Su obra se llama  Historia o Cronicum, y en ella quiere alejarse de la historia carolingia.

•Rodolfo il Labro, un monje que escribe una obra en cinco libros, muerto en el 1047. Su obra es una crónica de los grandes acontecimientos de la historia europea del siglo X y del incipiente siglo XI, de pronto interrumpida por la narración de anécdotas de carácter puramente local o personal. Es una historia bastante subjetiva pero preciosa y divertida, expresando las concepciones religiosas y políticas presentes en el Borgoña de su tiempo.

•Género literario de las vidas, muy desarrollado en la época otoniana, durando casi dos siglos. Junto a la hagiografía legendaria  hallamos biografías en un número cada vez más creciente.
            
Sobre las vidas de obispos podemos citar como ejemplos:
1-  Vita Brunonis, arzobispo de Colonia, escrita por su discípulo Ruotger.

2-  Vita Oudalrici, obispo de Augusta, escrita por el prepósito de la catedral de Augusta, Gerardo hacia el año 983-993.

3-  Diplomas de los reyes y emperadores de la época otoniana. (911-1002).

4-  Privilegios papales (ediciones anticuadas y dispersas).
5-  Para Italia tenemos el Cronicon  del monje Benito de San Andrés del Monte Sorrate. Su relación es confusa, escrita en un latín vulgar y no se puede equiparar a la obra de Liudprando de Cremona, es interesante por las propias noticias que nos trasmite, tomando una posición contra el senador romano Alberico II y contra el emperador Otón I, en favor del papado.

6-  El tratado anónimo Libellus de Imperatoria Potestate in Urbe Roma,  editado por primera vez en el S. XVI por historiadores luteranos, con una postura muy crítica contra el papado. El tratado habla de los derechos del emperador sobre Roma desde Constantino, el grande, hasta la muerte de Carlomagno, en el 880, hijo de Ludovico, el germánico, rey de Italia. Hoy los estudiosos tienden a datar este tratado a finales del S. IX, aunque Zucchetti lo data en la mitad del S. X. Este aspecto de la datación es importante ya que en el S. X intervendrá Otón I en Roma.

7-  Colecciones de cartas. Podemos citar dos: las treinta y tres cartas del obispo Raterio de Verona (+974). El Corpus de las cartas de Gerberto de Reims (+ 1003), futuro Papa Silvestre II, son 220 textos del 983-997. Son una fuente muy importante para el tiempo de Otón III.

3. - LOS MONASTERIOS E IGLESIAS EN EL REINO FRANCO ORIENTAL, REINO GERMÁNICO, DESDE CORRADO I A ENRIQUE I.
           
El primer rey de la zona franco Oriental unida, primer rey no carolingio, fue Corrado I (911-918). Será el primero en ser llamado "Regnum Teutonicum", reino tedesco. Poco después de su coronación ocurrida en el 911, en Noviembre, visitó en Navidad de ese año la abadía de San Gallo, próximo al lago de Constanza.
           

El monje Edgardo IV de San Gallo, unos decenios después de aquel evento ha realizado una descripción básica de esta visita, siguiendo la tradición de su monasterio, siendo una continuación de la historia del monasterio contenida en la obra Casus Sancti Galli  hasta el año 973, en un estilo claro y atrayente, pero con una tendencia contra los reformadores monásticos de su tiempo.
           

La visita de un rey no era una novedad en el monasterio de San Gallo. El emperador Carlos III, el grueso, último emperador de la familia carolingia, ya había venido al monasterio en el 883 y se había entretenido con un monje músico sobre cuestiones de música litúrgica, por la que estaba muy interesado. El monasterio de San Gallo tenía relaciones de muy alto rango, con muy buena información, por lo que llegó a ser no sólo un importante centro cultural, sino también político en su época.
           
Para Carlos III, el monje Notchiero el Balbuciente, había escrito los Gesta Carolimagni, que es una biografía de Carlomagno, en la cual se refleja la idea que se tenía del emperador cien años después de su muerte. Demuestra una evolución de los intereses sobre la persona de Carlomagno, centrándose en la descripción de un ideal cristiano para ser propuesto al rey de Francia Oriental y también de la Occidental de aquel momento. No es sólo una relación de los propios hechos, sino que hay muchas anécdotas que demuestran como el emperador ha llegado a ser una figura mítica, después de su muerte.
           
Edgardo IV, en su Cronicon, habla con gran naturaleza y desenvoltura del interés litúrgico del rey. Leyendo su obra podemos adivinar cuales eran las bases espirituales de la estricta colaboración entre el rey y el monasterio, pudiendo generalizarse para todos los reyes de esta época y todos los monasterios. El fin de la visita de Corrado I al monasterio era " la asunción del Frato Conscriptus entre los monjes". Fracto conscriptus Edgardo IV lo describe así:" el rey después de haber trascurrido serenamente la tarde y la noche, a la mañana siguiente se acercó a la reunión de los hermanos y se transforma en hermano escrito con el consenso de todos... Regalaba a cada hermano una libra de plata para que se procurasen hábitos nuevos, para los chicos decretó para ahora y en el futuro tres días de vacaciones para que pudiesen jugar".
           
