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Nunca había tenido una experiencia del Espíritu Santo

29.11.2010. 13:52

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Desde mi niñez, había escuchado a mi madre en casa por la tarde, al empezar la oración familiar que duraba entre hora y hora y media rezarle al Espíritu Santo. Después en el seminario, había siempre  una oración o un himno al Espíritu Santo al principio de las clases y de los eventos importantes. Esto es todo lo que yo sabía en el pasado del Espíritu Santo. En mi curso de teología no hubo ni siquiera una enseñanza o una tesis sobre el Espíritu Santo. Por supuesto, sabía por mi catecismo que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad y que El da la gracia en nuestras vidas. Pero nunca había tenido una experiencia del Espíritu Santo hasta que ésta me ocurrió a través de la poderosa oración de un joven. Después de mi ordenación como sacerdote el 23 de Abril de 1973, trabajé cerca de un año en las misiones de Visakhapatnam y después fui asignado como profesor en el seminario S.F.S. en Ettumanoor en Kerala. Cuando era un estudiante en el seminario, mi deseo más sincero era el ser profesor en la universidad o en el seminario, una posición cómoda y honorable en la vida sacerdotal. Yo no me podía imaginar yendo como un vagabundo de lugar en lugar, confrontando diferentes situaciones, gente, cultura y comidas. Dentro de mí, buscaba comodidades materiales y la seguridad de una vida feliz. En 1975 leí en una revista americana  "New Covenant"  unos artículos sobre sanaciones y el don de lenguas. No podía creer que por aquellos días que la gente fuera curada con la fe y con oraciones. Me burlé del don de lenguas diciendo que ¡debían ser los quejidos histéricos de mujeres! Mi mente estaba llena de orgullo con mis conocimientos en Filosofía y Psicología. Por entonces, escuché hablar sobre un retiro carismático en Poona, al norte de la India. Junto con un sacerdote ya mayor de mi congregación, asistí al retiro que fue predicado por el padre James De Souza. El era un predicador con mucho poder y buen cantante. Me gustaron sus predicaciones y cantos, y como yo no estaba enfermo no fui a la oración de sanación. Hice una buena confesión y llevé a cabo todas las instrucciones que el predicador decía, como levantar las manos y dar palmas. Cuando habló sobre el don de lenguas y otros carismas yo pensé que estos no eran para mí sino para los que pertenecían a la élite espiritual. En el día del bautismo en el Espíritu, me preparé bien y me senté en la silla junto con los otros participantes. Durante la imposición de manos no experimenté nada especial.  Mientras oraba sobre mí el predicador dijo: "James vas a ser un predicador carismático". Al escuchar esto me reí fuertemente y dije "¡nunca, nunca! No sólo no podía aceptar las formas peculiares de los carismáticos, sino que también había sido siempre una persona tímida frente a los demás. En mis días de colegio y después en la formación en el seminario había sido incapaz de pronunciar un discurso. Incluso, después de mi ordenación fui un fracaso total en el púlpito. Todavía recuerdo bien lo que me sucedió en mi primer sermón. Después de mi ordenación, accedí con muy pocas ganas a celebrar Misa y predicar al día siguiente que era domingo. En casa había preparado unas pocas notas sobre el Evangelio del día y las coloqué en uno de los lados de m  Biblia nueva. No tenía problemas para decir la Misa porque miraba al libro de Misa y decía las oraciones y en los otros momentos conservaba mis ojos cerrados porque tenía miedo de mirar a la gente. Después de la lectura del Evangelio fijé mis ojos en la puerta principal al final de la Iglesia y empecé a buscar los papeles con las notas que había colocado en uno de los lados de mi Biblia. Me puse tan nervioso y temeroso que olvidé si los había colocado en el lado derecho o en el izquierdo. Tenía miedo de retirar los ojos de la puerta y mirar en la Biblia porque pensé que haciendo esto tendría que mirar a la gente y con el miedo que tenía al público, incluso se me caería. Yo ya estaba temblando y sudando. Intenté varias veces dirigirme a la audiencia diciendo mis queridos, mis queridos.... Y no pude decir ni siquiera una simple frase. Habían pasado unos pocos minutos, y viendo mi  estado patético, el párroco susurró a través de la ventana: “basta de predicar, ahora puedes continuar con la Misa". Como un balón desinflado, con vergüenza y auto-compasión, continué con la Misa. ¡Estaba seguro que la gente se habría estado riendo y compadeciendo de este nuevo sacerdote, tímido y joven! Después de la Misa cuando fui a la sacristía, el sacerdote comentó: "El es un misionero de San Francisco de Sales, ¿qué es lo que él va a predicar?". Esta es la razón por la que me reí cuando el predicador me dijo que yo sería un predicador. ¡Pero fue una profecía! ¡Durante los últimos 25 años, mi vida ha estado dedicada a predicar por todo el mundo!

