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LA TRAGEDIA Y LA GLORIA DE LA LIBERTAD

21.09.2011. 12:59

Luz para el creyente



25 – Septiembre – 2011
Domingo 26 del Tiempo Ordinario

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»”
Mateo 21,28-32

LA TRAGEDIA Y LA GLORIA DE LA LIBERTAD

Ya sabemos que es demasiado fácil dividir el mundo entre buenos y malos. Y más fácil todavía es considerar que la maldad y la bondad son fatales y definitivas. Se piensa con frecuencia que el malvado está destinado a serlo siempre y en todas partes. Y que el bueno lo será en todo tiempo y lugar.

Pero las cosas nunca son tan simples como parecen. El texto del profeta Ezequiel que hoy se lee en la liturgia dominical (Ez 18, 25-28), contempla la posibilidad de cambiar, tanto en una dirección como en la otra. El justo puede apartarse de su justicia. Y el malvado puede convertirse de su maldad. Ése es el drama y la gloria de la libertad.

Nunca deberíamos negar esa posibilidad de cambio. En ella se encuentra el criterio para calificar al ser humano. Y la clave para descubrir si la persona se encuentra en el camino de la vida o en el de la muerte. Elegir el mal equivale a optar por la una existencia mortecina. Decidirse a seguir el camino del bien significa apostar por la vida verdadera.

El evangelio de hoy  se sitúa  la línea de los dos domingos anteriores. En esta serie de tres domingos consecutivos (contando con el de hoy) que evocan la imagen de las viñas, en el de este tercer domingo se establece el contraste entre dos hijos. Los dos son invitados por su padre a ir a trabajar a la viña. Uno de ellos responde con un “no” rotundo, pero después se arrepiente y va. El otro se muestra obediente, pero no va.
Evidentemente, el evangelista tiene presente a los publicanos y pecadores de los primeros tiempos del cristianismo. Y también sin lugar a dudas  a los paganos. Estos son los hombres del “no”.  Aquellos que a primera vista, parecen rechazar la Ley de Dios, pero que son capaces de escuchar, de convertirse y de cambiar de actitud.

No hace falta mucha imaginación para descubrir esta figura hoy entre nosotros.

Pero continuemos, el evangelista parece pensar también en los fariseos. Son los hombres del “sí”.  Conocen la Ley y parecen observarla con toda precisión. Pero, precisamente su aparente fidelidad les hace incapaces de prestar atención a las exigencias de Dios. Confían demasiado en su propia bondad para dejarse interpelar por la llamada de Dios. A estos también los identificamos con facilidad hoy en nuestras comunidades cristianas, ¿o no es así?

De todas formas, queridos amigos, nuestra reflexión hoy no debe caer en un fácil moralismo. La parábola nos habla de las decisiones humanas. Pero, sobre todo,  nos recuerda la palabra de Dios que llama y envía.

“Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. No olvidemos la primera palabra. El dueño de la viña es un padre. No nos trata como a esclavos o jornaleros. Somos sus hijos. Su campo es el nuestro. Por tanto, su voluntad ha de ser la nuestra. En aceptar su voluntad está la clave de nuestra felicidad. Y la clave de una sociedad más humana.
“Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. El Padre nos envía porque quiere. No es nuestra voluntad la que marca los ritmos del trabajo en la Iglesia y en el mundo. Pero además, no olvidemos que nos envía “hoy”. La tarea no pertenece al pasado. Ni a un futuro inimaginable. Ahora somos llamados y ahora somos enviados. Ahora se espera nuestra respuesta.

“Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. En el lenguaje de los profetas, la viña representaba al pueblo de Israel. Jesús se identificó con una vid. Así que para la fe cristiana, la viña es la comunidad eclesial. Más aún, el mundo entero. Ése es nuestro campo de trabajo. Aceptar la voluntad y el envío del Padre es el signo de nuestra libertad.

Oración:
Señor Dios nuestro, tú conoces el  corazón de tus hijos. Danos la gracia de arrepentirnos de nuestra rebeldía y también de nuestra falsedad. Y ayúdanos a comprender que trabajar en tu viña es el mayor honor que podemos alcanzar. Te lo pedimos por tu Hijo Jesús, la vid verdadera, sin la cual no podemos dar frutos. Amén.
¡Bendito seas por siempre Señor!

Manuel Rico Jorge
Comunidad Parroquial Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España

 

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