Estos niños son los hijos ofrecidos por sus padres al monasterio durante el tiempo de preparación para monjes, práctica muy usual en la primera edad media, que ya estaba prevista en la Regla de San Benito; con siete años entraban en el monasterio y ya era entonces una profesión monástica, más bien una obligación de llegar a la profesión monástica. Es muy raro en la Edad media que un chico se revelara contra esta decisión paterna, ya que no hemos llegado todavía al periodo del individualismo. Era un medio para recibir una buena educación y evitar necesidades económicas.
           
Nos cuenta Edgardo que el rey adornaba el altar de la basílica con manteles. La inmunidad del monasterio, presente desde la época del abad Grimaldo, que no era del todo segura, fue concedida de forma definitiva y perpetua, con el consenso del obispo de Constanza con firma y sello. En su texto se nos muestra que la unión entre los monjes y el rey era un asunto bastante costoso para él. También nos cuenta que el obispo Salomón de Constanza, cuando llega a ser Frato inscripto, hace un regalo similar al sostenimiento anual de un monje.
           
La vida del monasterio era bastante alterada durante los días de la visita del rey, constituyendo también un gran gasto para el monasterio. También era ocasión de nuevas donaciones por parte del monarca y de diversión para los monjes. Edgardo nos describe la comida del rey con la comunidad.
            La visita de Corrado en Navidad no fue un capricho, el motivo preciso era la asunción de la confraternidad y la oración de los monjes. El rey podía contar con los sufragios de los monjes. Era una especie de aseguración que se refería sobre todo a la vida después de la muerte. Esta visita es un ejemplo para otros muchos  hechos particulares, el deseo de tantos soberanos durante muchos siglos de la edad media de ser admitidos a la comunidad fraterna de un monasterio, miraba al mismo tiempo a la inclusión de su nombre en un libro terrestre, y en uno celeste y por eso estos libros recibieron el nombre de Libri vitae, en relación con el libro de la vida que nos habla el Apocalipsis. El verdadero libro donde se encuentran los nombres de los bienaventurados está en el cielo, por eso el libro de la tierra es una especie de copia.
           
Últimamente se han estudiado mucho por parte de investigadores alemanes estos Libri confraternitatis y los necrológicos. Los primeros contienen los nombres de los hermanos vivos, de los benefactores que fueron admitidos, como son los reyes y los obispos. En segundo lugar tenemos los Obituarios o necrológicos que contienen los nombres de los hermanos muertos, siendo libros que servían para la memoria litúrgica, siendo necesarios para recordar durante la liturgia, al monje difunto o vivo por el que oraban un determinado día. Estos libros eran continuamente actualizados, continuados, rehechos totalmente.
Durante el gobierno de Corrado I se celebrará un importante sínodo en Hohen-Altheim en el 916. Era una asamblea de obispos francos, de Suavia y Bávaros, pero no de Sajones. Todos ellos procedían de los tres ducados que sostenían al rey Corrado I. El lugar de la celebración facilitaba el acceso a los obispos de estos tres ducados al encontrase en el lugar central.

En este sínodo, que no destaca por ser el primero de un nuevo estado alemán, cuanto por ser la expresión concreta de la colaboración de la iglesia con  el rey. De 22 obispos de su reino faltaban sólo 9. También acudió un legado del papa Juan X. El sínodo se celebró al estilo de los sínodos carolingios, en una situación difícil para el rey, la resistencia y oposición de los nobles, sobre todo de los duques de su reino. El rey intentará activar el episcopado como contrapeso contra el poder laico, apoyándose sobre el episcopado, sobre la Iglesia. De hecho este sínodo se ha declarado decididamente detrás del rey, contra el egoísmo de las potencias particulares. El sínodo condenó a aquellos dos que levantaron la mano contra la unción del señor, lo cual es una referencia al A.T., que no es nueva porque ya los carolingios la hacían. Los dos nobles rebeldes fueron condenados a reclusión perpetua en un monasterio. También este era un procedimiento usual de los carolingios.

El sínodo demuestra que en tiempos de Corrado I la iglesia de su reino, iglesia territorial, estaba decidida a colaborar con el soberano, que era el garante de la unidad del reino contra todo particularismo. También es de señalar el papel del papa mediante la presencia de un legado. Las relaciones con Roma no se habían desatado, sino que a los ojos del papa, el rey es y permanece como el centro de la organización eclesiástica de su reino. También para Roma el jefe de la iglesia territorial del reino es el rey. Lo más sorprendente es el influjo del papa Juan X, que había intentado una irradiación fuera de la ciudad de Roma, y que es mayor de lo que se pensaba hasta hace pocas fechas. Al publicarse recientemente las fuentes del sínodo se ha descubierto que fue utilizado el texto del Pseudoisidoro, haciéndonos pensar que fue el legado romano el que llevó el texto desde Roma, todo lo cual amplia mucho más la influencia papal sobre este concilio.

