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“La Mano de Dios”

02.06.2009. 12:59

¿Quién puede llevar a un reconocido médico abortista a convertirse en un fuerte defensor de la vida y abrazar las enseñanzas de Jesucristo?

Una vida Nueva

Este es el testimonio de Bernard Nathanson, el popular “rey del aborto”, su conversión al catolicismo resultaría inconcebible sin las plegarias que muchas personas elevaron a Dios pidiendo por él. “Estoy totalmente convencido de que sus oraciones fueron escuchadas por Él”, indicó emocionado Nathanson el día en que el Arzobispo de Nueva York, el fallecido Cardenal O´Connor, lo bautizó.

Hijo de un prestigioso médico judío especializado en ginecología, el Dr. Joey Nathanson, a quien el ambiente escéptico y liberal de la universidad hizo abdicar de su fe, Nathanson creció en un hogar sin fe y sin amor, donde imperaba demasiada malicia, conflictos y odio.

Bernard Nathanson siguió durante buena parte de su vida los pasos de su padre. Estudió medicina en la Universidad de McGill (Montreal), y en 1945 se enamoró de Ruth, una joven y guapa judía con quienes hicieron planes de matrimonio. La joven, sin embargo, quedó embarazada y cuando Bernard le escribió a su padre para consultarle la posibilidad de contraer matrimonio, éste le envió cinco billetes de 100 dólares junto con la recomendación de que eligiese entre abortar o ir a los Estados Unidos para casarse, poniendo en riesgo su brillante carrera como médico que le esperaba.

Bernard puso su carrera por delante y convenció a Ruth de que abortase. No la acompañó a la intervención abortiva y Ruth volvió sola a casa, en un taxi, con una fuerte hemorragia, estando a punto de perder la vida. Al recuperarse -casi milagrosamente- ambos terminaron su relación. “Ese fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió de excursión iniciadora al satánico mundo del aborto”, confesó el Dr. Nathanson años más tarde.

Testimonio:

Una vez  graduado, inicie mi residencia en un hospital judío. Después pase al Hospital de Mujeres de Nueva York donde sufrí personalmente la violencia del antisemitismo, y entre en contacto con el mundo del aborto clandestino. Para entonces ya había contraído matrimonio con una joven judía, tan superficial como yo, con la cual permanecí casado cerca de cuatro años y medio. En esas circunstancias conocí a Larry Lader, un médico a quien sólo le obsesionaba la idea de conseguir que la ley permitiese el aborto libre y barato. Para ello fundó, en 1969, la “Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto”, una asociación que intentaba culpabilizar a la Iglesia de cada muerte que se producía en los abortos clandestinos.

Pero fue en 1971 cuando me involucré directamente en la práctica de abortos. Las primeras clínicas abortistas de Nueva York comenzaban a explotar el negocio de la muerte programada, y en muchos casos su personal carecía de licencia del Estado o de garantías mínimas de seguridad. Tal fue el caso de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a punto de cerrar esta clínica cuando alguien me sugirió que podría ocuparme de su dirección y funcionamiento. Se daba la paradoja increíble de que, mientras estuve al frente de aquella clínica, en aquel lugar existía también un servicio de ginecología y obstetricia: es decir, se atendían partos normales al mismo tiempo que se practicaban abortos.

Por otra parte, yo desarrollaba una intensa actividad, dictando conferencias, celebrando encuentros con políticos y gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr que fuese ampliada la ley del aborto.

Estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el rey del aborto. Durante ese periodo, realicé más de 60.000 abortos, pero a finales de 1972, agotado, dimití de mi cargo en la clínica.

He abortado a los hijos no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores. Llegué incluso a abortar a mi propio hijo. A  mitad de la década de los sesenta dejé encinta a una mujer que me quería mucho. Ella quería seguir adelante con el embarazo  al cual yo me negué. Puesto que yo era uno de los expertos en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le expliqué. Y así lo hice. Sin embargo, a partir de ese suceso las cosas empezaron a cambiar. Dejé la clínica abortista y pasé a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología, el ultrasonido, hacía su aparición en el ámbito médico. El día en que  pude observar el corazón del feto en los monitores electrónicos, comencé a plantearme por vez primera “qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica”.