En el último día de retiro casi todos los participantes dieron testimonios de sanaciones, experiencias de profecías, visiones, lenguas, etc. Pero yo no tenía ningún testimonio que dar. Muchos habían tenido la experiencia de encontrar a Jesús y ¡Le habían escuchado hablándoles! Me sentí triste y comencé a acusarme a mí mismo de mi orgullo, de no cooperar plenamente con el retiro y de no rendirme a la acción del Espíritu Santo. Quizás en este punto, en lo profundo de mi corazón empecé a desear y a tener sed del Espíritu. Con mucha curiosidad, muchos de mis compañeros me preguntaron qué era lo que yo había recibido en el retiro, pero no pude darles una respuesta precisa. Fue una semana después del retiro cuando me sentí seriamente enfermo por primera vez en mi vida. Estuve en dos hospitales durante más de cuatro meses, y me volví débil y pálido. No podía comer debido a los dolores en mi estómago. Tenía un dolor muy fuerte en la espalda. Devolvía incluso los comprimidos que me daban. No podía decir Misa de pie, así que solía decirla desde mi cama con la ayuda de algunos otros sacerdotes. Viendo mi dolor tan fuerte y mi estado tan patético, muchos pensaron incluso que no sobreviviría. Al final, el diagnóstico de mi enfermedad fue tuberculosis en el riñón además de piedras en el riñón e infecciones. Me tendrían que aplicar noventa inyecciones y tendría que tomar durante dos años comprimidos para la curación de la TB. El doctor sugirió una intervención quirúrgica en el riñón después de los noventa días de inyecciones.

En el séptimo día después de haber empezado el tratamiento, me ocurrió algo muy grande, que cambió toda mi vida. Por la tarde, después de mi siesta acostumbrada, estaba conversando desde mi cama con dos religiosas que vinieron a visitarme. De repente, un joven de unos veinte años vino hacia mí y me preguntó  Padre, me permite que ore sobre Ud. por su sanación. En ese momento, la Renovación Carismática no era conocida ni difundida en Kerala, ni siquiera los sacerdotes solían orar por la sanación. Eran más bien los pentecostales los que solían orar por sanaciones. Como sacerdote católico, no quería que un pentecostal me impusiera las manos a mí, un sacerdote. Cuando le pregunté por su identidad, me dijo que hacía sólo ocho meses que había encontrado al Señor y recibido el bautismo y que estaba dotado con muchos carismas del Espíritu Santo. Yo no pude creer entonces, que fuese el Espíritu quien le dijese mientras viajaba en el autobús, que viniera al hospital y rezase sobre mí. ¡No nos habíamos conocido nunca antes! El no esperó por mi permiso para imponerme las manos, al terminar de compartir su testimonio, impuso sus manos sobre mi cabeza y comenzó a orar. El oró: Padre en el cielo, envía a tu Hijo Jesús a este sacerdote que sufre de T.B. en el riñón, piedras en el riñón e infecciones y restitúyele su salud completa de cuerpo y alma. Entonces me vino a la mente, que él ¡podía haber visto la cartilla del hospital en donde estaba escrito un informe de mis enfermedades! No sabía por entonces que él estaba orando con el don de la palabra y del conocimiento. Exclamó varias veces alabanzas a Dios y otras veces oraba también en lenguas. Sentí una especie de poder que iba de sus manos hacia mí. Entonces empecé a conocer el poder de la alabanza y de la oración proclamadas en voz alta. En el retiro no pude apreciar las oraciones ruidosas con alabanzas en voz alta (gritando). De repente pensé en la oración del mendigo ciego, Bartimeo. El estaba rezando gritando: Jesús, hijo de David, ten compasión de mí. Aunque los discípulos intentaron hacerlo callar, él continuó gritando aún más fuerte. Entonces Jesús lo llamó a su lado y le concedió su petición (Mc 10: 46-52). ¡Las expresiones de la boca son con seguridad expresiones del corazón! Las palabras fuertes e intensas de la boca son la sincera efusión del gran deseo y fe del alma.  Yo clamo a Dios gritando, yo llamo a Dios y El me escucha  (Sal 77: 1). Los apóstoles en los tiempos de la primera persecución levantaron sus voces a Dios y oraron. Su oración fue tan poderosa que hizo temblar la casa donde se habían reunido (Hch 4: 24-31). Fue completamente curado todo mi escepticismo sobre oraciones estruendosas. Empecé también a orar con él con alabanzas fuertes.