El apoyo de los obispos a Corrado I tiene poca influencia sobre las posiciones del rey, que morirá en el 918. Fue sepultado en el monasterio de Fulda. Poco antes de morir envió las insignias reales al más temido de sus adversarios, el duque Enrique de Sajonia, designándole como su sucesor. Era un gesto generoso y al mismo tiempo, políticamente, el mejor de los posibles. Destinar al gran adversario como sucesor. Todo esto nos lo contará Widukindo de Corvey en su obra Gesta dei saxone , donde nos refiere como Corrado I mandará a su hermano Eberardo a ver a Enrique portándole todos los tesoros, haciendo la paz con él y ganándose una amistad que mantuvo durante toda su vida. Después Eberardo proclamará públicamente ante la nobleza reunida a Enrique como sucesor al trono, según los deseos de su hermano Corrado. Este era un cambio cualitativo ya que por vez primera pasará el gobierno a una familia totalmente distante de los carolingios, los sajones.

Enrique I (919-936) pertenecía a las más noble familia sajona, los Lindolfingue,  siendo la misma familia a la que pertenecía el emperador Otón. Los contemporáneos con él por primera vez que el reino no estará más en manos de los francos. A partir de ahora el nuevo pueblo estatal serán los sajones, que dominarán a todos los demás. Enrique I comenzará su gobierno con mucha prudencia, se presentará como primer duque entre los demás príncipes, es decir "primus inter pares". No tenemos constancia de ninguna coronación. El arzobispo de Maguncia, el primer obispo del reino franco oriental le propone la unción solemne pero Enrique la rechaza.

4.- RELACIONES DEL PRIMER REY NO CAROLINGIO DEL REINO GERMÁNICO-TEUTÓNICO CON LA IGLESIA.
           
Este reino del que estamos hablando, y que llegará a ser Alemania, todavía no tiene un nombre definido. Los intentos de los cronistas de dar un nombre a la zona del Imperio franco oriental, que no será más carolingio, intentan remediarlos con los nombres de Sajonia y Franconia, y otros parecidos, pero no apareciendo todavía un nombre claro. Por eso se hablará de Reino Germánico o Teutónico, sabiendo que para este período es un anacronismo. El nombre "Teutónico", aparece por primera vez en las Cartas de Gregorio VII contra Enrique IV y con un sentido peyorativo. Entre los Otones a esta parte se le llamaba sencillamente, Imperium o Regnum.
           
Estudiamos los acontecimientos de la Iglesia germánica, que llegará a ser imperial con los Otones, por ser la más influyente en este período para la marcha de la Iglesia occidental en general e incluso para el papado. También lo hacemos porque esta Iglesia territorial es representativa de todas aquellas iglesias occidentales que viven más o menos de la herencia carolingia.
           
Del reino de Corrado I (911-918), ya hemos mencionado su visita al Monasterio de San Gallo, donde fue admitido como "Frato Conscriptus" entre los monjes. Sería una equivocación imaginarse a los reyes y emperadores de la Alta Edad Media, como hombres que fingen ser hombres religiosos para obtener ventajas políticas. No tenemos ninguna prueba de que estos soberanos hayan fingido creer.
            
La memoria litúrgica era para ellos, como para el resto de la población, un compromiso absolutamente serio y grave, lo cual no quiere decir que los príncipes de la Edad Media eran todos santos, al contrario, sabían que eran pecadores y no lo negaban
           
El segundo acontecimiento que hemos mencionado es el Sínodo de Hohen-Altheim (916), el cual demuestra cómo la Iglesia favorece la unidad de un reino contra las tendencias particularistas y separatistas, lo cual valdrá también para otros reinos. ¿Por qué la Iglesia, en general, ha favorecido la unidad de un reino, en vez de favorecer unidades más pequeñas, como ducados o ciertas regiones? En el caso que nos ocupa, el motivo moral es que los que alzan la mano contra el ungido por Señor, "Christum Domini", es decir, el Rey, son perjuros porque han jurado solemnemente la fidelidad al Rey. El Estado de la Alta Edad Media no es todavía abstracto, transpersonal, sino que está muy personalizado, es decir, el Estado está encarnado en determinadas personas. La organización del Estado consiste, concretamente, en la relación entre las personas, comenzando desde el Rey.
           
Por otro lado existía la conciencia de tener responsabilidad para todo el reino, lo cual se observa en el reproche del Sínodo con el asentimiento de los obispos sajones.
           