A partir de aquel momento decidí reconocer mi terrible error. En la revista médica The New England Journal of Medicine, escribí un artículo sobre mi experiencia con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida humana. Hice declaraciones como la siguiente: “el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el más craso tipo de evasión moral”.

Aquel artículo provocó una fuerte reacción y tanto mi familia como yo recibimos amenazas de muerte, pero la evidencia de que no podía continuar practicando abortos se impuso. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar: el aborto es un crimen.

Poco tiempo después, un nuevo experimento con los ultrasonidos me sirvió de material para un documental que llenó de admiración y horror al mundo. Se titulaba “El grito silencioso”, y sucedió en 1984 cuando  le pedí a un amigo  que por aquel entonces practicaba quince o quizás veinte abortos al día que colocase un aparato de ultrasonidos sobre la madre, grabando la intervención. Lo hizo y, cuando vio las cintas conmigo, quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto. Las cintas eran asombrosas, aunque no de muy buena calidad. Seleccioné la mejor y empecé a proyectarla en mis encuentros  por todo el país.

Había abandonado mi antigua profesión de “carnicero humano” pero aún me quedaba pendiente el camino de vuelta a Dios. Una primera ayuda me llegó de mi admirado profesor de la universidad, el psiquiatra Karl Stern. Transmitía una serenidad y una seguridad indefinibles. Entonces yo no sabía que en 1943, tras largos años de meditación, lectura y estudio, se había convertido al catolicismo. Stern poseía un secreto que yo había buscado durante toda mi vida: el secreto de la paz de Cristo.

El movimiento pro-vida me proporcionó el primer testimonio vivo de la fe y el amor de Dios. En 1989 asistí a una operación rescate en los alrededores de una clínica. El ambiente de los que allí se manifestaban pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos me conmovió: estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban. Los mismos medios de comunicación que cubrían el suceso y los policías que vigilaban, estaban asombrados de la actitud de esas personas. Quedé profundamente afectado y, por primera vez en toda mi vida de adulto empecé a considerar seriamente la noción de Dios, un Dios que había permitido que anduviera por todos los proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a través de su gracia.

Durante diez años, pasé por un periodo de transición. Sentí que el peso de mis abortos se hacía más gravoso y persistente pues me despertaba cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando a la oscuridad y esperando que se encendiera un mensaje declarándome inocente frente a un jurado invisible. En aquellos días calló en mis manos un libro “Las Confesiones”, de San Agustín, libro que califiqué tiempo despues como “alimento de primera necesidad”, convirtiéndose en mi libro más leído ya que San Agustín “hablaba del modo más completo de mi tormento existencial”; pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara el camino y estaba acosado por una negra desesperación que no remitía.

En esa situación no me faltó la tentación del suicidio, pero, por fortuna, decidí buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban: alcohol, tranquilizantes, libros de autoestima, consejeros, hasta llegar incluso al psicoanálisis, donde permanecí durante cuatro años.

El espíritu que animaba aquella manifestación próvida enderezó mi camino y comencé la búsqueda para volver a la casa del Padre. Empecé a conversar periódicamente con el Padre John McCloskey; no me resultaba fácil creer, pero lo contrario, permanecer en el agnosticismo, me conducía al abismo. Progresivamente fui descubriendo acompañado de alguien a quien importaban cada uno de los segundos de mi existencia. “Ya no estoy solo”. Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al que ahora me agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto.

Finalmente, el 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes, solemnidad de la Inmaculada Concepción, en la cripta de la Catedral de S. Patricio de Nueva York, me convertía en hijo de Dios. Entraba a formar parte del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O´Connor me administró los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Al final de la ceremonia, casi no podía hablar, era tal el cúmulo de sensaciones y de emociones que mis palabras fueron escuetas: No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí durante todos los años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han rezado tozuda y amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus oraciones han sido escuchadas. Y mis ojos se llenaron de lágrimas y no supe que más decir.