El muchacho empezó entonces orar en un tono diferente señalando al interior de mi vida pasada. El oró: Oh Señor, este sacerdote es un buen sacerdote, pero no es capaz de predicar tu Evangelio porque es muy tímido debido a su complejo de inferioridad, el cual desarrolló al principio de su niñez. Perdió a su padre cuando tenía siete años, Señor. Se sintió rechazado y discriminado entre los otros cinco niños con los que creció. La madre, joven y viuda, tuvo una cantidad de problemas para sacar a sus hijos adelante. Como él era muy gordo y tenía un tamaño grande, sus hermanos y hermanas lo molestaban llamándole gordito. Los compañeros de colegio lo llamaban  negrito por el color de su piel. Por esto, en su temprana infancia, este niño ha sido muy herido. Tiene mucho resentimiento en su corazón hacia muchos. Señor, Espíritu Santo, cura sus heridas internas y resentimientos y dale un nuevo yo interior. Libéralo de todas sus esclavitudes y del poder de la oscuridad. ¡Oh Espíritu Santo!, llena su corazón con tu amor.... Yo estaba atónito con la oración. Estaba rompiendo mi yo interior en pedazos con el poder de la Palabra de Dios (Heb 4: 12). Todo lo que decía de mi vida era verdad. Sabía que todo lo que había dicho en oración no estaba en el registro del hospital. El estaba leyendo un registro, el del Espíritu Santo. En lágrimas recordé las palabras de Jesús  Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los hombres sabios y a los entendidos y se las has manifestado a los sencillos  (Lc 10: 21). Derramé otra vez lágrimas sobre mi orgullo, especialmente sobre mi orgullo intelectual. Sentí lo miserable que era mi conocimiento para medir y limitar la inmedible e ilimitada sabiduría y amor de Dios. Me di cuenta que este muchacho joven, un recién convertido, había nacido otra vez en el Espíritu, mientras que yo, un católico tradicional, un sacerdote ordenado, permanecía en la carne. Comencé a entender que lo que el ojo no ha visto, ni el oído ha oído y lo que no ha entrado en el corazón, lo que Dios ha preparado para los que le aman, esto Dios lo ha revelado a través del Espíritu, porque el Espíritu escudriña todo, incluso las profundidades de Dios (I Cor 2: 9-10). Sentí el agua viva fluyendo a través de mí liberándome. Sentí una especie de poder fluyendo a través de mí. Hubo una sensación de calor en mi estómago y en la parte atrás en los riñones, y creí que el Señor me estaba curando. Hice mía la curación y alabé a Jesús.

Al mismo tiempo, sentí en mí temor por si este hombre que me estaba viendo transparente dijese mis pecados más escondidos, especialmente delante de las dos religiosas. Entonces el oró "Jesús, Tú eres quien le llamó al sacerdocio, pero él está ofreciendo Misas con un corazón impuro y con manos impuras". Vinieron a mi mente las palabras del profeta Malaquías y me empezaron a acusar de mi no-santidad en el sacerdocio. '¡Oh sacerdotes que estáis despreciando mi nombre ofreciendo ofrendas impuras en el Altar!' (Mal 1: 6-7). Continuó su oración diciendo "este sacerdote está teniendo mucha falta de perdón hacia muchos, dale la gracia de perdonar al prójimo y lávalo en Tu preciosa sangre y dale un corazón más blanco que la nieve" (Is 1: 18). Para entonces, el mismo Espíritu Santo comenzó a acusarme de mis pecados (Jn 16: 8). Yo no sabía que el muchacho había salido de la habitación con las dos religiosas para orar sobre otros. Vi una página blanca de papel en frente de mí en la cual estaban escritos claramente todos mis pecados, pecados que fueron confesados, y algunas veces escondidos en las confesiones debido al temor o vergüenza. Vi claramente las personas a las cuales no había perdonado y con las que todavía no me había reconciliado en mi corazón. Vi mi corazón cubierto y oscurecido con un velo de malos hábitos y un tul de mentira. Las palabras: -la comunión en un corazón impuro trae condenación (I Cor 11: 27)- comenzaron a llevarme a una profunda crisis en mi conciencia interior. Tenía un mal hábito profundamente arraigado desde mi juventud. Mis manos estaban incluso manchadas con el olor del tabaco. En lágrimas dije "Señor, no puedo liberarme de estos malos hábitos, yo soy incapaz. No puedo continuar, no puedo ser un sacerdote puro. En lágrimas empecé a llamar a gritos al Señor, a lo mejor era la primera vez que yo oraba llorando. Estaba en una absoluta confusión, no sabía si es que debía dejar el sacerdocio o continuar. El Espíritu en mí, estaba diciendo que si continuaba debía ser un sacerdote santo, una persona diferente. Pensé que las Misas ofrecidas en el pasado no habían sido aceptadas por el Padre en el Cielo y que ninguna de mis oraciones habían sido escuchadas por el Señor. Cuando fuese al Altar debería haber perdonado y reconciliado (Mt 5: 23). Debería haber perdonado a los otros para que mis oraciones pudieran ser efectivas (Mc 11: 25). ¡Pensé que era un ser miserable, completamente perdido! Estaba en una oscuridad total, en duda y confusión. Pensé que estaba defraudando a Dios y a otros con mi sacerdocio. En mi incapacidad oraba: "Señor sálvame a mí, pecador".