Son muy importantes las actas de este Sínodo. En ellas podemos encontrar cosas muy diversas, como por ejemplo una prohibición formal de la "Simonía", que constituye un antecedente muy válido de la lucha que más tarde llevará a cabo la reforma gregoriana, y que nos permite no hacer generalizaciones en este campo, ya que los obispos repetían constantemente la prohibición de este abuso y prevenían contra sus peligros
           
Como ya indicamos, Corrado I revelará la grandeza de su carácter, cuando en el lecho de muerte destinó como sucesor a su adversario político, el Duque Enrique de Sajonia, que llegará a ser rey en el 919. Su reinado se prolongará hasta el 936. Pertenecía a la familia Lindolfingue, la misma de los emperadores Otón I, II y III. Comenzará su gobierno con mucha prudencia, presentándose como primer duque entre otros príncipes, como "Primus inter pares". No tenemos noticia alguna sobre una coronación. El arzobispo de Maguncia, le propone una unción solemne para consagrarle rey. Enrique lo rechaza (según nos cuenta Widukindo de Corvey, por humildad). No todos aceptaron este rechazo de la coronación por parte de Enrique, sobre todo entre los eclesiásticos. Todo esto podemos verlo en la obra Vita Udalrrici , en ella se cuenta que una noche San Udalrrico, obispo de Augusta, tuvo una visión de la virgen y mártir Santa Afra, patrona de Augusta, que le había transportado a un sínodo celeste bajo la presidencia de San Pedro. Este le habría enseñado una espada sin empuñadura, identificándola con un rey sin bendición pontifical, ambos no sirven.
           
El rechazo de Enrique significa que no admitía las posiciones que en el Sínodo de Hohen-Altheim los obispos atribuían al rey, por lo que no estaba dispuesto a continuar la lucha contra los duques. Era una política, ante todo, muy prudente, modesta, no agresiva. Con condescendencias y concesiones, en vez de violencia, Enrique consiguió que incluso los principados del sur y oeste de su reino, Suavios, Bávaros y Lotaringios, lo reconociesen como su soberano.
            
Hay un hecho memorable que demuestra que Enrique I no era un soberano desinteresado de la religión y devoción de su tiempo y que destruye las teorías de aquellos que ven en él un rey laico, que no quiere relaciones ni tratados con la Iglesia y que por eso había prohibido la coronación y la unción por un obispo. Se encontró en Worms, en el 926, con el rey Rodolfo II de Alta Borgoña, obteniendo de él la "Sacra lancia", que según la leyenda es la que atravesó el costado del Señor en la cruz. A cambio de esta donación a Enrique, Rodolfo recibirá un alto precio, una gran parte de Suavia y la ciudad de Basilea con sus contornos. Esta lanza que Rodolfo había recibido como Rey de Italia del Conde Sansone, sería la lanza sagrada que Santa Elena encontraría junto a la Cruz del Señor. Hoy esta reliquia se encuentra en Viena. Hablaremos más adelante del significado religioso y político que posee.

Enrique ha adquirido la Lanza, que también se la ha considerado la de San Mauricio, el jefe de la legendaria Legión Tebaica, un célebre Santo guerrero. Era considerada una reliquia del Señor que daba la victoria. Según Liudprando de Cremona, Enrique debía sus victorias guerreras a esta Lanza. Hemos de pensar en primer lugar en la batalla victoriosa contra los húngaros en el 933, en un lugar no identificado, Riade, para la cual Enrique había escogido el 15 de marzo, fiesta de San Longinos, el soldado que según la leyenda atravesó con su lanza el corazón del Señor. Lo encontramos descrito en el Andapodosis de Liudprando, libro IV, cap. 25.

En el 929 Enrique había reforzado la idea de la unidad del reino, destinando a su hijo mayor, Otón, casado con una princesa inglesa, Edgith, su primera mujer, como su sucesor.

En la primavera del 928, confirmó el Rey Enrique I, en una dieta en Erfurt, la designación su hijo Otón como sucesor al trono, incluso contra la resistencia de su propia familia. Pocos meses después, Enrique, como dice Widukindo, "Maximus Regus Europei", muere el dos de julio del 936

5.- OTÓN I.
           
Comenzamos con la coronación real, que tendrá lugar en Aquisgrán en el 936. El acceso al trono de Otón I u Otón el Grande, se produce en el 936, cuando tenía 24 años. Significará un corte, incluso para la historia eclesiástica. Al contrario que su padre, Otón, aceptará una coronación y una unción, desarrollándose el evento en Aquisgrán, en la ciudad de Carlomagno. Widukindo nos lo cuenta de forma difusa en su Historia de los Sajones:
           
Otón al elegir Aquisgrán para su coronación, en la Iglesia Palatina, se unió así a la tradición franca-carolingia de manera abierta. Otón I como sucesor de Carlomagno. Con hábito franco fue elevado al trono el 7 de agosto del 936 por los grandes laicos, de los cuales aceptó el homenaje en el sentido de un encuentro con los vasallos. En la iglesia el pueblo aclamó al rey, elegido por Dios, ya designado por Enrique, y ahora, hecho rey por todos los señores. Sin el consentimiento de todos los señores no podía ser el sucesor, ya que no era un reino hereditario. Por tanto, una aclamación del pueblo, más concretamente de los grandes, guiada por el arzobispo Hildeberto de Maguncia. Siguió la entrega de las insignias reales, la unción y la coronación y, por último, la elevación al trono de Carlomagno. Después hubo una comida de ceremonia después de la misa de coronación, en la cual debieron de tener un papel muy importante concepciones culticas-rituales, siendo no sólo una comida festiva, sino que tenía un determinado significado cultual.
           
En la comida prestaron sus servicios los duques del reino: El Duque de Lotaringia hacía de "camarlengo", encargándose de todo lo necesario.
           