Un buen amigo mío pocos días más tarde compartía con migo como vivió él aquel momento, me decía: He experimentado con una evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace 2.000 años en un establo continúa transformando el mundo. El lunes  cundo te vi como caminabas hacia el altar. ¡Qué momento! Al igual que en el primer siglo... un judío converso caminando en las catacumbas para encontrar a Cristo. Las ironías abundan querido amigo. A tu lado caminaba tu madrina Joan, una de las más sobresalientes y conocidas defensoras del movimiento próvida... La escena me quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal O´Connor había una Cruz. Miré hacia la Cruz y me di cuenta de nuevo que lo que el Evangelio enseña es la verdad: la victoria está en Cristo.
Bernrd Nathanson
Nueva York

Había regresado a la casa del Padre él hijo prodigo. Bernard Nathanson nunca más volvería a alejarse de ella.

Con su testimonio Bernard es hoy uno de los muchísimos médicos y científicos que afirman que el aborto es “un crimen”. ¡Gloria al Señor!

Comentario: Manue Rico
Cmunidad Parroquial, Nuestra Señora de la Asunción
Casar de Cáceres
España

A continuación publicamos una carta dirigida al hermano que nunca nació. Esta carta es de un anónimo o anónima puesto que no sabemos quien la redactó.

Mi querido hermano: Hoy, mientras me miraba alegremente en los ojos de mi pequeño hijito, me pregunté cómo es posible que alguien pueda hacerle daño a una inocente criatura como ésta que no puede defenderse, y lloré por todos aquellos bebes que fueron abortados, y no tuvieron la suerte que tuvo mi hijo de poder nacer y ser acunado en los brazos de una madre que lo esperó con amor e ilusión.

Aunque no tuve la inmensa dicha de conocerte en esta tierra, te quiero mucho mi hermano, pues a través de los ojos del alma te he vislumbrado. Sé que de haber podido nacer, tendrías el pelo negro de nuestro padre y los ojos vivos y alegres de nuestra madre; quizás hasta te parecerías en algo a mí. En esta carta, la cual con el favor de Dios espero que los ángeles te hagan llegar, quiero pedirte que perdones a nuestra madre por no haberte permitido nacer. Verás; ella no sabía lo que hacía cuando fue a aquella mal llamada "clínica", donde un médico sin escrúpulos; que sí sabía que abortar es matar; destrozó con la cureta tu pequeño cuerpecito que apenas comenzaba a formarse, y con él destruyó también el plan de Dios para ti. Nuestra madre, pobrecita, no supo lo que había hecho hasta pasados muchos años. Un triste día ambas contemplamos horrorizadas la realidad del aborto homicida reflejada en unas fotos, verdaderas pruebas de que el aborto es un crimen.

¡Qué dolor tan grande sentimos!, querido hermano, al ver aquellas fotos por vez primera y comprobar cómo debió de haber quedado tu pequeño cuerpecito después del aborto que te privó de la vida; y el cual, aunque han pasado ya años, nuestra querida madre no ha podido olvidar! Hermanito, ella todavía sueña contigo, acerca de cómo serías, y yo a veces, cuando nos reunimos los demás hermanos en la mesa familiar con nuestros padres, siento en mi corazón tu ausencia que hace que el grupo esté incompleto y me pregunto cómo sería tenerte aquí con nosotros. Allá en el cielo, donde sé que gracias a la misericordia de Dios te encuentras, ruego a Él que te lleguen mis pensamientos, y te pido perdón en nombre de nuestra madre, a quien el inmenso dolor del arrepentimiento y la carga que ha llevado en su conciencia por tu muerte; no la han dejado expresar en palabras lo que de veras siente. Ruega a Dios por ella, pues aunque sabe que Él la ha perdonado porque no sabía lo que hacía, todavía te recuerda y piensa en lo mucho que te hubiera querido, si tú hubieras nacido.

Pídele a Él por otras mujeres, para que no caigan en el mismo error que cayó mamá, por falta de conocimientos. Yo por mi parte te prometo, que aunque no pude salvarte a ti del aborto, otros niños sí se salvarán por mis esfuerzos, pues trabajaré para llevarles a sus mamás el mensaje que la nuestra no recibió. Te quiere y te recuerda siempre tu hermana que espera, con el favor de Dios, encontrarse contigo algún día en la eternidad...

Anónimo

1

David González Silva on 23.02.2011. 23:48

¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré! Yo te llevo grabada en las palmas de mis manos, isaías 49,15-16 En el vientre materno NO al Aborto.CATALINA, ... hubieras sido HORMIGA

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