Mi Señor Dios no me abandonó en mi desesperación. Era la primera vez en mi vida que veía al Señor resucitado caminando hacia mí en plena luz. Su rostro resplandecía. Sus ropas brillaban. Estaba rodeado de muchos ángeles. Podía escuchar la melodiosa música de los ángeles. Puso Sus manos sobre mi hombro, y me convertí en muy pequeño delante de Él. Me habló muy claramente "James, tú eres mi sacerdote desde siempre. Incluso cuando Yo fui concebido en el vientre de Mi Madre (vientre de María) tú estabas ahí como un sacerdote compartiendo Mi Sacerdocio eterno. Yo te perdono todos tus pecados y te hago completamente nuevo". Esta fue una gran revelación para mí, el que yo estuviese en Su cuerpo cuando El tomó la forma humana. María había sido mi madre mucho antes que Jesús la entregase a la humanidad desde la Cruz diciendo "He ahí a tu madre..." Realmente experimenté la cercanía de "mamá María", sentí como era consolado y curado en su regazo aunque no la veía. No tengo palabras para expresar mis experiencias en este éxtasis que duró más de tres horas y media. El Señor me dijo que hiciese una buena confesión general de mi vida pasada. También me instruyó para que fuera y me reconciliara con aquellos hacia los cuales no tenía buenos sentimientos. En mi largo periodo de seminarista o en el Noviciado- nunca tuve la experiencia de un encuentro con Jesús o de escuchar esta dulce voz, aunque mi maestro de noviciado y mis directores espirituales intentaron enseñarme a contemplar y a orar. Ahora yo se que la oración y la contemplación no es algo que yo podía conseguir sino que sólo podía recibir como un puro don del Espíritu.

Desperté de mi sueño lleno de gracia cuando una enfermera me llamó por mi nombre. Yo la vi delante de mí con las inyecciones y los comprimidos. Con mucha alegría le dije que había tenido una profunda experiencia de un toque de Jesús y que estaba curado. Cuando ella se marchó de la habitación, estaba alabando a Dios con una voz muy extraña, sentía que mi lenguaje y mis palabras eran acalladas y que el Espíritu Santo me daba otro lenguaje y otras palabras cuyo significado era ininteligible para mí. El mismo don, el don de lenguas, el cual yo no había querido, me fue dado por el Señor. Yo estaba realmente intentando comprender con todos los creyentes la anchura, longitud, altura y profundidad del insondable amor de Dios manifestado a través de Jesús, Su Hijo (Ef 3: 18). Después de un rato, el doctor que diagnosticó mi enfermedad y prescribió las medicinas vino y me reprendió por no tomarlas. Me dijo "padre, Ud. es un sacerdote, creo que tiene un poco de sentido común y conocimiento, ¿cree Ud. que ha sido curado por la oración de ese muchacho recién convertido? Si no toma las medicinas va a tener una recaída". Yo dije "lo siento doctor, tomaré los medicamentos pero sé que he sido curado por la oración de este muchacho". Tomé los comprimidos y me sometí a la inyección delante del doctor, porque sabía que doctores y medicinas estaban en el plan de Dios y prometí que continuaría con el tratamiento hasta que él dijera lo contrario (Sir 38: 1-2).