El Duque de Baviera, Arnolfo, era el responsable de los caballeros y de las acampadas. Será lo que más tarde recibirá el nombre de "mariscal", responsable de los caballeros. El Duque de Franconia, Eberardo, hacía de "copero", encargándose de las mesas.
           
Todos estos elementos serán tradicionales en todas las ceremonias de coronación del Imperio, hasta la última, la de José I (1774), en Francoforte y que nos describe Goethe en sus memorias. El propio ceremonial, realizado por primera vez en Aquisgrán en el 936, se fijará poco después en el Ordo de Magonza, en el famoso Pontifical Romano-Germanico, llegando a ser el modelo para toda la Edad Media, no sólo en el Imperio, sino en otros reinos
           
Relación con los obispos. Los obispos son considerados nuevos príncipes del Imperio. Años después de la Coronación, las relaciones con el Rey eran turbulentas. Había siempre nuevas rebeliones en el interior del Reino, en las cuales toman parte incluso parientes cercanos de Otón I. Sobre todo se revelaron los duques. Baviera aspiraba a más autonomía y reivindicaba incluso la supremacía sobre la Iglesia de su territorio. De hecho fueron puestos obispos en Baviera por parte del Duque hasta el 938.            

El hermano menor de Otón huyó a Lotaringia para organizar una cédula de oposición, que Otón eliminará en el 939. En el 941 se lleva a cabo un complot para asesinar a Otón en su palacio de Cueclinburg, en Sajonia, donde el acudía con mucha frecuencia. Escapó del atentado y pudo refugiarse en Lotaringia y allí intervenir en un asunto del Reino Franco Occidental, Francia, que fue decisivo para la ocupación de la sede Archiepiscopal de Reims. Incluso en Francia fue reconocida una cierta hegemonía de Otón como sucesor de Carlomagno.
          
En el 951 fue llamado a Italia, donde se presentó como el Rey de los Francos y de los Longobardos, a la manera de Carlomagno. Todo esto demuestra que Otón I no sólo se consideró el Rey de los Carolingios, sino que es considerado como tal por gran parte del Occidente. A pesar de todo, en Germania no desaparecían los rebeldes, siendo sus propios parientes los que se sublevaban. Su jefe era Liudolfo, nacido del primer matrimonio de Otón I. Estos hechos abrirán una gran crisis en el Reino en los años 953-954, con la rebelión de casi toda Germania. Se agravará la situación por el hecho de que en aquel momento los húngaros hicieron una nueva incursión, tanto en Germania como en Italia.
           
Al comienzo del gobierno de Otón I, tras las primeras insurrecciones de la alta aristocracia, había pensado poder confiar los ducados y las más altas responsabilidades, a miembros de la propia familia. Después del fracaso de esta idea,  cuando se reveló incluso la propia familia contra él, cambio de camino. A partir de entonces, Otón I se apoyará cada vez más sobre los obispos y sobre los abades, queriendo reforzar l poder regio con la ayuda de la Iglesia. Estas relaciones se intensificarán después de las rebeliones del 953-954. La importancia de la jerarquía eclesiástica no era nueva, existía ya desde hacía cinco siglos, pero Otón I ha dado a aquella colaboración una nueva cualidad.
           
Ya en el siglo IV, Ambrosio de Milán había asumido misiones diplomáticas de la corte. En la Galia los obispos habían tenido, desde el siglo V y hasta los primeros tiempos de los carolingios, un papel político en las principales ciudades francesas o galas. Los estados bajo el poder del propio obispo, serán asumidos por los carolingios, aunque con fatiga al comienzo, queriendo integrarlos en el propio estado franco. El estado obispal de tiempos merovingios, era el Ducado de Reccia bajo el obispo de Coira, siendo uno de los pocos conservados donde el obispo propio el Señor del Estado Obispal. Sólo en el 807, Carlomagno consiguió separar diócesis y ducados. Por otro lado, Carlomagno esperaba de los obispos y de los grandes abades de su imperio una estricta y leal colaboración, que comprendía, si fuese necesario, incluso el servicio militar.

Por todo lo dicho hasta ahora podemos afirmar que Otón I no ha inventado este sistema de colaboración con la Iglesia, pero sí lo ha perfeccionado. A causa de ello se habla con exageración de un sistema otoniano de la Iglesia imperial. Este sistema se apoya sobre la idea de que al Rey le corresponde una potestad suprema sobre los puestos olvidados de los obispados y las abadías importantes. De suyo, los obispados y los grandes monasterios eran dotados del derecho de soberanía, el cual no pertenecía al oficio espiritual de un obispo o de un abad, como jurisdicción, casos de los tribunales, derecho de acuñar moneda. Naturalmente de todo ello se esperaban las adecuadas contraprestaciones por parte de una iglesia tan privilegiada, siendo el célebre "Servitium regis".
           
El rey Germánico tenía la supremacía sobre todas las iglesias de su reino. Con esto se distingue por ejemplo de la iglesia francesa, donde la supremacía del rey se extiende en los siglos X y XI, pero sólo sobre 15 diócesis de 75, aunque esto no quiere decir que las otras diócesis fueran más libres sin este peso, al contrario. Las diócesis que no estaban en la zona de Lille de France, la zona que había quedado directamente bajo la soberanía del rey de Francia, ya sea carolingio o Capeto. Las otras diócesis caían en las manos de otros príncipes o nobles, que eran casi obispados privados,  siendo peor para las diócesis.
           
Los Otones nunca serán propietarios de los obispados, es decir, nunca tuvieron la supremacía. Los obispados pertenecían al propio imperio. Es cierto que el rey podía ejercer una influencia sobre la elección de los obispos y abades, pero no era fácil para él deponerlos si habían sido legítimamente designados.
           
Había dudas en la iglesia sobre esta estrecha colaboración entre Otón I y la propia iglesia. Las fuentes no critican abiertamente este desarrollo, pero si existen reacciones que nos hacen comprender que no todos aceptaban esta colaboración que llevaba a los obispos a comprometerse en los asuntos públicos. Hay una crítica directa en una carta del Arzobispo Guillermo de Maguncia, que es una de las pocas críticas abiertas en la disputa de estas relaciones. Guillermo pertenecía a la familia de Otón, siendo su hijo ilegítimo nacido antes del matrimonio de una mujer eslava.
            
En cuanto a la relación de Otón I con el episcopado de su reino, como ya hemos indicado más arriba, se intensificara sobre todo en el momento en que Liudolfo, el hijo del Rey, se revelará contra su padre. Este apoyo se extenderá hasta finales del 953, afirmando sus derechos reales. En la concepción del Rey,  los obispos eran más fiables que los príncipes laicos para las gestiones del reino, ya que estaban menos interesados por la propia instalación y no tenían una familia que debieran colocar.               Lo que se ha llamado el "Sistema otoniano de la Iglesia imperial", consistía en que los obispos del Imperio no sólo eran pastores, sino también duques y condes en el propio Imperio. La tradición conserva pocas fuentes críticas en el desarrollo de esta evolución, que habría tenido un influjo profundo sobre la vida de la Iglesia medieval, en particular en Alemania y en el Reino de Italia.
           
Ya hemos citado la Carta del Arzobispo Guillermo de Maguncia dirigida al Papa Agapito II en el 955. En ella escribe: "los duques y los condes se arrogan lo que compete al obispo; el obispo, lo que compete al duque y al conde". No podemos exagerar el contenido de esta crítica. El tenor de la Carta es más bien una protesta del Arzobispo contra una posible disminución de los derechos de su diócesis de Maguncia, a causa del proyecto de Otón I de erigir nuevas diócesis. De suyo el Arzobispo no era un opositor en principio contra la asunción por parte de los obispos de responsabilidades políticas del Imperio, lo cual se manifestará en el 962 cuando asciende al trono el joven Rey, Otón II.
           
Para comprender mejor el papel de los obispos en tiempos de Otón I partiremos de unas consideraciones sobre el ideal episcopal en el tiempo de los Otones. Otón I, cuando se rebelaron contra él los duques, sobre todo en el comienzo de su mandato, no sustituyó a los duques por obispos, con una sola excepción, el caso de su hermano Bruno.
            
Bruno era el consejero espiritual de Otón I, su confidente, representando como ningún otro eclesiástico de su tiempo la fusión entre reino e Iglesia, que es típico de aquella época. Nació en el 925, fue destinado desde la infancia a la carrera eclesiástica, recibiendo en la Escuela de la Catedral de Utrecht una óptima formación, completada más tarde por las enseñanzas del obispo Raterio de Verona, que había sido expulsado de su sede y vivía en Alemania. Su formación era la mejor posible en aquella época. En el 940 trabaja como Canciller de su hermano hasta el 953. Sus intervenciones, documentadas en los documentos, demuestran su creciente influjo político. También está documentado su gran interés por el monaquismo y por la vida espiritual. En el 951 llega ser Archicapellán, es decir, jefe de la Capilla curial de Otón I, que era el órgano administrativo supremo del Reino. En agosto del 953 es nombrado Arzobispo de Colonia, nombrado por su hermano. Poco después, en septiembre del 953, en el año fatídico de la rebelión de Liudolfo contra Otón I, el Rey le confió además el ducado de Lorena. Por este motivo su biógrafo, Routger, le llamará "Archiduque", siendo la primera vez que aparece este título, por la dificultad en describir exactamente el papel que desempeñaba el Arzobispo de Colonia, Bruno.
           
Hasta ahora Bruno ha intentado servir al mismo tiempo a la Iglesia y al Reino. El ha sido el que ha influido en el episcopado alemán a colaborar estrechamente con el Rey. En Colonia creo unas condiciones esenciales para conseguir esta finalidad del servicio del episcopado para el Reino y él mismo toma la dirección de la formación del clero alto bajo el Reino. Para ello creará una Escuela cerca de la Catedral de Colonia, la Escuela de la Formación del Episcopado Alemán. De este modo Bruno llega a ser el organizador de lo que se ha llamado el "Sistema de la Iglesia Imperial".
           