Estaba feliz y alegre. Comencé a contar mi curación a la gente de mí alrededor y a las religiosas. Esa misma noche tuve un sueño profundo y rítmico sin necesidad de pastillas para dormir. Esta fue la primera curación física que recibí. Desde que empecé con la enfermedad del riñón no podía dormir sin sedantes. Me levanté a las cuatro de la mañana como si alguien me hubiese despertado. Seguramente fue el Señor (desde ese día yo hago mi oración personal diaria a las 4 de la mañana). Me senté en mi silla y oré durante una hora y media con la misma experiencia -o incluso con mucha más- que el día anterior. En esta oración el Señor puso Su Sabiduría en mi boca y me dió poder para predicar Su Reino y me mandó renunciar a mi puesto como profesor en el seminario e ir a predicar. Después de la oración di un paseo matutino de una hora. ¡Hasta el día anterior era incapaz de levantarme sin ayuda de la cama y de caminar solo por la habitación! Después de tomar un baño me fui a la Capilla y celebré Misa para más de ciento cincuenta personas. La lectura del Evangelio fue Lucas diecinueve, la historia de Zaqueo. Sin ninguna preparación previa, confiando completamente en el Espíritu Santo fui capaz de predicar durante dieciocho minutos y además mirando a la gente a la cara. Sentí que estaba completamente liberado de la carga y de la esclavitud del temor y del complejo de inferioridad. Sentí una intimidad especial con aquellos que estaban en la Misa. Podía mirarlos con libertad y quererlos y sentir que cada uno era mi hermano o hermana. Después de la Misa, habiendo notado el doctor el cambio en mi comportamiento, ordenó una repetición de todas las pruebas de laboratorio. Entonces me llamó a su habitación y me enseñó los antiguos y los nuevos resultados de las pruebas clínicas y me confirmó que mi riñón estaba completamente curado, que podía dejar de tomar las medicinas y que estaba dado de alta del hospital. Yo no sé cómo explicar la alegría que sentí en ese momento. Dije "alabado sea el Señor", abracé al doctor y abandoné el hospital.

Salí del hospital como un hombre nuevo con nuevas decisiones y determinaciones. Decidí vivir sólo para Jesús y pasar mi vida predicando Su Reino. Renuncié a mi trabajo como profesor y salí a predicar después de haber pasado cuarenta días ayunando y orando. Desde el 17 de Febrero de 1976 cuando prediqué mi primer retiro carismático, probablemente el primer retiro carismático en Kerala predicado en malayo, hasta ahora he empleado solamente mí tiempo predicando Su Palabra. Mis superiores afectuosamente, me ofrecieron entonces varias oportunidades para ir a Alemania o a Roma para efectuar mi doctorado, pero las rechacé porque el Espíritu me dijo, "Yo soy suficiente para ti". "El que pone la mano en el arado y mira atrás no es apto para el Reino de Dios" (Lc 9: 62). Cuando era seminarista y veía que muchos de mis compañeros eran enviados al extranjero para cursar estudios superiores, sentía un gran deseo de ir al extranjero para hacer mis doctorados. Gracias a Dios, ahora el Señor ha hecho realidad mi deseo con mis continuas predicaciones de "el Reino" en el extranjero. ¡Qué verdad es que cuando nosotros rendimos cualquiera de nuestros deseos por amor al Señor, El nos los retornará multiplicados por cien! Cierto es que Jesús hizo uso de mí para construir una casa de oración para El en Athirampuzha, Kerala, conocida como Charis Bhavan. En mis prédicas en los retiros, convenciones y servicios de sanación me he encontrado con oposiciones e incluso con persecuciones. Pero la Palabra de Dios, que dice que todo el que quiera vivir una vida santa será perseguido, me consoló y me dio fuerzas (II Tim 3: 12) Yo se que todos los dones y poderes que a mí me han sido dados, un ser débil, en una vasija de barro son para contemplar el tesoro de Su Poder (II Cor 4: 7). Con San Pablo, yo también diré que tengo la fuerza para todo, a través de Él que me da poder (Fil 4: 13). Su poder se manifestó en el tiempo de mi secuestro, en el mundo musulmán de los países árabes, y en tiempos de insultos y malentendidos por parte de mis propios superiores y amigos. Concluyo mi testimonio con las palabras de San Pedro, "Queridos, no os extrañéis como si fuera algo raro, de veros sometidos al fuego de la prueba, al contrario, alegraos de participar en los sufrimientos de Cristo, para que, asimismo, os podáis alegrar gozosos el día en que se manifieste Su Gloria. Dichosos vosotros si sois ultrajados en nombre de Cristo, pues el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, alienta en vosotros". (I Pe 4: 12-14).
James Manjackal M.S.F.S

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