Durante la ausencia de Otón I en Italia en el 965, será Bruno, junto al Arzobispo Guillermo de Maguncia, el regente del Reino Alemán.
           
En Colonia fundó nuevos monasterios y colegiatas. Ante el peso de tanto trabajo, sus fuerzas se agotaron prematuramente y murió a la edad de 40 años, volviendo de una misión diplomática de Reims, el 11 de octubre del 965.
           
Significativa sobre su concepción del estudio es la visión de un clérigo, que nos cuenta un famoso cronista sajón, Thietmar, en su Crónica, (II, 16): Bruno estaba siendo acusado delante del trono de Cristo de haber dado demasiado espacio, demasiado interés, al estudio de la vana filosofía, y es defendido por el propio San Pablo.
            
En la obra contemporánea, Vita Brunonis, escrita por el monje de Colonia, Routger, se nos informa de manera fidedigna sobre la vida del Arzobispo y también sobre las ideas que dictaminaban su vida. Hace propaganda para el ideal episcopal del tiempo de los Otones y se esfuerza en justificar la implicación del obispo en los asuntos políticos. Rouger sentía el deber de defender el papel del obispo en el enfrentamiento con aquellos que eran críticos y no aceptaban el papel político del obispo. Aunque no tengamos testimonios directos, críticas abiertas, por lo menos las afirmaciones de Routger nos hacen adivinar que si existían críticas. La conclusión de Routger es definitiva: "Todo cuanto hizo Bruno fue honesto y útil para nuestro Estado".
           
En otros pasajes nos menciona factores más personales de Bruno: "El Arzobispo es fiel a la virtud sacerdotal, a pesar de sus compromisos políticos,...". Todo ello nos hace ver que el ideal del obispo era el ascético-monástico.
           
En el 954 aparecerán los húngaros en Alemania, volviendo a hacer otra incursión en el 955. En esta última ocasión asediaron la ciudad de Augusta. El obispo se ve obligado a organizar la resistencia de la población de Augusta. En la Vita Udalrrici, escrita por el sacerdote contemporáneo, Gerardo, se nos da una impresión sobre esta insólita actividad del obispo. Después de plantar cara a los húngaros en la batalla, en la que participará el propio obispo a caballo, pero sin coraza ni defensas de otro tipo, acudirá en su ayuda el Rey Otón con un ejército, que vencerá a los húngaros en la decisiva batalla del 11 de agosto del 955, cerca de la ciudad de Augusta, muy cerca de un pequeño río llamado Lech, por lo que la batalla será llamada de Lechfeld. Esta batalla no sólo fue una victoria para el reino germánico, sino para todo occidente, ya que hizo que los húngaros huyesen de otros países.

6.- SISTEMA OTONIANO DE LA IGLESIA IMPERIAL
           
Bajo Otón I y sus inmediatos sucesores reinaba a primera vista una simbiosis tan estrecha entre el Estado y la Iglesia, que muchos estudiosos, hasta el siglo pasado, vieron en esta colaboración la existencia de un sistema, una institución que unía a la Iglesia, más exactamente, a los obispos y a los grandes abades, la institución de la Iglesia, al servicio del Rey, por medio de una serie de procedimientos entre ambas partes, que encontraron su expresión simbólica en el acto de investidura.
Encontraban elementos muy vistosos:
1 En primer lugar que ninguna elección u ordenación de un obispo o un abad, era posible sin el consentimiento el soberano.

2 En segundo lugar, para ciertos candidatos, la elección preferida se dirigía hacia los miembros de Capilla de Corte, la institución suprema de administración entorno al propio soberano.

3 En tercer lugar, el candidato debía pertenecer a la alta aristocracia, que no era una condición absoluta, existiendo muchas excepciones, pero en general constatamos que todos los obispos y grandes abades pertenecían a la aristocracia.

4 En cuarto lugar, como cualquier fiel vasallo laico, el neo electo debía prestar homenaje al soberano, y un juramento de fidelidad. Eran dos actos distintos, pero unidos en un mismo rito. El homenaje se realizaba poniendo el vasallo sus manos entre las del soberano (rito que sobrevive aún hoy en la ordenación sacerdotal). Tan importante era el juramento de fidelidad, que vinculaba el vasallo al señor, en el sentido de no dañarle en ninguna circunstancia, que consistía fundamentalmente en un juramento negativo; no se prometían muchas cosas, sino que se prometía no dañar al propio señor. En esta época ningún obispo hacía un juramento de fidelidad al Papa, sólo se lo hacían al soberano. Hasta el siglo XI estos dos actos, homenaje y juramento de fidelidad, crean un vínculo personal muy intenso entre señor y vasallo, y por tanto, entre soberano y obispo.

5 En quinto lugar, la investidura del nuevo cargo por parte del Rey, mediante un acto simbólico, la consigna del báculo pastoral, y con Enrique III también del anillo. Esta investidura era una repetición de la que realizaba el Arzobispo correspondiente, en la que también se le entregaba al nuevo obispo el bastón pastoral.
 
6 En sexto lugar, los obispos y abades imperiales recibían en la investidura de parte del soberano donaciones de tierras, plena inmunidad y otras prerrogativas del poder público, prerrogativas y derechos que en línea de principio competen al soberano, y que son los llamados Ragalia : bosques, derechos de "telares" (para confeccionar trajes), derechos de acuñar monedas, de tener mercados,... Hasta el siglo XI e incluso más tarde recibían distritos administrativos, que llegarán a ser los núcleos del estado territorial eclesiástico del Imperio.

Pero en un primer momento se los confiaban por el bien del propio Reino. A cambio los obispos y abades imperiales estaban obligados al "Servitium Regis", que como ya indicamos comprendía varias prestaciones : alojamiento temporal de la corte real itinerante, ya que no había una capital, el Gistum ; los regalos anuales (Donna annuaria), que no eran dones arbitrarios, sino una especie de tasa ; formación de los militares para el ejército imperial ; comisiones diplomáticas y consulta política ; por último, sostenimiento religioso, mediante la oración y también apoyo moral en todas las cuestiones públicas.

La investigación alemana hasta el siglo pasado ha dedicado mucha atención a esta simbiosis entre el Estado Otoniano y la Iglesia Imperial, y se ha constatado la creación, por parte de Otón I, de un contrapeso efectivo contra el poder de la aristocracia laica, contra los duques y príncipes seculares.

Sobre todo se ha ocupado de este problema un estudioso austríaco. L. Santifaller. En 1964 ha dado la formulación definitiva a la doctrina tradicional sobre este asunto y su sistematización. Según este autor, este sistema, que él llama propiamente "Sistema Otoniano de la Iglesia Imperial", habría encontrado su culmen con la inclusión en él por parte de Otón I. El Rey habría sometido a Roma para poder controlar mejor al episcopado alemán mediante un Papa obediente al Emperador, en vez de un jefe eclesiástico independiente.

En los últimos años, esta visión sistemática de la relación entre el Imperio y la Iglesia ha sido cada vez más criticada. Podemos citar por ejemplo a un autor inglés, T. Reuter, que niega la existencia de este Sistema acusando a la investigación alemana de generalizaciones no justificadas. Hace notar que el apoyo dado por la Iglesia Imperial al Estado Otoniano, no era una particularidad alemana. Idénticas evoluciones se pueden identificar, siempre siguiendo la tradición carolingia, en Borgoña, en Francia, en Italia y también en Inglaterra.

La Iglesia Imperial Alemana no sería otra cosa que una Iglesia nacional como todas las demás.
Otro experto estudioso alemán, J. Fleckenstein, le ha replicado rápidamente afirmando que la Iglesia Imperial Alemana presenta características que ninguna otra iglesia nacional de aquella época evidencia, ni siquiera la iglesia carolingia, de la cual la Iglesia Imperial Otoniana es la heredera privilegiada. En particular es de constatar en la Iglesia Otoniana una mayor concentración, respecto al uso de los carolingios, de la corte en torno al soberano lo que determina un papel del Rey mucho más central de lo que lo era en el Reino Imperial Carolingio, incluso el centro administrativo entorno al Rey en la Capilla de Corte. También constata una fusión de competencias espirituales y temporales confiadas a los obispos, que era más estricta que en el caso de los obispos carolingios, con Carlomagno o Ludovico el Pío.

Para concluir diremos que la posición de Santifaller y de sus predecesores del siglo pasado, es sin duda exagerada:
1 La Iglesia Imperial no era de ningún modo un cómodo instrumento político en las manos del Emperador, como pensaban los historiadores alemanes nacionales del siglo pasado.

2 Es equivocada de manera particular la interpretación del papel del papado bajo los Otones.

3 Es mejor evitar el concepto de sistema cuando hablamos de la Iglesia Imperial, ya que este sistema no existía y las cosas eran mucho más fluidas, dependiendo de varias condiciones, incluso de varias personas. Como mucho había algunos usos, más o menos desarrolladas, en la colaboración entre la corte y la Iglesia, unas ciertas tradiciones.
 
4 La relación con otras iglesias regionales de la época, hemos de dar la razón a Reuter, era mínimo, pero los resultados hasta ahora obtenidos demuestran más bien la singularidad de la Iglesia Imperial, a la vez que revelan su carácter especial.

5 Faltan estudios sobre las Iglesias de otros países en este momento. No deben ser estudios personales de uno u otro obispo, aunque después serán la base para la estudio de estas Iglesias, sino que es necesario hacer estudios comparativos de los diversos episcopados. Estudiar en varios países cual era el papel y el comportamiento del episcopado. Sólo entonces podremos responder con certeza a la pregunta sobre el "sistema de la Iglesia Otoniana", si realmente era particular de esta Iglesia o por el contrario era una tendencia general de la Iglesia Occidental de este período.

Estos textos forman parte de  Documentos independientes para el estudio de la Historia de la Iglesia una colección de textos del dominio público y de copia permitida relacionados a la Historia de la Iglesia.

Recopilados, corregidos y revisados por Manuel Rico Jorge.
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España 

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